03 Feb

Estrip art

El vuelo de la pantera carmesí

por Jesús Sales

 El camino del samurai se encuentra en la muerte

Toni visualizó, degustándola, la primera prescripción del bushido –no tengo cuerpo, la fuerza es mi cuerpo– mientras esperaba su turno de caja en la espaciosa oficina Central del Banco de Santander, del Paseo de Gracia en Barcelona. De pronto -en un repente surreal- una escena inesperada, brutal, rompió la apacibilidad del espacio ceremonial: cuatro hombres armados y embozados irrumpieron por la puerta de entrada y, entre griteríos expeditivos, obligaron a todos los presentes a tirarse es tirarse sobre el piso. Todo en un flash, en un pronto de arrebato demencial.

Como todos, Toni -la joven dama bushi– sintió sobre su rostro la frialdad del suelo, y concentró automáticamente su cuerpo en un estado de inmóvil detención: no tengo espada, el reposo de mi espíritu es mi espada. A su lado, muy cerca, una mujer mayor sollozaba temblorosa: sus ojos expresaban pánico desconcierto. Sintió la agitación de otras personas, mientras la ferocidad chillona de los atracadores profanaba obscenamente el espacio, el tiempo, la intimidad de las almas. Un sabor agrio, hiriente, definía esa situación enloquecedora. Toni se inspiró -inspiró sobre sí- el leve estado matérico del pneuma: esa justa proporción de aire y fuego que es propia del alma. Percibió -para sí- que su ser se invisibilizaba, que su cuerpo era sólo respiración, un látido lentísimo, apagado, un tacto intacto de silencio: no tengo principios: mis principios son la adaptación a todas las cosas.

Dos, tres, cuatro detonaciones hoscas, ominosas, fragmentaron la realidad. Un aullido de dolor estremecedor agitó todos los corazones. Olor a pólvora, a sangre, a un miedo que envolvía todos los cuerpos. La mujer miraba a Toni y en sus ojos el cuadro de la muerte anunciaba la demencia. Una espera sin esperanza. Un estado de caos. Nada que hacer: no tengo proyectos: mis proyectos son la ocasión. Toni, entonces, visualizó una de las siete virtudes del Bushido, Yu, el coraje: ‘La dama bushi debe tener un valor heroico, arriesgado. Debe ser peligrosa, sin dejar de ser precavida. Ha de vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa. El miedo no existe, cuando se está preparado para la muerte. El coraje heroico no es ciego ni jactancioso. Es inteligente y fuerte. Invisible y veloz…’

‘-Inspiro, expiro, -me suspendo en un soplo, -en un suspiro’ -vibraba la pneumática Toni-… No tengo enemigos: mis enemigos son la imprudencia. Sólo había que ralentizar el tiempo, inundar el propio cuerpo de una velocidad vertiginosa y actuar de una forma fulminante, inesperada, rotunda. Aparecer, alzarse entre las hojas y aprovechar al vuelo la ocasión (Hagakure -el tratado sobre el bushido escrito en 1716- significa literalmente “oculto en las hojas”).

La dama bushi cerró los párpados -oscuridad, tiniebla donde se oculta la luz-, centró sus fuerzas corporizándose en una imponente pantera magenta con manchas oscuras -ella lo denominaba ‘rojo carmesí con manchas de vino’- y su cuerpo comenzó a tensarse -una luz dentro de su ser gruñía: No tengo ni vida ni muerte: lo eterno son mi vida y mi muerte-. Se apoyó, en un espasmo, sobre sus miembros acolchados, sintiendo la dura elasticidad de sus músculos, y se elevó al espacio ‘exterior’ como un relámpago, propulsada por la eyección brusca de sus cuatro miembros, – elegante, alucinética, feliníssima-. Desde el cielo de su corazón adivinó, mirífica y terrible, la presencia de los cuatro atracadores ralentizados… y zasssssssss 

 

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