30 Nov

Entrega #4 (año 2003): Elizabeth Costello, de J. M. Coetzee

por Javier Avilés

(Entrega a partir de la reseña de “Hombre lento”, de Coetzee,

novela en la que también aparece el personaje de Elizabeth Costello)

 

Paul Rayment, un fotógrafo de 60 años residente en Australia aunque de origen francés pierde una pierna a causa de un accidente. Coetzee narra con su habitual estilo en presente y con una fluidez envidiable (o como dijo J. M. Guelbenzu en Babelia “Coetzee lo cuenta muy bien por medio de un narrador que escribe como si fuera un notario que está levantando acta del mundo interior del personaje a través de sus actos tanto como de sus pensamientos”) el hundimiento anímico del personaje a causa de su indefensión y como vuelca empáticamente en la mujer que le cuida su gratitud, confundiendo ésta con amor, impelido por el deseo sexual. Este conato de relación amorosa con la cuidadora, Marijana, de origen croata, casada y con tres hijos, resultará desastroso para Paul Rayment que será ajusticiado en una paradójica moraleja final.Este sería a grandes rasgos la historia que J. M. Coetzee cuenta en Hombre lento, sino fuera porque la novela no trata sobre eso. Hombre lento habla de la lucha de un personaje contra su autor reivindicando en cierta manera su derecho como personaje a vivir una vida lejos de la excepcionalidad, a vivir un melodrama trillado de los que se anuncian como “basado en hechos reales”.

Paul Rayment reivindica la “realidad”; Coetzee emplea a su curioso alter-ego, Elizabeth Costello, para encauzar al díscolo personaje por los caminos de la literatura.
Pero Coetzee no emplea los recursos metaliterarios usuales en este tipo de novelas: No contrapone el sufrimiento del autor al del personaje; no es un recorrido sobre la dificultad del proceso de escritura; no habla sobre como se escribió Hombre lento.
Una de las principales características de Coetzee es su naturalidad narrativa. Nada en sus novelas parece forzado, tal vez la definición de Guelbenzu comparándole con un notario se acerque mucho a una posible definición del estilo de Coetzee. Pero no hay frialdad tampoco, lo único que pretende el autor es mantener la distancia con sus personajes y no influir sobre el lector imponiéndole un punto de vista que a fin de cuentas sería únicamente el suyo, lo cual no es poco. Los personajes de Coetzee viven para que los lectores podamos conocerlos como a personas reales sin que el autor quiera dirigirnos, al menos no evidentemente, a ciertos rasgos o comportamientos que pueden despertar nuestra simpatía o desprecio por ellos. Coetzee no juzga; observa, describe y deja todo el trabajo al lector.Paul Rayment es el personaje díscolo que ningún escritor quisiera que protagonizase sus novelas. Para sojuzgarlo Coetzee envía a Elizabeth Costello.En el capítulo 8 de Elizabeth Costello, En la puerta, puede leerse una confesión de su protagonista:

“ Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria al dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado. Simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien.
Secretaria de lo invisible: me apresuro a aclarar que la frase no es mía. La he tomado prestada de un secretario de primer orden, Czeslaw Milosz, poeta, tal vez lo conozcan, a quien le fue dictada hace años”.
Hace una pausa. Aquí espera que la interrumpan. “¿Dictada por quién?”, espera que le pregunten. Y ella tiene lista la respuesta: “Por poderes que no entendemos”. Pero nadie la interrumpe, nadie le pregunta nada.
(…) … una buena secretaria no debe tener creencias. Es inadecuado para su función. Una secretaria simplemente debe estar disponible, esperar la llamada.”
(Traducción de Javier Calvo para Mondadori)

En Hombre lento esa llamada se produce: La historia de Rayment le ha sido asignada a Elizabeth Costello “por poderes que no entendemos” y como “secretaria de lo invisible” debe convertir la vida de Rayment en materia narrativa. Pero la vida, la historia de Paul Rayment según Coetzee, se resiste, va por sus propios derroteros.

En cuanto Paul vuelca su desamparo, sus carencias afectivas y su pulsión sexual en la figura de Marijana todo parece apuntar a una banalización de la trama narrativa que previsiblemente discurriría siguiendo esquemas decimonónicos (no se tome peyorativamente). En ese momento Coetzee emplea a Elizabeth Costello como Deus ex machina rompiendo el fluir de la narración e introduciendo un elemento perturbador que, como una Erinia defensora de la complejidad narrativa, una fuerza inagotable e inmune a las penurias, tendrá un único objetivo: hacer de la vida de Paul Rayment materia literaria.
No se trata de que Paul mantenga una postura romántico-realista a la que se opone Elizabeth; ambos personajes tienen mucho en común, sobre todo un sentimiento de indefensión inherente a la vejez, pero Paul vive más como persona que como personaje y a Elizabeth le ha sido asignada una tarea. Ella intenta que la narración tome otro rumbo relacionándole sexualmente con Marianna, ciega de nacimiento y al parecer también en las manos de Elizabeth Costello, pero esas relaciones, que de alguna manera recuerdan a la de los protagonistas de La edad de hierro, fracasan no solo por la actitud de los personajes, la frialdad de Marianna y el sentimiento de Paul de estar siendo empujado a hacer algo que realmente no desea, sino también porque el campo narrativo que abre esa extraña relación parece agotado en sí mismo.
Todos los caminos han sido ya explorados.
De esta manera Elizabeth Costello fracasa y Coetzee debe aceptar que sólo hay una vía posible para narrar la vida de Paul Rayment y es dejar que él mismo escoja su melodramático destino. En este sentido la moraleja final de la novela puede entenderse como una especie de venganza del escritor contra su personaje.
A pesar de todo lo dicho hasta ahora, resulta curioso comprobar como la mayoría de las reseñas sobre Hombre lento tratan sobre la historia de Rayment y obvian o tratan de molesta la presencia de Elizabeth Costello. Y eso es así porque los temas que se desarrollan en Hombre lento, como en todas las novelas de Coetzee, apuntan certeramente a las miserias de la condición humana y a su inevitable degradación física y como esta degradación afecta al espíritu. Y en Hombre lento la importancia estos temas se impone a la trama metaliteraria.
Como en La edad de hierro, como en Desgracia, Coetzee nos presenta a un personaje cuyo tiempo se agota y que se rebela inútilmente contra la inevitable degradación del cuerpo humano. La amputación de la pierna supone para Rayment el aviso indeleble de la inminencia de la muerte. Y a pesar de que todos los personajes de Coetzee comprenden la futilidad de los actos que pudieran redimirles como personas ya que esos actos no les salvarán del olvido como destino final, se aferran a ellos desesperadamente.
El viejo profesor de Desgracia quiere salvar a su hija sabiendo que no hay salvación; la mujer de La edad de hierro quiere demostrar que es posible un acercamiento entre clases irreconciliables; el Dostoievski de El maestro de Petersburgo quisiera salvar a quienes le rodean en lugar de fagocitarlos literariamente; Rayment quiere volver a tener dos piernas, ser amante de Marijana, fundar una familia pero para eso necesita vivir una nueva vida y no es eso lo que le ofrece Elizabeth Costello.

Podría continuar pero hay muchísimas cosas más en Hombre lento que cada lector debe descubrir. Esta novela es sin duda excelente y una nueva muestra del genio de Coetzee.

 

Más reseñas de Javier Avilés en su blog El lamento de Portnoy

 

 

 

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