20 Nov

Desde la caja de libros XXII

por @librosfera

Los sospechosos habituales.

(De la A. a la N.)

De la O. a la Z.

O. y su madre vienen de muy lejos a sentarse en las butacas de la televisión número 1. Una vez se han acomodado, pueden estar horas, sospecho que mejor que en casa, leyendo la prensa deportiva y mirando películas de risa. La madre se ríe espontáneamente, con una risa que seguro que si estuviera en el cine se contagiaría a los vecinos. Pero no están en el cine, sino en la biblioteca, y el amigo Darth Vader (ver anterior entrega) espera que O. libere el Mundo Deportivo. No hemos descubierto si comen algo mientras están allí… la madre de O. es muy discreta, y como tiene pocos dientes apenas hace ruido.

P. viene siempre a la sala infantil con su padre, aunque no se hablan en toda la tarde y se sientan en mesas separadas. El padre no despega los ojos del portátil mientras P. hace los deberes, habla con los otros niños, o juega con el móvil.

Hay un grupo de niños variable (a veces son tres, a veces seis; llamaremos al conjunto “Q”), que cuando vienen entran corriendo a la sala infantil para ser los primeros en coger ordenador y jugar a juegos de guerra a escondidas, porque saben que no está permitido. Abren dos pantallas, la del juego de las escopetas y los salpicones de sangre y otra, y nos van controlando ellos a nosotros de reojo para ir minimizando y maximizando dependiendo de si miramos o no.

R. es la mujer que cada semana viene a consultar todos los “Expansión” de la semana anterior. Elucubramos sobre qué tipo de inversiones tendrá en bolsa…

S. entra sin falta a velocidad de rayo cuando faltan quince minutos para que cerremos la biblioteca y está empezando a sonar la música que ponemos a todo volumen el último cuarto de hora. Coge una Vanguardia al vuelo, sube a la planta de arriba, abre una sesión de Internet, y no hace ni caso al ordenador mientras hojea el diario a velocidad evidentemente incompatible con la lectura. Cuando el ordenador se cierra, cinco minutos después, se levanta, da una vuelta a una de las estanterías de la sección de novela, baja, deja la Vanguardia y se marcha. Cuando empezamos a cerrar una hora antes los sábados por la tarde pensamos que al pobre hombre ya no le daría tiempo de venir, pero no: en lugar de venir a las 20.45 empezó a venir a las 19.45.

T. está sordo como una tapia y en consecuencia habla a gritos. Huele a vino, lleva patillas estilo años 70 y siempre anda buscando libros sobre la antigüedad, ya sea sobre Jesús o sobre Cleopatra. La última vez que vino le tocó el turno a Julio César.

A U., que tiene cuatro añitos, hay que recordarle casi siempre que en la biblioteca no se puede comer y cuando pregunta “¿Por qué?” le explicas que podrían mancharse los libros. Entonces se queda pensativo, dice “¡Claro!” y acto seguido te pregunta si puede comerse un plátano.

También en la sala infantil tenemos a V, W y X, tres hermanas paquistanís que vienen sobre todo en vacaciones casi siempre a primera hora de la tarde. Se instalan en la zona para pequeños lectores, donde tenemos cojines y en lugar suelo de piedra hay un linóleo un poco más cálido al tacto, se quitan los zapatos, y se hacen dueñas y señoras de la sección durante unas cuantas horas. Los juegos suelen írseles de las manos y a veces tenemos que acercarnos a llamarles la atención.

Y. es lampista y después de explicarle que no podía desenchufar nuestros ordenadores para poner su móvil a cargar, se ofreció a arreglarnos el fluorescente que parpadeaba justo encima nuestro.

Y por último, Z. Z. es un misterioso usuario (¿Por qué sospechamos que es sólo uno? ¿Y por qué sospechamos que es hombre?) que desde hace meses deja libros propios, de su colección, intercalados en las estanterías con los libros de la biblioteca. Suele dejarlos además en la sección en la que les tocaría estar, o en los expositores de novedades. Así llevamos encontrados unos 50 libros… y con cada uno de ellos, aumentan las ganas de pillarlo in fraganti.

[Para las dos entregas de “Los sospechosos habituales” me han ayudado Carles, Dani, María José, Mónica y Olga, compañeros de biblioteca. Desde aquí, ¡gracias!]

 

 

 

 

 

 

 

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