02 Dic

Estrip art

Despedida

por Mònica Artigas

rosa-llavis

Ha llegado a casa con una malla de naranjas en una mano y una bolsa con dos sopas de sobre y el cartón de leche en la otra. Renegando. Maldiciendo su suerte. Sobre todo a Mauricio, vaya jodido, vaya bronca la de hoy. Con lo que ella hizo por él cuando sin hablar español montó el colmado mísero que ahora defiende como si le fuera la vida por los cien euros que le debe. Mauricio se cambió el nombre, ya me dirás tú, porque Naser no le gustaba. Ella le reía, le reía las gracias, sus esfuerzos por hablar, los rezos a media tarde, le reía todo. Claro que entonces ella era lo que era y todavía podía ir por el mundo repartiendo, siendo solidaria, qué buena eres María, qué maja. Se lo había ganado, eran muchos años de trabajo. Una diva en el barrio, eso es lo que era. Una señora, qué narices.

Con todo, entonces ya vivía mucho de sus ahorros, porque cuando Mauricio se instaló en el local de su edificio empezaba la crisis. Pero bueno, era una situación compartida, todas estaban igual, o al menos este era su consuelo cuando sus facturaciones, por así decirlo, iban bajando. Normal, empresas despidiendo, bancos cerrando, restaurantes vacíos, y en el sector muchas pajas, decía riendo por no llorar. La Chari buscando trabajo de reponedora, Bianca largándose a Madrid. Con todo, María aguantaba, los suyos eran los jubilados, les hacía descuentos, y se enorgullecía, en secreto, de ser la que los tenía más fieles y ricos. De las de su edad, era la mejor. Mauricio le había dicho un montón de veces eso, cuando estaba de buenas. Si les sacaba los gin de la trastienda de dos en dos antes de que subieran… Casi todos eran de la zona alta de Barcelona. Bueno, de la media alta.

Pero Manolo, que iba a su casa casi cada día, desapareció de un día para otro. Ya hace tres años que no lo ve. Murió el señor Antonio, con el que en los últimos tiempos era una delicia, solo quería abrazarse, después de 20 años juntos. Se enteró de que había muerto porque sus hijos le pusieron una esquela en el periódico y una amiga se lo dijo. Lloró muchísimo, además aquel día ya no tenía trabajo, y no tenía otra cosa que hacer que apenarse. Murieron Jaume y Armando, aunque estos no le dieron tanta lástima. A Rosendo nunca supo qué le había pasado, pero podía ser que su familia sospechara y al final dejó de visitarla. Era un buenazo. Y el Pitote, así se hacía llamar, se despidió un día como un verdadero señor y le dijo que no volvería, que no se lo podía permitir. Le dio muchos besos antes de irse. No como el idiota de Néstor, que después de cinco años de ir a verla cada semana, un día, medio riéndose, a sus 77, le dijo que pagar por pagar, prefería una chica joven. Lo sacó de casa como pudo.

María ha apurado la sopa de sobre. Siempre están saladas estas sopas, pero son lo mejor para el frío. Se viste como cada día, sacando lo mejor de sus 75 años. Perfila sus labios de rosa. Baja a la calle.  Ella que no necesitó nunca pasearse. Ni ‘hola’ a Mauricio. Sabe que baja para nada. Cuando a lo lejos, un hombre viejo, con un abrigo que le ha quedado grande y gorra de fieltro, la ve y levanta la mano tímidamente. Le recuerda a Manolo.

María sonríe mientras espera que Manolo, su Manolo, se acerque arrastrando sus pasos. Toca ahora mismo con las manos lo más cercano a la felicidad. Después de tres años, hoy va a quererle como nunca. Como un amor de verdad. ‘Manolo, como si fuera el último día de tu vida’, le susurra cuando lo tiene a su lado. Le coge las manos. Cierra los ojos y espera que él se las estreche todo lo fuerte que pueda. Solo así sabe que el cuento acabará bien.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *