11 Sep

Los ecuentros fortuitos (1a parte)

por Elsa Plaza

Karlskrona ( Suecia)
En el verano del año 2015 escribía, a ratos, en la Biblioteca de Karlskrona (Suecia) un trabajo sobre una calle del Raval de Barcelona, Sant Antoni de Pàdua, desaparecida bajo la piqueta. Karlskrona, aparte de su paisaje de ciudad naval a orillas del Báltico, no ofrece muchas atracciones a alguien que como yo no conduce coche, no dispone de dinero para gastar en excursiones y no habla ni lee el sueco. Por lo que paso largas horas en su biblioteca leyendo Le Monde o El País, que llegan dos o tres veces por semana, escribiendo o mirando los libros, en español o en francés, que se encuentran junto a todos los extranjeros en la planta baja. La biblioteca es un lugar placentero, inaugurada en el año 1959 su arquitectura, que divide el espacio en varias plantas, aprovecha toda la escasa luz que el sol mezquino de los países escandinavos ofrece, y logra alegrar el espacio y hacerlo acogedor gracias a la madera clara y el diseño de sus muebles. Los bibliotecarios son correctos y educados, aunque incapaces de un gesto de reconocimiento o empatía, a pesar de los seis o siete veranos que llevo pasando por allí. Pero, ya se sabe el carácter nórdico, digo yo que será eso.

El trabajo de intentar rehacer la memoria de una calle, o al menos aproximarme a ella, fue más difícil de lo imaginado, no me gustaba la redacción que rehacía una y otra vez sin lograr avanzar. Intentaba dar forma legible a un material diverso compuesto por datos de archivo, pequeñas notas aparecidas en periódicos y vivencias personales sueltas e inconexas. Era todo ello los restos de la calle San Antonio de Pádua, una calle borrada del mapa de Barcelona con todo lo que una vez contuvo.

Entre los libros de la planta baja de la biblioteca,  aquel verano hallé unos relatos de Patrick Modiano reunidos con el título de Des inconnues. En la escritura de Modiano reconozco “algo” de inquietante y familiar a lo que siempre deseo regresar. Aunque, creo que en sus obras reescribe una misma historia vista desde diferentes personajes. Estos siempre a la búsqueda de un conocimiento que se muestra en escenas sugerentes, en imágenes borrosas, en lugares que aluden a una vida desaparecida de la que solo queda apenas un detalle.

En uno de los relatos de Des inconnues, una joven estudiante conversa con un excéntrico profesor de filosofía, acaba de conocerlo en un café que ambos frecuentan. Ella le comenta que no está cómoda en aquel barrio. Todas las madrugadas la despierta el particular sonido del trote de unos caballos, que desfilan bajo la ventana de su habitación. A los animales, y esto es un descubrimiento reciente, los conducen hacia un matadero que está por allí cerca. El conocimiento del destino final de las bestias la obsesiona y la obliga a rodeos absurdos, para evitar pasar delante del lugar que ocupa un gran espacio. El profesor admite que aquel barrio es particular. Él ha vivido siempre allí, al costado de una iglesia que la joven reconoce, aunque admite que no le había prestado atención. La iglesia es la de San Antonio de Pádua, le hace notar su interlocutor. Y agrega:
No podía llamarse de otra manera ¿Usted sabe lo que se le pide a San Antonio de Pádua? Encontrar los objetos perdidos. Él me sonrió como si hubiese comprendido que yo había perdido algo. Yo no había sido nunca supersticiosa, pero, si yo hubiese sabido a qué servía San Antonio de Pádua, de haber habido una iglesia con ese nombre en Londres, hubiese ido a rezar para que me dieran la foto (…).”
La melancólica muchacha del relato había perdido en Londres a su pareja y a la única foto que se hicieron juntos.
Como la protagonista sin nombre del relato de Modiano comencé a pensar que, quizás, entre los escombros de la calle olvidada yo también había perdido algo. Y recordé que el pedido al santo, tal como me lo explicaron a mí o como yo lo recuerdo, se hace anudando la punta de un pañuelo, con el nudo se golpea la palma de la mano mientras se evoca aquello que se desea hallar. El nudo debe permanecer atado hasta que aparezca el objeto. Y en caso de hallazgo se debe agradecer al santo entregando una importante limosna al primer pobre mendicante que encontremos en la calle.
Mi vivienda en la calle San Antonio de Pádua fue la primera realmente mía en Barcelona, cuando ya dejé de pensar que quizás Barcelona era solo una estación de paso y cada vez que me sentía mal imaginaba el regreso a la ciudad donde había vivido antes. En el pequeño piso de la calle San Antonio de Pádua fui colocando cosas que me gustaban y pinté de colores todo lo que ya estaba y no lo sentía mío. Allí tuvo su lugar un maniquí de modista encontrado en la calle y una foto de finales del siglo XIX, encontrada en el mercado de San Antonio, ¡otra vez San Antonio!, aunque este es el abad. Es el retrato de una mujer con vestido de época y mirada clara perdida en la lejanía del tiempo, aquel en la que el flash sorprendió su imagen y la grabó para que yo la recogiera…
Viví muchos años en el barrio de la Font d’en Fargas, cuya parroquia está bajo la advocación de ¡San Antonio de Padua! Y cuando me mudé a las cercanías de la Plaza Ibiza, al poco tiempo de estar allí encontré, abandonado a los pies de un contenedor de basura y asomándose tímidamente desde la envoltura de plástico, donde discretamente lo habían tratado de ocultar, una talla de madera y yeso. Representa a un ¡San Antonio de Padua! Imaginé que el cura de la iglesia (el contenedor estaba detrás de la iglesia), la había echado a la basura. Y, para desconsagrarla, o sea para quitarle la santidad a la imagen, y esto es pura conjetura mía, le había quitado el niño Jesús que siempre acompaña al santo. Así que al pobre lo habían dejado sin techo y sin compañero. Y mi instinto materno, siempre dispuesto a aflorar, me impulsó a acogerlo entre mis brazos y llevarlo a casa. Y aquí lo tengo con su carita de almendra y sus lacrimosos ojos de cristal.
Mientras estaba escribiendo mi historia sobre la calle del Raval que lleva el nombre del santo, hice un viaje a Aveiro en Portugal. Allí lo reencontré, repetida su imagen sobre todas las alegres barquitas que atraviesan la ría de la ciudad,  se lo ve acompañado de los peces saltarines con los que, cuenta su leyenda, acostumbraba a conversar.

Así, el nombre de la calle olvidada iba apareciendo de maneras diversas y se construía como una pintura cubista. Recordaba la voz de los vecinos, que en las tardes de verano subían hasta el balcón desde la acera y se colaban dentro de casa. El reclamo de los vendedores de “chocolate”, que lo ofrecían como un sonsonete a los jóvenes de otros barrios que se aventuraban por allí en busca de hachís. El hombre rubio y muy delgado, con la cara chupada de fumador empedernido. El ama de casa, con el sempiterno delantal de cocina, que lo ofrecía delante del portal donde vivía. Mi madre, de visita en Barcelona y que nunca había oído hablar de la existencia de algo que se fuma y se llama hachís pero le dicen “chocolate”, pensó que vendían chocolate de verdad y tuve que retenerla para que no fuera a comprarlo, porque imaginaba que era barato, dada la venta ambulante del producto.Después de dos años de dar vueltas con el librito, un día creí que al fin podía darlo por acabado. Definitivamente sería La calle olvidada. Sant Antoni de Pàdua en el Distrito V. Ese mismo día, al subir al metro me llamó la atención una tarjeta que estaba en el suelo, pensé que se le debía haber caído a alguien. La recogí, era una estampita con la imagen de San Antonio de Pádua a todo color. La giré,  detrás lleva impreso un calendario del año 2010, debajo está escrito en letras rojas: La voz de San Antonio de Pádua y la dirección de los franciscanos de Sevilla.

La “sincronicidad ”, a la que el surrealismo dio tanta importancia, tal vez consista en una especie de eco de nuestras acciones o pensamientos. Pero, ¿cuál es el gesto, el estado de pensamiento adecuado, la manera de sentir o vaya a saber qué, aquello que provoca estos encuentros? Siempre seguiremos ajeno a ello, aunque continuarán repitiéndose, y otra vez nos sorprenderán.

 

 

Más textos de Elsa Plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”

 

One thought on “Los ecuentros fortuitos (1a parte)

  1. Me atrapa tu manera de describir tus momentos. Tu manera tan pictorica de mirar tu alrededor por decirlo de algun modo. Por favor continua enviandome tus escritos. Me muestran tu mundo, tu mirada sobre un lugar que no conozco pero en el que siento te acompano por tus comentarios. Un abrazo.

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