02 Dic

Low cost a 120 gramos de dióxido de carbono

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y en estos momentos me encuentro en Son Sant Joan, el aeropuerto de Mallorca, a punto de coger un avión que me lleve de vuelta a casa después de que el transatlántico Harmony of the seas me haya abandonado en la isla.

Ya en el avión, procuro relajarme y olvidarme de que un furibundo grupo de pasajeros de ese engendro marino ha intentado lincharme. Pero no puedo. Acabo de leer un artículo de Ecologistas en Acción  que, entre muchas cifras, menciona la contaminación que, de media, genera un avión low cost: 112 gramos/pasajero/kilómetro de dióxido de carbono. Y con los aviones convertidos en cadenas incesantes y regulares que recogen y sueltan pasajeros, los pelos se me ponen de punta y me acomete una repentina necesidad de salir corriendo de esta fábrica volante de gases sumamente nocivos para el medio ambiente.

Pero el avión ya está despegando.

Respiro hondo y trato de acomodar mis generosas carnes en el asiento. Algo imposible, descubro, en una silla de talla 38 pensada para maximizar número de asientos y, con ello, de los beneficios económicos de la compañía aérea. Clavo, sin querer, un codo en las costillas del pasajero que tengo a mi derecha y este aúlla primero y luego me observa con la mirada torcida y la corbata recta como un palo. ¿Por qué se fomentan tanto las líneas low cost?, aprovecho para preguntarle, más que nada para romper el silencio. Ni me contesta, el muy cretino, y yo reprimo primero mis ganas de hacerle tragarse su corbata.

¿De verdad con las low cost se pretende socializar un modo de transporte elitista con unos vuelos tan baratos que en teoría permiten a cualquier mindungui plantarse en Berlín un viernes a la tarde?, insisto.

¿No será que a la industria petrolífera le interesa que se genere más consumo de combustible que el que se produce solo con el transporte terrestre?, persevero. Silencio a mi alrededor. El tipo, ¡oh, cielos!, no me lo puedo creer: el tipo, decía, está cortándose los pelillos de la nariz. Intento ignorarlo y puntualizo: Según el modelo, unos 1.200 litros por cada 100 kilómetros de vuelo.

Ding dong oigo de pronto por el altavoz. La tripulación nos invita a nosotros, los pasajeros, a jugar a la lotería. Interesantes premios, anuncian, y yo le pregunto a la pasajera que se sienta a mi izquierda por qué siempre se sienten en la obligación de entretenernos. ¿Para que no pensemos? Esta me mira con una expresión bovina y compra un boleto de la lotería.

Ding dong, suena de nuevo en los altavoces. Los azafatos se han vuelto locos y ahora están intentando endosarnos perfumes libres de impuestos. Una oferta única de las marcas más exclusivas del mercado [léase con voz de pito y leve acento anglosajón]. Y a mí me comienza a palpitar el párpado izquierdo de pura indignación: ¿Por qué ellos pueden vender sus productos en el avión y los manteros de las Ramblas de Barcelona no pueden hacerlo en la calle, aunque ellos sí que pagan el IVA de las mercancías que compran?

Ya loco, mi párpado izquierdo se dispara con sus pálpitos cuando observa que la pasajera de la izquierda está sacando la tarjeta de crédito del bolso y que la de atrás parece calibrar si es mejor una crema antiarrugas de tal o tal marca. Esto parece un zoco y yo me siento secuestrada en esta jaula en la que de pronto no somos pasajeras, sino compradoras. Y el avión, un paraíso fiscal.

Sin embargo, con la convicción de que en esta ocasión no me pueden echar del aparato, como ha ocurrido con el transatlántico, decido atemperar mi iracundia haciendo uso de una de mis mejores cualidades: mi capacidad de convertirme en una mosca cojonera, y por ello le pregunto a la pasajera de la izquierda: ¿Y cómo cree que las compañías aéreas maximizan sus beneficios?

La pasajera le pide al azafato-comercial que la cambien de sitio, pero en el avión vamos embutidos como chorizos y no es posible encontrar ni un solo asiento libre. Le sonrío con simpatía, le señalo que debe abrocharse el cinturón y, ante su silencio, respondo a mi pregunta: Exprimiendo al personal al máximo y reduciendo sus derechos laborales. En Ryanair, por ejemplo, un empleado debe atender una media de 9.000 pasajeros, según el informe de Ecologistas en Acción. Y por cierto, añado, ese bultito que le veo en el cuello, no me gusta nada; parece un ganglio y los ganglios… Ya se sabe: el sistema linfático…

Cuando abandono el avión, me digo, satisfecha, que al menos esa pasajera ya no volverá a volar nunca más con una compañía aérea en la que no está reservado el derecho de admisión.

 

 

 

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