07 Nov

Corrosión, Cap. 30. En la frontera

Ya lo dice el refrán: las cosas se acaban rompiendo definitivamente por el centro, cuando lo quebrado ya no tiene solución ni enmienda posible. En contraste con ese centro que se mantiene en aparente paz y tranquilidad hasta la rotura irreparable, están las periferias, que son espacios —físicos o mentales—  en constante tensión con otros contornos. El mito de lo limítrofe se caracteriza por una dialéctica ininterrumpida que siempre anticipa los fenómenos que pueden acabar tomando el protagonismo en el centro de las cosas. Las fronteras —físicas o abstractas— son zonas en las que la realidad se sobrecarga y pone a la vista aquello que subyace a la sensación de orden y calma que la superficialidad tiende a sugerir.

Por eso, la idea de frontera es un asunto recurrente en lo que se refiere a la literatura, que encuentra en ella un territorio fértil, una invitación a reflexionar a partir de las distintas voces y fuerzas que componen ese equilibrio frágil. Sin rumiarlo demasiado, enumeraré algunos ejemplos en los cuáles el límite funciona el germen del relato literario. Las fronteras reales (El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati). El individuo que debe marcharse de sí mismo o el que se encuentra inmerso en una crisis de fe. Los cambios de régimen, las roturas matrimoniales. Los límites entre la subjetividad y la locura.

Improvisado inventario al cual añadiré otra literatura limítrofe: las novelas que no han sido escritas con la expectativa de ser leídas. El autor que aborda la escritura de una novela pensando en la recepción que ésta tendrá, escribe bajo el influjo de una suerte de diálogo imaginado que tiene lugar en su mente con una selección de sus lectores. Por otro lado, está la novela que el autor diletante escribe para sí mismo, sin más aspiraciones, como mera búsqueda interior. A medio camino entre esos dos extremos, está la literatura que no dispone de lectores pero que tampoco renuncia a ellos: autores que se saben especiales pero que no han logrado un reconocimiento para su obra, como Kafka, o el Bolaño anterior a que le publicaran La literatura nazi en América. Esa especie de purgatorio da un halo personal, perverso y radical a la prosa de quien no duda de su vocación ni de su obra pero que no logra hacer avanzar a ésta hacia ningún lugar.

La rutina editorial suele estar conformada por una narrativa incólume que se dedica a tejer costuras entre nuestra percepción y lo real. Esa literatura sostiene que, fruto del exceso de contemplación, la mirada se cansa y nos convierte en seres incapaces de descifrar lo que vemos, por habernos acostumbrado fatalmente a esa visión. Frente a lo cual aparece una literatura sana y saludable que sirve para deformar lo justo y necesario el paisaje de modo que nuestra mente perezosa se esfuerce nuevamente en la contemplación. Insigne función que no debería impedir que se prestara atención a todo lo demás.

Llegados a este punto, solo quiero acabar mi novela. No pretendo convencer a nadie de que lo que estoy escribiendo merece la pena que sea publicado. El compromiso es íntimo, la vocación firme y aunque no renuncio a nada, tampoco pienso mover un dedo por lograrlo. En ese sentido, lo más valioso que puedo ofrecer a esta novela es la firmeza para conservar todas esas tensiones latentes y no resueltas que la caracterizan. No debo resolver la idea de un lector. Tampoco la de qué hacer con esta novela una vez finalizada. Ni tan siquiera debería preguntarme si lo que tengo entre manos es una novela o no lo es. Y lo que es más importante: no debo decantar la trama criminal de los polacos. Mi estrategia para mantener la novela bajo el influjo de esa tensión enfermiza debe ser quedarme ahí, equidistante, no renunciar a mi posición, mi influencia ni la información, pero tampoco arriesgarme más de la cuenta, de modo que pudiera acabar cayendo en las manos nervudas de esos tipos. Con esa convicción bien presente, cuando algunos días después de nuestro en el Turó Parc, vi a Raúl en la Biblioteca Josep Benet de El Clot no hice otra cosa que tirarle una bola de papel a la espalda y esconderme para que no me viera.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *