05 Sep

Cap. 24, Transatlántico

por Dioni Porta

Witold Gombrowicz escribió Transatlántico entre 1948 y 1950 mientras trabajaba en el Banco Polaco de Buenos Aires. La novela se editó en Argentina un par de años después, levantando una fuerte polémica entre la comunidad polaca por el modo en que arremetía contra la patria.  En 1957, se publicó en Polonia aprovechando una cierta liberalización política, y Gombrowicz quiso advertir en el prólogo que lo que “más miedo le daba era que la novela fuera leída de un modo demasiado estrecho y superficial”.

Comienza Transatlántico explicando cómo el protagonista, un escritor polaco de nombre Witold, que ha viajado a Buenos Aires en una comitiva de literatos, no puede regresar a su país que ha sido invadido por la Alemania nazi. A partir de ahí, Witold se verá inmerso en una confusa realidad en la que el miedo y la tristeza serán distraídos por una lucha por la supervivencia donde las gestiones con algunos compatriotas polacos para intentar conseguir un trabajo se alternarán con su presencia en actos oportunistas por parte de la embajada de Polonia, que intenta promocionar la patria a través de algunos ejercicios de retórica nacionalista alrededor de sus genios.

Recomendado por un conocido, Witold encontrará un empleo administrativo en una caótica empresa dirigida por tres socios polacos marcados por las envidias mutuas y por una competitividad tan extrema como ridícula entre ellos. Asimismo, el protagonista recibirá la invitación del Ministro para una recepción en la que sus miserias se verán interrumpidas por unos elogios y unos vítores al Genio Gombrowicz que lo avergonzarán y ruborizarán hasta tal punto que deseará huir y escapar, una necesidad que Witold traducirá caminando y caminando y caminando por el salón donde se desarrolla la recepción, lo que será interpretado por los presentes como un espectáculo demente de su compatriota. Pero esa escena también se convertirá en el punto de partida de una extraña relación, cuando percibirá que hay otro tipo que también camina y camina y camina por el salón. Witold y Gonzalo, un homosexual ávido por adentrarse en la opacidad de la noche bonaerense para encontrar cuerpos jóvenes a buen precio, saldrán de ahí hermanados por esa coincidencia, pero nada es lo que parece, porque Gonzalo resultará un potentado que disimula su privilegiada condición económica para no facilitar la tarea a malhechores.

Así se lo explicará el propio Gonzalo a Witold y así lo confirmarán los tres socios polacos competitivos de la empresa, que felicitarán al protagonista por juntarse con tan insigne y acaudalada figura. Pero este encuentro no será el único que tendrá lugar en la inmensa sala de baile en la que están, ya que también tendrán lugar otros hechos relevantes, como que Gonzalo se enamorará del hijo de un militar polaco retirado, y así se lo manifestará al protagonista y narrador de Transatlántico, que por algún tipo de lealtad nacional se sentirá impelido a soplárselo al militar, quien responderá retando a un duelo a muerte a Gonzalo, que lejos de arrugarse, le explicará a Witold su plan: que él sea su padrino en el duelo y descargue de balas las armas, así el viejo militar podrá poner a salvo su honor y él acercarse al hijo. Y así será, Gonzalo y el militar se batirán en un duelo sin balas, pero no estarán solos, porque cerca de ahí el Ministro, que el día anterior habrá tenido conocimiento del reto a muerte por parte de un compatriota suyo, ha organizado una cacería para que eminencias extranjeras puedan admirar la bravura polaca a través de la hombría de ese militar retirado. Pero lo que ocurrirá finalmente será que mientras las armas disparan fogonazos sin balas, los perros de la cacería la tomaran con el hijo del militar, a quien solo la heroica intervención de Gonzalo salvará de una muerte segura.

Eso es Transatlántico. A partir de ahí, Gombrowicz abordará a través del absurdo simbólico un ajuste de cuentas contra la polinidad: “aunque sigamos siendo polacos, busquemos ser algo más amplio y superior al polaco.” Esa revisión de la relación del individuo con la nación, que Gombrowicz sugiere extender al resto de naciones, busca “reforzar y enriquecer la vida del individuo, haciéndola más resistente al abrumador predominio de la masa.” Pero para Gombrowicz, Transatlántico también “es un poco de todo: una sátira, una crítica, un tratado, un divertimento, un absurdo, un drama… pero nada de eso en forma exclusiva, porque, en definitiva, no es otra cosa sino yo mismo, mi vibración, mi desahogo, mi existencia.”

Leí la novela en la Biblioteca del Fort Pienc, un lugar importante para mí durante esas fechas. El seguimiento que llevaron a cabo mis compañeros de cofradía literaria había servido para determinar que el tipo que me estaba espiando vivía en Alí Bei con Nàpols. En su buzón le dejé la famosa nota “Me voy dos meses de vacaciones. Cuando vuelva, hablamos. Marcel Proust”, y para demostrarle que no tenía ningún miedo, me dejé ver por la biblioteca Fort Pienc durante varios días. Leía a Gombrowicz, lo cual era una provocación extraordinaria, recordando que era el autor que habían utilizado para los mensajitos que me sirvieron para levantar la liebre.

Digo que no tenía miedo, pero sí que lo tenía, lo que ocurría es que por dentro de mí latía un impulso poderoso: escribir una novela. Leer me había llevado a escribir, pero cómo hacerlo. Quería ponerme a prueba pero necesitaba disponer de una buena historia que explicar, sin esa ayuda, no lo iba a conseguir.

 

 

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