17 Ene

Cap. 12. Biblioteca Jaume Fuster – De autobuses y autoficción

En literatura, algunos debates siempre vuelven. Suelen hacerlo maravillosamente revestidos de novedad sin que, naturalmente, tengan nada de nuevo; una táctica infalible para llevar cualquier asunto al punto de ebullición, quemarlo y substituirlo por la siguiente novedad. Así funciona el mercado y tal vez todo.

Uno de esos debates que nunca faltan a su cita con el nuevo amanecer es el de la autoficción. Dar cuenta del enésimo boom de la autoficción o propugnar su desaceleración/muerte, cualquier proposición es válida para convocar al mundillo literario a una pirotecnia de rígidas afirmaciones que permita sentir la erótica del conflicto como expresión de que la cosa está muy viva. Mientras todo eso ocurre, los que como yo -exbancario, desempleado, escritor oculto y rata de biblioteca- nos encontramos alejados de tales esferas, observamos con ternura esas dinámicas de grupo literarias.

Y yendo al asunto de la autoficción, diría que suele olvidarse que ésta no es otra cosa que una técnica literaria y que, como tal, no puede ser ni buena ni mala en sí misma.

A mí, en particular, la autoficción suele interpelarme bastante, por bien que no puedo evitar oír autoficción y temerme otra narración en la que un autor más o menos disfrazado de cretino omnipresente se pasea por una realidad reconocible y va dándonos cuenta de sus actos e impresiones. Muchos hemos acabado un poco cansados de ese tipo de novelas, pero sería error reducir la autoficción a esa proliferación.

Hay virtudes literarias que sirven para cualquier obra, pero cada género tiene sus especificidades. En lo que se refiere a la autoficción pienso que hay dos factores diferenciales, que son el riesgo y el modo en el que el autor se implica –se deja afectar- por la narración. Un par de buenos ejemplos de esto serían Mi lucha de Knausgärd o buena parte de la obra de Emmanuel Carrere; creo que en ambos casos hay riesgo –literario y vital- y también hay una sensación de experiencia por parte del autor, en la impresión de que éste se deja atravesar por su propio ejercicio.

Y hablando de autoficción, comentar que en uno de los relatos de Exploradores del abismo de Vila-Matas, concretamente en aquel en el que un tipo gris esquiva su irrelevancia robando frases en su trayecto diario en la línea 24 de autobuses de Barcelona, hay una escena en la que el narrador asegura haber escuchado “Un bulbul es un ruiseñor persa, pensé que lo sabías”.  Naturalmente, Vila-Matas construye ese pasaje de un modo autoficcional, porque sí, Vila-Matas estaba ahí, en el 24, pero la frase no fue exactamente esa. Lo sé porque fui yo quien dijo esa frase, que literalmente afirmaba lo siguiente: “El pitbull belga es ruina y horror, pensé que lo sabían”. Si Vila-Matas se confundió a la hora de transcribirla o si se trata de una maquinación, lo dejo en la interpretación de cada uno. Imaginación no le falta al bueno de Enrique.

Por aquel entonces, acostumbraba a ver a Vila-Matas a menudo. Él vivía en Travessera de Dalt, vía por la que yo pasaba a diario: ida y vuelta en el autobús 34 desde mi casa en el Guinardó hasta la oficina bancaria en la que trabajaba en General Mitre con Balmes. De aquellos trayectos recuerdo perfectamente las obras de la plaza Lesseps y la época en la que se inauguró la Biblioteca Jaume Fuster, en el año 2005.

Qué poco me imaginaba entonces que ocho años después pasaría tantísimas horas en esa biblioteca en la que se forjaría mi leyenda de escritor oculto mientras me topaba con una trama criminal y literaria por la que decidí dejarme afectar.

 

 

 

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