15 Ene

Corrosión, Cap. 36. La espera

por Dioni Porta

Muchas cosas hemos perdido con esta nueva era en la que nos encontramos inmersos. Entre las cuales se encuentra el deterioro progresivo de nuestra predisposición para la espera. Una lástima: ahora ya nadie aguarda y, cuando lo hace, el binomio espera-observación ha sido atropellado sin piedad por las distracciones del telefonillo. Una sociedad más estúpida nos hemos regalado renunciando a la espera, que siempre había funcionado como una suerte de microperspectiva alzándose recurrente a lo largo de la jornada para recordarnos que podemos soñarnos como mamíferos que observan, piensan y deciden.

Podría haber concretado mi cita en la Biblioteca Camp de l’Arpa – Caterina Albert con Rosales, pero no quería eso. Nuestro contencioso reclamaba espera y azar. Mientras confiaba en su aparición casual aproveché para repasar a fondo el catálogo de la biblioteca y tomar en préstamo algunos documentos, aunque fundamentalmente me dediqué a esperar y a observar. Una tristeza crujiente me reveló cómo me había ido imbuyendo de la dictadura de la acción y había abandonado aquel observador modesto y leal que alguna vez me había prometido ser. Personaje que alcanzó su máxima expresión durante mi primer año como empleado bancario, cuando me destinaron a una diminuta oficina recientemente inaugurada en la Rambla del Raval, en la cual no había ni clientes ni trabajo, y en la que mi compañero y yo nos dedicábamos a observar con melancólica reincidencia la alucinante realidad que el barrio nos ofrecía a través del vidrio antiatracos. Desde entonces, no había sabido conectarme con la espera y la observación, tampoco durante los últimos meses, los posteriores al despido del banco, en los que me había entregado a la literatura y a las microtramas, sin darme un respiro para dejarme llevar a la intrascendencia lúcida del que no hace nada.

Lo mejor de esperar es observar. Lo mejor de observar, jugar a rellenar los huecos de lo aparente. Esa vaporosa intersección entre la realidad y la propia imaginación es un territorio fértil para la ficción. Ahí están el par de abuelos y su guerra sorda por los diarios, los adolescentes que se envían mensajes tórridos mientras simulan estudiar trigonometría, una terna de sintecho adormecidos con auriculares en las orejas y Casino Royal en pantalla, los garabatos sin alma de un poeta podrido en la devastación de sus versos repetidos, el padre que lee un cuento que escuchan unos niños que no son los suyos —que a su vez escuchan los cuentos de otro padre—, el bibliotecario que se piensa que el núcleo de su trabajo consiste en alcanzar un silencio ontológico en la sala, universitarios ojerosos y malolientes arrodillados ante el futuro, etcétera.

Las bibliotecas son espacios poblados de derrotas y cargados de esperanzas. Espacios democráticos en los que conviven las madres y los hijos con quienes buscan el calor de los libros y el aire acondicionado, la soberbia hípster con la prudencia de una banda de ancianos con rebeca gris, el lector de revistas sobre decoración compartiendo sofá con el estudioso de la obra literaria de Antoni Bassas. La calle, el parque, la biblioteca son lugares de igualdad y justicia, pequeñas joyas que tenemos que proteger del peligro de extinción que los sobrevuela.

Hasta que, al tercer día, Rosales apareció por la biblioteca. Se sorprendió de verme, pero no tanto. ¿Qué haces aquí, amigo?, preguntó con pereza. Claro que Rosales debía sospechar lo que yo hacía allí, pero no quiso descubrir sus cartas. Era lógico: llevaba tanto tiempo sin enterarme de nada que entendía que era razonable que los otros pensaran que yo seguía en la inopia. Después de algunas cortesías exageradas entre dos amigos —lo cual no hacía sino demostrar la incomodidad que nos provocaba la situación— tomamos asiento en un sofá apartado y nos dispusimos a hablar. Con las piernas dobladas como dos intelectuales franceses repartiéndose el territorio, nos prometimos franqueza y voz baja. 

One thought on “Corrosión, Cap. 36. La espera

  1. Aprendre á aburrirse , aburrirse fins avorrir-se
    Aprendre á avorrir-se, quin ofici . Avorrir-se fins avorrir-se
    Un dia començaré á apredren ,se que és bonic ho intueix-ho
    Gràcies per recordar-ho

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