09 May

Spiegelgasse, el centro del huracán. Unos apuntes sobre DADÁ.

por Steven Forti

dada

Spiegelgasse núm. 1, casco viejo de Zúrich, 5 de febrero de 1916. En el Cabaret Voltaire se organiza una velada-espectáculo con poesías en francés y alemán acompañadas por obras de arte y música rusa y africana. Nace ahí, en el helado invierno suizo, entre el humo de los cigarros y el de una cercana fábrica de salchichas, el dadaísmo. El maestro de ceremonias es el alemán Hugo Ball que, con su pareja Emmy Henning, acababa de crear en el retro del Meitrei Bar el mismo Cabaret Voltaire, “nuestro Cándido contra los tiempos”. Así lo definió lacónicamente en La huida del tiempo, su diario de los años pasados en Zúrich. Extraña historia la de Hugo Ball, que tras las juergas de la vanguardia y un acercamiento al anarquismo –fue traductor al alemán de Bakunin– se retirará en un pueblo aislado del Cantón Ticino para conducir una vida monástica, con conversión incluida al catolicismo que había mamado en la infancia. Morirá con apenas 41 años en 1927.

Fueron meses intensos los que siguieron a ese primer espectáculo. Una velada tras otra, algún manifiesto, unas cuantas poesías, un trasfondo de ruidismo musical, collage y assemblage… Y sobre todo la voluntad de cuestionar, provocar, burlarse. De todo y de todos. In primis, del arte, la poesía, las convenciones y el mundo burgués. Esas veladas eran un “pandemónium total”, según Jean/Hans Arp, otro de los fundadores del movimiento dadaísta. Ball las recordaba con estas palabras: “La gente actúa como si nada sucediera, [como si] toda esta carnicería civilizada [fuera] un triunfo”.

La carniceria, efectivamente. Porque el dadaísmo no nace en realidad en el Cabaret Voltaire. Nace en las trincheras de la Gran Guerra, como el fascismo y el comunismo. Las trincheras de Verdun y de Metz, las del Carso y de Galípoli. Entre sangre, barro, hielo, muerte y putrefacción. Entre órdenes y uniformes en lo que fue, si nos lo permite Oswald Spengler, el primer ocaso de Occidente. Nace en medio de una nube de gas mostaza en el cielo de Ypres. DADA nace como respuesta y como reacción de unos jóvenes artistas embebidos de las experiencias de las primeras vanguardias –el futurismo, sobre todo–, que admiran y rechazan al mismo tiempo. Los alemanes Ball, Hans Richter y Richard Huelsenbeck, el alsaciano Harp y los rumanos Tristan Tzara y Marcel Janco. Unos refugiados en una isla de paz, Suiza, en medio de la gran catástrofe. En 1948, en Le surréalisme et l’après-guerre, Tzara escribirá que

Dadá nació de una rebelión común de los jóvenes de entonces, una rebelión que exigía una adhesión completa del individuo a las necesidades de su naturaleza, sin atención para la historia, la lógica, la moral común, el Honor, la Patria, la familia, el Arte, la Religión, la Libertad, la Fraternidad y muchas otras nociones.

El Cabaret Voltaire tiene una vida breve. El 23 de junio de aquel mismo 1916 cierra sus puertas. En una columna redonda de cartón azul brillante y una enorme capa escarlata por dentro y de oro por fuera, acompañadas por un alto sombrero de chamán con forma de chistera, a rayas azules y blancas, Ball recita solemnemente “Gaddi beri bimba / glandridi lauili lonni cadori / gadjama bim beri glassala / glandridi glassala”. Se cierra una etapa y se abre otra. Sin embargo, todo estaba ahí, en esos cinco meses escasos en las callejuelas del casco viejo de Zúrich.

De Berlín a Nueva York

En 1917 se crea la Galería Dadá, lugar de veladas, exposiciones, reuniones, performances. Y se escriben unas cuantas obras. Pocas, a decirverdad. En el dieciseis, Ball se curra Cabaret Voltaire, un panfleto con dibujo de Arp y textos de Apollinaire y Marinetti y obras de Picasso, Modigliani y Kandinski, entre otros. En aquel mismo año explota Mister Samuel Rosenstock, alias Tristan Tzara, con La primera aventura celeste del señor Antipirina. En 1918 vendrían los Veinticinco poemas y, sobre todo, los Siete manifiestos dadá. Tzara, el reconocido versus Ball, el olvidado. ¿No? Quizás. Los dadaístas habrían contestado sí y no al mismo tiempo con tal de jodernos.

Acaba la guerra y el dadaísmo se difunde como el virus de la gripe española. En Berlín y Colonia, con simpatías espartaquistas. En París, donde se mezclan con las futuras vacas sagradas del surrealismo, Breton y Aragon. En la Nueva York visitada por el Bardamu de Céline: rascacielos, Sacco, Vanzetti, ready-made de Duchamp y rayographes de Man Ray. Y, por doquier, poesía tipográfica, visual y sonora, collage, experimentación en la fotografía, la danza y el cine. En el septimo arte se prodigan el sueco Viking Eggeling (Symphonie diagonale), René Clair y Francis Picabia (Entr’acte), Fernad Léger y Dudley Murphy (Ballet mécanique), Hans Richter (Rythme 21, Filmstudie, Vormittagsspuk) y Man Ray (Le retour à la raison, Emak Bakia). Películas que ven la luz también después de 1922, considerado el año de defunción del movimiento. El cine dadá comporta el llamamiento a la emancipación de las formas contra el orden normativo de la representación y la pulverización del sujeto a través de la deflagración visual y sonora. Como recordaba en los años cincuenta el mismo Hans Richter, fue el resultado de la mezcla de “la energía de los pioneros, la curiosidad de los exploradores y la objetividad imperturbable de los científicos”.

Dadá es un perro y un compás

Pero, ¿qué fue DADA? O, mejor dicho, ¿qué es DADA? ¿La doble afirmación rusa y rumana (sí-sí), un caballo de madera en francés, las palabras pronunciadas por un bebé? Según Arp, la palabra la encontró el polifacético Tzara el 8 de febrero de 1916 abriendo por casualidad un diccionario. Sin embargo, prosigue Arp, “estoy convencido de que esta palabra no tiene ninguna importancia y que solo los imbéciles pueden interesarse por los datos”.

Y efectivamente Tzara, que en 1931 publica otro libro que deja una huella profunda en la poesía de vanguardia, El hombre aproximativo, explica que DADA es todo y el contrario de todo:

Todo producto del asco susceptible de convertirse en una negación de la familia, es dada; protesta con todas las fuerzas del ser en acción destructiva: DADA; […] abolición de la lógica, danza de los impotentes de la creación: DADA; […] abolición de la memoria: DADA; abolición de la arqueología: DADA; abolición de los profetas: DADA; abolición del futuro: DADA; creencia absoluta indiscutible en cada dios producto inmediato de la espontaneidad: DADA.

Así lo escribe en el Manifiesto dadaísta 1918, en el cual subraya que DADA “no tiene para nosotros ninguna importancia”. O, más claro aún: “DADA NO SIGNIFICA NADA”. En el Dada manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo amplia la contradicción para épater le bourgeois:

Dadá es un perro –un compás– la arcilla abdominal –ni nuevo ni japonesa desnuda– gasómetro de los sentimientos en bolas –Dadá es brutal y no hace propaganda– Dadá es una cantidad de vida en transformación transparente sin esfuerzo y giratoria.

O, más sencillamente, una “sociedad anónima para la explotación de las ideas”.  Mejor dicho: “DADA no es una doctrina para poner en práctica”. Todo y el contrario de todo. Burla, provocación, negación, reconstrucción sin objetivos.

Vladimir Ilich Ulianov

leninVolvamos a esos primeros meses de 1916. En la Spielgasse de Zúrich no se reúnen sólo Ball, Tzara, Arp y compañía. En el número 14, junto a su mujer, Nadezhda Krúpskaja, vive también Lenin, otro exiliado en una tierra de exiliados, refugiados, desertores y espías. Se ha fantaseado mucho sobre la presencia del líder bolchevique ruso en las veladas dadaístas. Dominique Noguez lo imagina, acompañado por Radek y Zinoviev, en el Cabaret Voltaire organizando, bajo el seudónimo de Señor Dolganeff, algunos de estos encuentros. Según Noguez, autor del libro Lenin Dadá, el líder bolchevique sería el responsable del mismo nombre del movimiento ya que, bajo los efectos del alcohol, habría gritado “¡Da! ¡Da!”. Fantasías. Y bromas neo-dadaístas de un escritor del hexágono. Sin más.

No obstante, en The Posthuman Dada Guide. Tzara and Lenin play chess, el ensayista Andrei Codrescu llega a imaginar un partido de ajedrez entre Lenin y Tzara. Una fotografía de un encuentro posible, pero inventado, que le sirve a Codrescu para repensar el siglo XX entre comunismo y dadaismo, vanguardia política y vanguardia artística.

Sin embargo, es cierto que en aquellos meses, pasados entre el piso de la Spiegelgasse, las bibliotecas de la ciudad suiza y las excursiones por el Zürichberg, Lenin completó una de sus obras clave, El imperialismo, fase superior del capitalismo. Luego vendría la revolución de febrero, la caída del zarismo, el Sóviet de Petrogrado, el interregno de Kérenski, el tren sellado alemán que llevará el líder bolchevique a Rusia. Lo demás es historia.

Zúrich en 1916 fue el ojo del huracán en medio de las tempestades de acero de la Gran Guerra. ¿Fue también el centro del mundo? Pues, por esas calles andaba en aquellos tiempos también James Joyce, que estaba ultimando su Ulises. Y unos cuantos más. Extraña cosa para un país que durante 500 años de “democracia y paz” ha producido sólo el “reloj de cuco”, como nos recordaba Harry Lime/Orson Welles en El tercer hombre.

 

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