12 Oct

2014 I See You, The Horrors

por Javier Avilés

No hay constancia de lo que hablaron el periodista y el personaje tras apagar la grabadora. Podemos asegurar que el personaje habló y habló diciéndole que podía verle, que podía ver todo lo que el periodista podía hacer, a lo que éste negaba en silencio moviendo la cabeza, asustado, apesadumbrado por la insensatez de la propuesta, incapaz de entender a qué obedecía aquella locura, si es que el personaje propuso algo tras poner sobre la mesa que separaba ambos sillones una pistola cargada y mostrarle al periodista como se cargaba y como quitar el seguro. Estamos especulando. No sabemos nada. Sabemos que a lo largo del verano olvidamos que hasta entonces los días se hacían más largos. Ahora el sol se pone inevitablemente cada día más pronto, pero no nos damos cuenta envueltos en la paz que nos trae cada inspiración de aire cálido y cargado de promesas de un futuro que declina y en el que nos podemos ver descansando para siempre. Pero no sabemos nada de lo que hablaron, nunca lo sabremos. No podemos saber aquello que nunca ocurrió y sobre lo que los que participaron guardan absoluto silencio. Quizás porque no hay nada que contar y tras apagar la grabadora no ocurrió nada. Nunca, con un gesto experimentado y rápido, el personaje montó el cargador de la pistola y, luego, de forma más pausada, enseñó al periodista todos los pasos para hacerlo. Quizás mientras lo hacía le explicaba los detalles de su morboso plan. Veo. Veo en ti todas las cosas que podrías hacer. Le propuso, quizás, una fecha, una hora, un lugar. El portal de su casa, por supuesto. Le dijo qué debía hacer, qué ropa llevar, qué guardar en sus bolsillos. La pistola en el derecho, claro. En el izquierdo, una novela en formato de bolsillo. Dentro de la novela una carta a su madre… ¿Patricia?, ¿se llama Patricia tu madre?… lo que no le dice el personaje es que el también llevará en su bolsillo una carta para la madre del periodista si es que consigue recordar cómo se llama. Una carta que trastocará completamente el acto que le propone al periodista, pero que no le revela. Como un coup de grâce final, como la “carta” en la manga, o en el bolsillo, que guarda siempre el fullero. Lo que está proponiendo al periodista es que se sacrifique para que así el personaje pueda convertirse en leyenda. Te veo, te veo. La vida es frágil, no la dejes ir. Veo todas las cosas que podrías hacer y todas las cosas que te gustaría hacer. No sabemos. No sabremos. Ni siquiera podemos entender los motivos de una proposición como la que nunca le hizo el personaje. ¿Locura, desesperación? Tampoco sabremos nunca los argumentos que creía que podían convencer al periodista. ¿Fama, gloria infame? ¿Creemos acaso que al periodista por un solo momento se le pasó por la cabeza la idea de formar parte del panteón de los cobardes cuyo nombre no merece figurar inscrito en la piedra? Es completamente absurdo. ¿Quizás el personaje le azuzó dándole detalles escabrosos de la relación carnal que mantuvo con aquella mujer de la que a duras penas recordaba su nombre? No. No sabremos nada. Nunca sabremos nada. Lo que vemos, lo que vemos en él, no es más que una especulación narrativa que debe llevar a un desenlace trágico. Nos vemos obligados a buscar una resolución a las tensiones emocionales que se han establecido entre el viejo y el joven, entre el caduco y el bisoño, entre el hoy y el mañana y el no hay futuro. Así que puso la pistola en la mesa y miró fijamente a los ojos del periodista esperando una respuesta. No sabemos. No podremos saber nunca cómo en aquel momento el hijo del personaje irrumpió en la escena, airado y furioso, como un vendaval de indignación, cogió la pistola y se la guardó, desapareciendo para siempre de la historia. No podemos saber si en ese momento se forjó una especie de solidaridad cómplice entre el hijo y el periodista. Una, llamémosle así, sin renunciar a la ironía, hermandad contra el personaje. Contra sus ideas, más bien, porque permanecía un residuo de cariño hacia el personaje. Una fraternidad dispuesta a terminar de una vez por todas con la tiranía de la narración, determinada a abolir la conclusión canónica. No lo sabemos. No lo sabremos nunca. No sabremos nunca si al terminar la grabación mantuvieron una reunión clandestina, ni los términos en los que se desarrolló la inexistente reunión. No sabemos nada y entonces ocurrió: el personaje puso la pistola en la mesa y propuso al periodista que lo matase.

 

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