06 Abr

1998, Push It, Garbage

por Javier Avilés

Cuando en el mundo reina el suficiente desorden, nada parece fuera de lugar, dicen las escrituras. Todo estará bien. Comed y bebed de esta nada global, porque en el vacío de los números que cuantifican lo inasible está mi cuerpo. En el ruido que la mantiene despierta se encuentra la verdad. Empuja mi sangre y que los golpes sean fuertes, chaval. No te preocupes, todo estará bien. Las fluctuaciones del bath mantienen a todos esos tipos despiertos. Hemos perdido completamente el horizonte. Se acerca el fin de una época, dicen, decían. Pero la época hacía tiempo que se había desvanecido bajo nuestros pies. Seguíamos avanzando por inercia y por inconsciencia sobre el vacío del precipicio. Como en los viejos dibujos animados. O tal vez, mientras todo el sistema económico se derrumbaba, el Fondo Monetario Internacional proyectaba a nuestras espaldas un escenario móvil que se repetía una y otra vez. Creíamos que avanzábamos. Creíamos que el suelo seguía bajo nuestros pies. Pero no había nada. Una ficción globalizada cuya finalidad era mantener viva la ficción globalizada. El ruido que la mantiene despierta, que hace que su cabeza explote y el cuerpo le duela. Empuja, empuja, no te preocupes, todo estará bien, porque solo lo carnal nos mantiene apegados al mundo real. Ese mundo que nos arrebataron hace mucho, mucho tiempo. Los músicos estaban ahí para señalar los fallos. Pero la música ha sido absorbida por el mismo sistema que globaliza nuestra pobreza. No hay más que ruido. No el ruido blanco de la frecuencia que no emite. No. Más bien un acúfeno instalado de forma permanente en nuestros oídos que no nos permite discriminar nada, un ruido persistente al que nos acostumbramos y que tamiza y domina todo sonido que nos llega. Un ruido que llora de eso-que-llaman-amor y que apela a una carnalidad salvaje. Un ruido dominado por la industria que nos invita a follar, y follar, y follar, porque, chaval, no hay nada más. Sois pobres, así que follad. Follad y olvidaos del mundo. Dejadnos dominar el mundo y no nos meteremos con vuestro deseo de follar. Follad, hermanas y hermanos chavales. Empujad vuestros deseos con fuerza y nosotros os proveeremos de catres herrumbrosos, colchones pringosos y sabanas sudadas. Dibujaremos en vuestra imaginación esplendorosas camas con dosel en suntuosos palacios. Porque follando sois dioses morando el Olimpo. Os daremos dinero para que construyáis vuestras mansiones del follar sin fin. Podéis pagar a plazos por un periodo infinito y a un tipo variable que no os impedirá seguir follando. Follad y follad y follad sobre los contratos de vuestras hipotecas basura. Mañana será otro día. Pero mañana será otro día igual. Encended la radio si queréis y escuchad la misma música una y otra y otra vez. ¿Qué dicen nuestras canciones, hermanas y hermanos chavales? Bailad. Follad. Todo está bien. Empujad otra vez. Pero no os miréis a la cara cuando terminéis. No lo hagáis y así no tendréis que preguntaros ¿quién es este tipo? ¿de quién es esta casa? ¿de quién es este coche nuevo? ¿quiénes son estos niños? ¿qué clase de trabajo es este? ¿de quién es esta vida? ¡¿De quién?! No lo preguntéis porque no os gustaría la respuesta. Eso si pudieseis oír la respuesta a través del acúfeno que os aturde, del ruido que os ensordece, de la música global que enturbia cualquier mensaje. La respuesta, hermanas y hermanos chavales, estaba en el viento. Pero hace mucho tiempo que aprendimos a manejar las corrientes de aire de todo el planeta y conseguimos convertir la respuesta verdadera en un silbido molesto y trasmitir el mensaje promisorio: Folla, compra, poseé, sé. En Dolar confiamos. El Fin se acerca, pero todo estará bien, chaval. No te preocupes.

Eso nos decían entonces. Y todavía siguen diciendo lo mismo. Son insistentes e incansables. Persistentes como un virus y, al igual que ellos, capaces de destruir al sujeto que moran. Mira, eso es curioso y nunca acabaré de entender el sentido. Tal esto sea una analogía ingenua, pero un virus infecta un cuerpo y lo destruye. Su objetivo es transmitirse a otros cuerpos. Perdurar en el tiempo. Pero un virus ideal y letal invadiría todos los cuerpos capaces de ser infectados y los destruiría quedándose sin más cuerpos que infectar. Para perdurar, para sobrevivir, el virus mata a todos aquellos que le sirven para propagarse, por lo que su letal efectividad es en cierta manera suicida. A veces tengo la sensación que este sistema económico se comporta exactamente como una infección vírica.

En verdad te digo, hermano chaval, que no sé que pensar. Pero igual te doy mi bendición. Ten, toma este sacrílego sucedáneo y no te preocupes, todo estará bien.

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