23 Oct

Corrosión, Cap 29. Hora de hacer balance

Corrosión es la historia de un tipo que está mudando de piel. Un individuo que después de divorciarse y ser despedido de la entidad bancaria en la que llevaba dieciocho años trabajando, teme ser tentado por la locura y la autodestrucción. Para mantener a raya los abismos emergentes, el exbancario se autoinfringe una disciplina espartana que materializa pasando las horas en distintas bibliotecas de la ciudad. Allí Pepe —pues ese es el nombre del protagonista de Corrosión— empieza a leer de un modo obsesivo. Obsesivo, compulsivo y competitivo, porque va anotando los libros que termina en una hoja de cálculo con la idea de alcanzar la cifra de doscientas lecturas en un año. Como nunca ha sabido hacer las cosas por el propio placer de hacerlas, Pepe pensó que fijarse un objetivo tangible que convirtiera la abstracción de la lectura en algo más concreto podría resultar útil para fidelizar ese hábito lector que quería convertir en el mismísimo centro de su vida.

A medida que pasan los meses, Pepe se va olvidando del angustiante abatimiento al que sucumbió después de que su mujer y su empresa se pusieran de acuerdo para prescindir de sus servicios, y se siente cada vez más cómodo en sus rutinas bibliotecarias. Cuanto más se dedica a la lectura, más la disfruta, más sencillo le resulta el acto de leer y más rendimiento le extrae. La desesperación de unos meses atrás deja paso a ese clima mental de certeza llena de dudas tan característico en quien convierte a la literatura en elemento central de su relación con el mundo.  También se encuentra totalmente integrado con la vida bibliotequesca, donde ha conocido a algunos colegas con los que han formado una suerte de cofradía literaria. Algunos de esos tipos debatiendo con pasión rusa sobre si desde nuestra época y nuestra cultura podemos llegar a entender la literatura de Pushkin en la entrada de la Bilbioteca del Bon Pastor, esa escena es un buen resumen de lo que significaba ese libro.

Entonces a Pepe le ocurre lo mismo que le ha pasado a tantos y tantos lectores a lo largo de la historia: le empieza a picar el gusanillo de la escritura. De joven escribió bastante —poesía, relatos breves e incluso una novela inacabada que transcurría íntegramente durante una larga noche alrededor de la barra de un bar—, y ahora se dice: por qué no volverlo a intentar. Se siente inseguro con sus capacidades, pero teme silenciarse y acabarse arrepintiendo de ello. Pensar que editores, agentes, críticos, autores, personal de bibliotecas, la gente de la calle, jóvenes y mayores, toda la sociedad está de acuerdo en que él no debe escribir sino que tiene que seguir limitándose a leer, lo acaba convenciendo de dar el paso.

Escribir una novela, eso es lo que quiere hacer. Nada de relatos breves ni poemas largos, una buena novela servirá para disipar las dudas alrededor de lo que está haciendo. ¿Cómo te va, Pepe?, le preguntará a alguien. Estoy escribiendo una novela, responderá él. Una novela que empieza a escribirse sola. El protagonista de la misma será un hombre divorciado y en paro que pasa largas horas en cerrado en una biblioteca. La trama de la misma será muy suave, y el contenido del relato se nutrirá de las reflexiones del personaje, algunas referencias a las infinitas lecturas paralelas que lleva a cabo, y también una aproximación a las misérrimas rutinas del tipo.

Pero Pepe no se autoengaña y sabe que lo que está escribiendo es insuficiente como para pensar en que esa novela tenga recorrido una vez finalizada. La vida del personaje y sus reflexiones no tienen tanta calidad como para concitar el interés de hipotéticos lectores por ellas mismas, así que no hay otra opción que introducir en la novela una trama más marcada. Un reto mayúsculo para Pepe, que nunca ha tenido demasiada facilidad para la imaginación. Pero todo parece ponérsele de cara, cuando el protagonista de Corrosión descubre indicios de una curiosa trama criminal que utiliza las bibliotecas para enviarse mensajes lejos de la vigilancia policial.

Ese material insufla a la prosa de Pepe una fuerza nueva y el texto empieza a tomar volumen. Entonces él empieza a jugar con la trama criminal para abastecer su novela, hasta que aparecen indicios de que está a punto de sobrepasarse, agotar la paciencia de los polacos y buscarse problemas. Así se lo explica a Pepe, un argentino que se llama Raúl. Y eso es exactamente lo que tiene que decidir el protagonista de Corrosión: plantarse y confiar en su imaginación o seguir metiéndose en la boca del lobo para buscarle un buen final a su novela.

One thought on “Corrosión, Cap 29. Hora de hacer balance

  1. Soy el auténtico Raúl , americano del sur, para mas precisiones muchas veces voy y vengo por el majestuoso Río Paraná. Mi condición de pescador me permitió obtener deportivamente un hermoso “cachorro” de surubí, inmortalizado en una foto en el momento. La foto no dice nada de la lucha del pez por escapar , sin embargo la paciencia , el tirar hilo del pez , lo fue cansando y permitió en esa tarde soleada de otoño disfrutar de la captura.
    Además me llamo Horacio – de mirada penetrante-

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