18 Nov

Cerebros moldeados por el consumismo

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y mis pacientes nunca dejan de sorprenderme. Hoy han entrado en la consulta dos jóvenes. Lo primero que me llama la atención de ellas son sus largos brazos, extremadamente largos, resultado de la evolución en la especie humana para poder acarrear las compras compulsivas. Llevan bolsas de Bershka, Zara, Intimissimi, Mango, Calzedonia, Etam… Frufrú, hacen al caminar. No han cambiado mucho los tiempos desde que las mujeres llevaban corsé, miriñaque y unos tacones altísimos que apenas les permitían avanzar ni desarrollar, como cualquier ser humano, cierta actividad física. Y menos, pensar. Y yo las miro a ellas, enchufadas a unos auriculares que las distancian del mundo real, y me planteo: ¿Qué es lo que deben de tener estas pacientes en la cabeza? ¿Aire? ¿Corcho? ¿Cómo puedo averiguarlo?

Se me ocurre que el mejor método para examinar cómo el consumismo ha moldeado sus cerebros es mediante la prueba de la apnea. Les pido que participen en este experimento tras explicarles en qué consiste, y para convencerlas les digo que la ciencia necesita voluntarias como ellas. ¡Oh, la ciencia! Con Dios hemos topado en estos tiempos en que se pretende que todo esté marcado por la objetividad, el pragmatismo y la racionalidad. Insisto en que su aportación permitirá entender científicamente algunos entresijos de nuestra hedonista sociedad. Y, cómo no, ellas acceden y firman su consentimiento para participar en el experimento mientras se sacan una selfie. Parecen creerse Clinton y Arafat firmando los Acuerdos de Oslo. O, al spanish style, Sánchez y Rivera.

Frufrú, se despiden.

Llega el día de la prueba de la apnea. Aparecen las dos pacientes con sus apéndices (antes llamados brazos) y diez bolsas de plástico (y en unas de ellas, diez bragas de diez colores distintos: como para hacerse el harakiri). Frufrú, suenan. Les doy las indicaciones pertinentes y ellas se preparan para realizar la prueba. Se ponen un traje de neopreno y las botellas y se sumergen en el tanque de agua, cómodamente sentadas en sendas banquetas. ¡Alto, un momento!, grita una de ellas por el intercomunicador. Y me señala una cámara que ha dejado en un estante. ¿De verdad pretenden que les tome una foto? ¡¿Que pierda mi tiempo tomándoles una foto?! Ya están las dos poniendo morritos hacia el objetivo y yo, un brazo en jarra, aprieto el disparador. Acabemos de una vez con tanto narcisismo.

Sin mediar más palabras, me coloco las gafas-screening para estudiar los fluidos que de ellas emanan. Y lo que allí observo, no me sorprende. De sus cabezas salen burbujas vacías que oscilan anárquicas consumiendo sin control todo lo que se les pone delante. Devorando, en realidad. En efecto, en sus sesos solo tienen aire. La conclusión que extraigo es, pues, clara: conciencia, cero, y desde el otro lado de la pecera me indigno: ¿acaso no saben que muchas de las cadenas en las que compran explotan a los trabajadores, por no decir que recurren a todas las argucias posibles para no pagar impuestos? Hasta me salen manchas rojas de la furia que siento, y no puedo evitar soltarles, con malevolencia:

–La evidencia apunta a que en vuestro cerebro se ha dado un desarrollo excepcional de las zonas límbicas, más primitivas y relacionadas con los centros del placer.

–Eso es bueno, ¿no? –pregunta una de ellas.

Y yo me tiro de los pelos. ¿Dónde ha quedado su capacidad lógica para entender que todo tiene unos límites, que no es sostenible el ciclo de producir-consumir indefinidamente sin agotar los recursos naturales? ¿Desde cuándo los seres humanos nos creemos dioses infinitos que estamos por encima de la naturaleza finita?

Y yo, que no me creo diosa ni nada, pero que de pronto recuerdo que voy un poco justa de bragas, me pongo las gafas de sol y me dirijo hacia la tienda de lencería que mis pacientes han estado saqueando. Ojos que no ven, corazón que no siente, y, qué le vamos a hacer, de vez en cuando una no se da cuenta y también baja la guardia de la conciencia.

 

 

 

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