18 Ene

Punto de encuentro

por Susana González Tena

Es extraño cambiar de vida, así de repente, no resulta fácil, sobre todo acostumbrarse a un pensamiento ajeno, algo que no es tuyo y que empieza a caminar contigo. Como un fuego camina conmigo.

Cuando tenía aquel novio al que quise tanto, iba por la calle y le hablaba, teníamos conversaciones extraordinarias que me enternecían y me alimentaban, eran mías y de nadie más, mi pequeño tesoro que a nadie debía rebelar o se desvanecería en el sinsentido cotidiano.

¡Oh, si hubiese callado, quién sabe si ese pálido fuego actual seguiría caminando junto a mí! Ese amor de juventud vino a coincidir con los últimos años de mi convivencia familiar, produciendo una imprecisa confusión en las figuras masculinas de novio, hermanos, padre…. dejando una huella indeleble en mi entramado inconsciente.

Incluso hoy cuando vuelvo a la casa familiar sigo sintiendo la fuerza de los hechos  como un peso constrictor que nunca desaparecerá, con esa madre asintiendo y lavando, levantándose de la mesa para traer el pan, la sopa, el vinagre, las cucharas…

Las hijas-hermanas igual, claro, lo que pasa que algo cambia y ya te niegas, pero se quedó el silencio de la culpa en los ojos del hermano, te miran mientras él sentado sube el volumen de la televisión (quizá así sólo tenga que oír la televisión y no todo aquello por lo que discutíamos) y te dicen que no está bien que lo haga tu madre, bueno, querido eso ya lo sé, le digo yo, más volumen, porque ahora le enfrento con una verdad física,  él también se puede levantar y recoger y fregar y no ensuciar la casa con migas, esas migas gigantes que dominan la alfombra, que te las encuentras hasta en el baño. Nada más lamentable que una madre que es más madre que una madre, va más allá, es el concepto madre-METAMADRE, la que viste y calza, la que te da todo, hasta que te asfixia, eso no puede continuar por mucho tiempo y ser bueno. Por qué os hicisteis eso, y además arrastrarnos allí, a la desaparición del ser.

Me costó mucho salir de las garras de aquel lugar y sobre todo, de aquel hermano, más papista que el propio papa.  Le tengo cariño por eso de los años, por la infancia más bien, pero fueron muchos años de peleas, han sacado lo peor que hay en mí y más todavía, han cambiado algo profundamente, algo de lo que nunca me recuperaré, se quedaron con ello, lo lloré, se fue con los años de infancia en aquella maldita ventana que constituía mi momento de intimidad, arropada por la enorme cortina que mi madre cosió, y que me hacía las veces de cuarto íntimo, un curioso cuarto, puesto que el panóptico estaba frente a mí, todas las ventanas me miraban y yo caía y miraba. Me veía caer, como al resto de ellos, a Menchu y su gomina imposible, a Susana y su madre ceniza, a Rosa y su marido déspota, a Iratxe y sus padres narcotraficantes, y a mi hermano el macarra del barrio, el más chulo que un ocho. Todos perdimos esos años de juventud, de dolor barrial que se llevan para siempre como una carga que a veces no te deja respirar, y cuando te despiertas por la noche y ves que ya no estás allí, un grito de felicidad parece que te domina, pero es sólo un momento, porque aunque ya no estás en la cueva gris, continúas en otra historia gris. No hay nada como la realidad para no abandonar los barrios jamás.

Quizá esto sea autocomplacencia, esto de lamentarse sin contar nada, pero en fin sigue gustándome contar historias sin contarlas, que aparezcan de repente, sin que yo las llame, y así poder continuarlas de manera diferente a como las empecé. Nunca me he definido por mi constancia.

Empecé esto como una carta, creo que de amor, o al menos como conversación, pero ya veo que lo abandoné hace un rato.

Iba contando que hacía mucho tiempo que no hablaba con alguien por la calle. Hoy ha vuelto a pasar. El primer día no fue posible, porque me encontraba en un shock, una vuelta que no deseaba, un vacío en mi habitación que parecía que estaba en blanco y negro, y nadie a quien abrazar, como esos días de placer venturoso, donde recuperar una esencia olvidada, te abrazas a quien fue tu novio con mayúsculas, tu matrimonio de verdad, el que se lleva en el corazón como una piedra que nunca te dejará, esa tristeza infinita que se lleva lamentablemente igual que las infancias fallidas, es entonces cuando tu amor te besa otra vez, y todo tu calor quiere salir, pero ya no hay, ya  no hay nada, ni fuego, ni amor, lejanía, hay un espacio cubierto, y el mar que me arrulla, me vuelve a pedir que vuelva a él, y yo me alejo y me acerco a tu oscuridad, donde hay más luz que en la orilla, y es allí donde nos abandonamos y nos convertimos en piel suave, donde dejar mecer las olas, y yo me arrullo, como un gato o río de felicidad, porque en mí habito, estoy con el agua y nos vamos muy lejos, tenemos un largo trayecto hasta desaparecer, hasta convertirme en agua, como lo que te pide, vuelve, todavía no es verano, pero pronto nos veremos y seremos otra vez  la piel suave, la piel suave. Es por eso que el invierno se me hace más duro porque no estás y nadie tampoco. Quiero decir que a pesar de echar de menos lo real, lo más difícil es echar de menos lo que no es, porque esto tampoco existe, es un ligero apartado de irrealidad, como una borrachera, algo que te deja su esencia de alegría durante más o menos dos días, y luego desaparece dejándote melancólica, sumergida en una historia que no tiene principio ni final, y que desde luego no tiene continuación y eso es lo peor, la no temporalidad, esa es verdaderamente lo que te molesta de todo esto, no poder desarrollar por falta de  medios. Y entonces, vagas como siempre sola por la ciudad, envuelta en tu ruido protector que te limita la vida de tu alrededor porque has descubierto que es mejor no saber lo que la gente anda diciendo, es mucho mejor el silencio, la austeridad interior, el no escuchar sino se va a decir nada interesante. En fin, que todo eso sería en resumen del porqué acabo no teniendo conversaciones contigo, sino pensando en lo que te voy a escribir, como si tú fueses mi lector.

Pasa que la soledad me gusta, hasta cierta forma, y que antes añoraba una idea y ahora añoro una abstracta idea real, porque al dejar de vernos te conviertes no en una presencia, sino en una sombra que reinvento cada día, y por la que cada día tengo sentimientos encontrados y dispares, es decir, nunca es igual, es como la relación de una boa constrictor con su piel, se le va cambiando, y no sabe de qué color se está viendo en ese momento , porque ha dejado de existir, y sus amigas la dicen ay qué fea estás hoy, y ella piensa, ya verás mañana cuando pueda volver a la realidad. Ay y yo sin saberlo, que todo es una serie de desconocimiento al que casi es mejor aferrarse, porque sé igual que él, que esto no tiene cabida, porque hay más, sobre todo el enorme peso de la nebulosa , la que nos hace más felices y más terrenales, y que nos ayuda a seguir y a movernos a la velocidad de las mareas, ay qué bien, sube y baja la marea, y nada me dices, ocultas para que vaya yo intuyendo y no me asuste del todo, qué es lo que temes, una novia que de repente te diga lo que hay que hacer. Pensamiento falaz, no puede pensar eso, lógicamente veo y como tal no juzgo porque no sé hacer eso con la gente feliz. Me parece correcta su felicidad, porque se basa en verdades, es duro aceptar la verdad, pero más duro es no aceptarla e ir cargando por la vida con cosas que no son tuyas, maridos, hijos, casas, coches y un sin fin de barbarismos que han acabado destruyendo parte de la esencia de las cosas. Y tú la has sabido ver y quedarte en ella.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *