18 Oct

Las diosas de la Sagrera

por Elsa Plaza

(Para Tania Alba y Marta Saiz)
Demeter, diosa de la agricultura. Relieve helenístico de terracota. III a. C.
Sí, sólo se produce cuando regreso del trabajo. Es cuando desde la línea roja del metro voy hacia la azul. La Epifanía puede darse en el mismo andén de la línea roja, cuando estoy caminando hacia la escalera y entre los pasajeros, hombres y mujeres que nos cruzamos sin mirarnos, de pronto se manifiesta. No ocurre todos los días. Ni tampoco yo estoy alerta siempre. Lo olvido, claro, como me ocurre olvidar lo que persisto en recordar. Se me escapa entre los dedos. Pero sé que cuando lo recuerdo es que está a punto de pasar.
Las diosas suelen ser extranjeras, latinoamericanas o africanas. Están de pié, esperando el metro, impacientes, o sentadas sosteniendo entre sus brazos una bolsa repleta de comida. Esas son las manifestaciones de Ceres ubérrima, copiosa en sus carnes oscuras y apretadas que se asoman desde el escote. Manzanas partidas envueltas en chocolate. El cabello erizado, las piernas robustas como firmes columnas. Giran su cabeza y descubro la mirada ciega de quien sobrevuela más allá de esa estación de metro donde, por gracia hacia nosotros, pobres ciudadanos vencidos por lo cotidiano, ellas concedieron manifestarse. Paso a su lado y al darles la espalda sé que ya no están.

Siempre es así, un instante breve. Suele suceder que las vea descender desde lo alto de la escalera mecánica. Esta vez llevan los leggins apretados y el jersey que marca un vientre fértil en forma de media luna, rellena de abundantes migas de pan. Toc, toc, toc, los tacones delgadísimos se arquean sosteniendo el peso de tanto bronce. Las uñas nacaradas se enganchan en la larga melena negra, pesada… Otras veces van vestidas de blanco, flotantes, eternas y vaporosas.
Cosme Tura, Demeter, 1476-84
Estatua de Apolo

Pero la semana pasada, cuando recordé a las diosas que esperan en el cambiador de Sagrera, se manifestó un Apolo negro. Fue por vez primera. Se dejaba subir quieto, de pié, en la escalera mecánica. Miraba hacia lo que iba dejando atrás. La frente cuadrada, la nariz con un pompón como la de Marilyn Monroe, pero en versión chico africano. Y claro, siempre esos pectorales musculosos en ellos, los dioses. Porque las diosas pueden ser de todas las formas imaginables, pero los dioses tienen en la Sagrera un repertorio muy limitado.

 

Más textos de Elsa Plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”

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