19 Jul

Corrosión. Capítulo 5. Sagrada Familia

por Dionisio Porta

K acababa de escribir su primera novela. No era exactamente un hombre joven. Hasta entonces había escrito poemas, notas, reflexiones y delirios, cartas, mails llenos de intención y también su diario. Acabó la novela pero no se la mostró a nadie hasta haberla corregido a conciencia. Para que los demás confíen en ti debes demostrarles que tú eres el primero en confiar en ti, que has trabajado por ti, que has apostado por ti, que has persistido. Los hay que se han hecho de oro por repetir persistir en el lugar adecuado en el momento oportuno. En ese sentido, corregir tu novela hasta llegar a odiarla es un buen mensaje.

K tomó un poco de aire y siguió con lo recomendado. Mostró su novela a lectores amigos, la envió a concursos literarios, la presentó a editoriales y agencias literarias e incluso contactó con algunos escritores del circuito a los cuales hizo llegar el manuscrito. Tecleó muchos mensajes y cartas de presentación tan ambiciosas que rozaban lo literario. K movió su novela. Una novela, que, por cierto, aportaba algunos elementos novedosos al panorama literario.

Pero además, como K sabía que le iban a insistir en ello, no escatimó esfuerzos en forjarse una suerte de personaje. Escritor oculto, sólidas credenciales como fracasado, enfant terrible en las redes sociales, marginal, oscuro, poeta, realvisceralista, chico de barrio, tipo en las últimas. Si pasamos a un plano más concreto, K podía representar claramente los efectos de la crisis: la indignación, las expectativas incumplidas, el desempleo, la miseria, tener que pedir ayuda a los otros.

El personaje K fue un habitual de mis escritos durante cierta época. Supongo que el nombre (ese K kafkiano y ese K kapitalista) no era demasiado original, pero funcionaba. Aunque no es menos cierto que ya nunca pienso en K, que no fue más que un personaje iniciático. Un arquetipo a partir del cual hice mis primeras creaciones. Quedaron tatuadas, por ejemplo, algunas jornadas elucubrando historias al servicio de ese K en la Biblioteca Sagrada Familia-Josep M. Ainaud de Lasarte.

52La Biblioteca Sagrada Familia-JMAdL te recibe con el intenso olor a pescado que sube del mercado municipal que se encuentra justo debajo suyo. Más allá de esos detalles, nos encontramos frente a un edificio imponente, vitriólico, con un claro impulso futurista. Las escaleras que suben y bajan no se encadenan, si no que forman zetas consecutivas, de modo que tienes que atravesar cada planta para subir a la superior. El Eixample es así: no demasiado que explicar.

Pero volviendo a K., pensemos en esos escritores que tuitean y ven series. Escritores ajenos a la obsesión. Escritores que sueñan con la profesión y no con la obra.

También en esos editores que se ofenden cuando reciben un original no solicitado. Editores que sonríen y hacen números.

También en esos libreros que recomiendan lo que ya está más que recomendado.  Libreros y libreras que no dan miedo.

También en esos lectores que no leen. Lectores que como mucho compran.

Eso es lo que se encuentra K al ofrecer su novela al mundo. Es interesante predecir qué pasará con el objeto libro y con el nuevo paradigma digital. También ir matando a la literatura para resucitarla después. Identificar el canon y las nuevas tendencias. Experimentar, criticar, descubrir, adaptarse. Charlar, comentar, prescribir, presentar, saltar e incluso bailar. Tú vas a mi presentación, yo voy a la tuya. Pero lo más extraordinario es lo poco que le gusta leer a la gente que lee.

Claro que se publican muchos libros. Crecimiento de ventas, fenómenos editoriales, crear nuevos lectores, lo que a su manera trata de decirnos K es que ya no existe la literatura como experiencia. Que es lo mismo que decir que la literatura y su decadencia. Hablar de la muerte de la literatura es una construcción peligrosamente sentimental, porque lo que verdaderamente ocurre es que estamos presenciando su decadencia. Morir no va a morir la literatura, porque nuestra sociedad no puede permitírselo, pero sí que puede convertirse en una literatura  simbólica, sin incidencia política, social ni económica. Una literatura que pacta con la realidad su supervivencia.

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