07 Jul

Bonus track 1: La banda de los corazones solitarios del Sargento Pepper

por Javier Avilés

Buenos días, querida Rita:

Leí en las noticias sobre el único e incomparable Billy Shears, su cráneo reventado tras el accidente y la gente arremolinándose alrededor del coche como si esperasen para entrar al espectáculo del Señor Kite, mientras el semáforo seguía cambiando de rojo a verde a pesar de que el tráfico estaba interrumpido. Y entre la multitud estaba ella, la chica con ojos de caleidoscopio. Entonces desperté, me caí de la cama, me bebí el té y me di cuenta que llegaba tarde. Ya sabes, debes ir a trabajar pero no quieres, te sientes cercano a la depresión, todo el mundo sabe que no hay nada que hacer, todo está cerrado, como en ruinas y todo al que ves está medio dormido y tú estás sólo, estás en la calle y hay cuatro mil agujeros impidiéndote avanzar. Y quieres imaginar que navegas por un río bordeado de mandarineros bajo un cielo de mermelada y que un taxi de papel de periódico te espera en la orilla para llevarte a tu destino, quizás a la estación donde la chica de ojos como caleidoscopios o al cruce en el que la chica de uniforme aparece y entonces no ves el semáforo y empieza la leyenda sobre la muerte del único e incomparable y volvemos a empezar.

Querida Rita, tengo que arreglarlo. Estoy mejorando día a día, pero los agujeros del techo y la puerta no me dejan pensar, así que tengo que arreglar eso si quiero seguir mejorando. Entiéndelo, nos escondemos tras un muro de ilusión y nunca llegamos a vislumbrar la verdad, quizás cuando tenga 64 años, cuando envejezca y pierda mi pelo, dentro de muchos años, nos lamentemos por ello. Pero aún entonces tendremos una oportunidad de derribar ese muro. Pero no si morimos antes. Ahora sabemos cuántos agujeros son necesarios para llenar el edificio Dakota. Esos agujeros por donde entra la lluvia y no soy capaz de arreglar. Cuatro. La vida fluye dentro de ti y sin ti y no hay nada que podamos hacer, no hay forma de arreglarlo y la barca llega hasta un puente junto a un manantial donde gente con caballos de madera comen tartas de malvavisco mientras cantan, ¿Me necesitarás, me alimentarás cuando tenga 64 años?, y todos te sonríen mientras la deriva te lleva a través de las flores de celofán amarillo y verde que crecen increíblemente altas y sabrás que todo, la chica, las esperanzas, las noticias, la película, no son más que un delirio. No podrás salir de aquí, ni siquiera con ayuda de tus amigos.

Estoy mejorando, querida Rita. Al fin reconocí que ella se fue. El miércoles por la mañana a las cinco en punto. El viernes por la mañana a las nueve en punto ella estaba lejos. Y ese mismo día, cuando salí de trabajar, a las cinco en punto, la gente corría. Todo el mundo estaba en la ciudad y empezaba a oscurecer, todo al que veía se le sentía lleno de vida, era la hora del té y ella se había ido, estaba lejos y ya no podría alcanzarla en el torno de la estación. No volvería a ver sus ojos, ni lo  graciosa que estaba con su uniforme de guarda de aparcamiento. Creo que había llegado el momento en que cierta paz interior me invadió, y vi que estamos todos solos y que la vida fluye dentro de ti y sin ti. Sobre todo sin ti.

Entonces fui a ver una película, pero ya había leído el libro. Cogí el abrigo y el sombrero, llegué al autobús en pocos segundos y volví a casa. Recordé que esta noche había un espectáculo. El señor K desafiaría al mundo y el caballo Henry bailaría el vals. Y la banda de corazones solitarios del sargento Pepper, cantaría que es maravilloso estar aquí, que es sin duda algo emocionante, que somos un público tan adorable y que les gustaría llevarnos a casa con ellos, que a la banda les encantaría llevarnos a su casa. Sin duda aceptaría la invitación, con todas sus sonrisas garantizadas y la oferta de ayuda como si fueran amigos. Y aunque cantasen desafinados no me levantaría ni me iría. Y quizás la encontrase, al fondo del salón en cuyo centro los Henderson bailan, con su falda azul y sus ojos refulgentes y cegadores. Y entonces la diría que con nuestro amor podríamos salvar el mundo.

Pero ella se había ido.

Así que decidí no ir.

Subí las escaleras, encendí un cigarrillo y entré en un sueño.

En el sueño conducía un coche y la veía caminar por la acera en dirección al crepúsculo y no me daba cuenta que el semáforo cambiaba.

Oh, chico.

Mi sangre formó un río de mermelada que surgía de mi cabeza y llegaba hasta el cielo. Con diamantes.

Querida Rita, no tengo nada que decir, pero está bien.

 

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