03 Jun

Estrip art

por Belén Gallego

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Cuando abrió los ojos ya supo que aquel día no iba a ser como los demás, lo notó en el aire cálido que entraba por la ventana, en el sol que se colaba por la persiana y sobre todo en el frío que sentía en los huesos.

El calor lo envolvió y lentamente su cuerpo se despertó, ya no sentía aquel frío aterrador y empezó a recordar por qué estaba en aquella cama desconocida y por qué se sentía tan extraño.

Había vuelto a hacerlo. Como siempre, todo empezó de una forma inocente, la llamada de un viejo amigo, el reencuentro con los colegas, una cerveza para celebrarlo, que se convirtieron en dos, en cinco, en siete, en quién sabe cuántas y ya no recordaba nada más.

Lo que sí sentía con toda claridad era una inmensa vergüenza, cómo iba a mirar a la cara de su hijo otra vez, cómo iba a suplicarle que lo perdonara de nuevo, cómo iba a jurarle que no lo haría nunca más, que ésta había sido la última vez. Estaba perdido para siempre.

Justo en ese momento se abrió la puerta de la habitación. Lo primero que vio fue una bandeja con dos chocolates y una ración de churros y a continuación la cara de su hijo muy sonriente.

Un enorme suspiro se escapó de su pecho, habían ido a Madrid a pasar juntos el fin de semana. El cansancio y el frío en los huesos eran las secuelas de toda la tarde pateando Madrid de punta a punta y las mil cervezas sólo eran un sueño.

Cuando se lo contara a su terapeuta le diría que eran los últimos coletazos del síndrome de abstinencia, con su melosa entonación argentina le diría “Paco, las cervezas ya sólo están en tus sueños, no en tu vida”.

No necesitaba escuchar a su terapeuta, él tuvo en ese instante la certeza de que estaba yendo por el buen camino, esta vez sí lo iba a conseguir.

Respiró profundamente y le devolvió a su hijo su mejor sonrisa, la más transparente, se sintió inmensamente feliz, hacía muchos años que no se sentía así, seguro y relajado.

Definitivamente tenía razón, aquel día no iba a ser como los demás.

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