15 Feb

Entrega #12 (año 2011): “El rey pálido”, de David Foster Wallace

Comenta Michael Piestsch en el prólogo que, aparte de ciertos aspectos que precisaban revisión por parte del autor, como ciertas repeticiones y algunas incongruencias, la “cuestión que surge de forma inevitable es ¿cómo de inconclusa está la novela?”

Sigue comentando Piestsch que la trama de la historia central de la novela, por los datos que maneja a través de las notas de Wallace, no parece alargarse mucho más de lo que está presente en la edición póstuma de El rey pálido.

Hablar de inconclusión refiriéndose a la narrativa de David Foster Wallace es un pleonasmo. Y en esas condiciones es difícil apreciar cuánto tiene de póstuma, en lo que se refiere a estar inacabada, más allá de la revisión, corrección y edición.

No hay más que leer sus cuentos acabados e inconclusos. No hay más que pensar en La broma infinita cuya aparente conclusión se diluye en una bruma anunciada en el primer capítulo (“… Donald Gately y yo desenterramos la cabeza de mi padre”). Se puede argumentar que El rey pálido es una novela no terminada de elaborar a la cual le faltan fragmentos, pero la inconclusión es una característica inherente a toda la narrativa de Wallace, por lo cual nos podemos enfrentar a ella considerándola una obra completa.

Entonces, ¿qué es El rey pálido?

No parece haber en principio una continuidad en los fragmentos que componen El rey pálido. Lo cual crea una sensación de extrañeza que el capítulo 9(*) no hace más que acrecentar. En este, de 21 páginas, calculo que unas cinco de ellas de notas al pie, el “propio David Wallace” narra las circunstancias que le llevaron a trabajar durante dos años en la Agencia Tributaria de Peoria, Illinois, en unos momentos en los que se llevó a cabo una sustancial modificación de las normas de tributación. La base de su discurso, que compone el núcleo de la narración, es el siguiente:

“Los dolores del parto de la Nueva Agencia Tributaria llevaron a uno de los mayores y más terribles descubrimientos de la democracia moderna en materia de relaciones públicas, que es que si se puede conseguir que los asuntos delicados de un gobierno resulten lo bastante tediosos y crípticos, no hará falta que los funcionarios escondan ni desmantelen nada, porque nadie que no esté directamente involucrado prestará la suficiente atención para causar problemas. Nadie prestará atención porque a nadie le interesará, debido, más o menos a priori, al tedio monumental de esas cuestiones. (…) Para mí (…) la pregunta interesante de verdad es por qué el tedio resulta ser un impedimento tan poderoso para la atención. Por qué nos apartamos tan instintivamente de lo aburrido. Tal vez sea porque el aburrimiento es intrínsecamente doloroso”

(*) El famoso capítulo 9 de El rey pálido contiene en su traducción española editada por Mondadori una contradicción.

Se titula Prefacio del autor y se inicia así: “Aquí el autor. Quiero decir el autor de verdad, el ser humano de carne y hueso que sostiene el lápiz, no una máscara narrativa abstracta. (…) este de aquí soy yo como persona real, David Wallace, de cuarenta años (…)”

Continúa: “Todo esto es verdad. Este libro es completamente verídico”

La cuestión es que el alegato de identidad prosigue haciendo referencia a la advertencia legal del libro situada en la página del copyright.

Y mientras que se nos advierte severamente de que “Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido…”, por ninguna parte aparece esa nota que estamos acostumbrados a ver en algunas películas, pero en menos novelas. Esa que empieza con “Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con personas vivas o muertas etc.”

Mientras que en Estados Unidos la nota de descarga de responsabilidades es una estratagema que cubre a los editores de cualquier demanda y que, por otra parte, obliga al autor a cumplir con sus preceptos y le convierte en última instancia en el responsable de la vulneración de dicha advertencia de debido cumplimiento, en Europa, al parecer, y en España, en particular, no es preciso que se cumpla el precepto enunciado “Esta es una obra de ficción”, salvo en aquellos casos, supongo, en el que los editores sientan que hay cierto parecido con personas vivas o muertas o acontecimientos, que pudieran ser objeto de demandas legales.

Es decir que aquí el grado de ficción de una obra de ficción viene determinada por las posibilidades de semejanzas con la realidad, mientras que en Estados Unidos siempre hay que avisar de que lo que se está leyendo es una obra de ficción.

Las diferencias estatales del imperativo legal destruyen el razonamiento de David Wallace en el capítulo 9. Y, ojo, está bien así, el autor, David Foster Wallace como le conocemos, se refiere a sí mismo como David Wallace. Primera pista.

Al no aparecer la nota de descarga legal de los editores todo el razonamiento de David Wallace en las primeras páginas del capítulo 9 se va al carajo:

“Podría parecer que esto plantea una paradoja irritante. La advertencia legal del libro define todo lo que sigue como ficción, incluido el Prefacio, y sin embargo en ese Prefacio yo voy y digo que en realidad nada de ello es ficticio”

Al no existir la advertencia legal del libro, al no haberse sentido obligada Mondadori a incluir dicha advertencia (aunque no fuese necesaria legalmente), la paradoja irritante a la que hace mención David Wallace no existe en la traducción española de El rey pálido.

Pero esto no termina aquí. David Foster Wallace jamás entregó a la editorial el manuscrito de El rey pálido, jamás participó en la elaboración de la impresión definitiva del texto, jamás discutió con los editores y los abogados el alcance legal de lo que se cuenta en el libro y la posible vulneración del acta de secretos oficiales.

David Foster Wallace estaba muerto.

Sabemos que lo que nos está contando en el capítulo 9 es mentira.

David Wallace es lo que nos queda vivo de David Foster Wallace en El rey pálido.

Y cuando dice “Todo esto es verdad. Este libro es completamente verídico”, lo cual es obviamente una falsedad palpable, lo dice en contraposición a una advertencia legal que no existe en el libro que tenemos en las manos. Y eso convierte a David Wallace en una construcción narrativa, en “una máscara narrativa abstracta”, que es justamente lo que el autor, David Foster Wallace, trataba de evitar. Se puede criticar a la editorial no haber incluido en la traducción española la nota de advertencia legal a la que se hace referencia en el texto, pero la contradicción que desmonta ya ha sido con anterioridad desvirtuada por el suicidio del autor.

Tal como dice David Wallace “a los abogados de empresa no se les paga para que sean completamente racionales, sino para que sean completamente precavidos”. La precaución en este caso era totalmente innecesaria. Los abogados parecen ser personas pragmáticas a los que no interesan demasiado los juegos autoficcionales. Pero uno piensa que a los editores les interesa la narrativa. Lo único necesario era incluir tras la nota de prohibición de reproducción del texto una simple línea en la que dijese “Esta es una obra de ficción”

“El rey pálido es básicamente una autobiografía sin ficción, con elementos adicionales de periodismo reconstructivo, psicología organizativa, educación cívica elemental, teoría fiscal y demás. El contrato mutuo que firmamos aquí [autor y lector] se basa en las presunciones de a) mi veracidad, y b) el entendimiento por parte de ustedes de que cualesquiera elementos o semiones que pueda parecer que socavan la veracidad son de hecho artefactos de protección legal (…)”

Desde la perspectiva de su edición póstuma, El rey pálido deviene ficción en su totalidad.

Duele leer “Aquí el autor”

Los textos de la traducción de Javier Calvo para Mondadori.

Más reseñas de Javier Avilés en su blog El lamento de Portnoy

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