26 Feb

Corrosión, Cap. 39. Escritura

por Dioni Porta

Un debate muy interesante en el seno de nuestra cofradía de lectores se daba cuando nos sincerábamos sobre nuestras emociones en relación con la literatura. En una época dominada por la idea de versatilidad en detrimento de lo especializado, en unos tiempos en los que quien más  quien menos trata de ser un poco de todo, en un presente sobrevolado por la idea grotesca de individuos completos, la literatura no ha sido ajena a esa concepción descafeinada que desdeña la posibilidad de promocionar la radicalidad lectora de los distintos perfiles en favor de una fórmula mucho menos ambiciosa: el libro como camino a la normalidad.

Por suerte, en la cofradía teníamos claro que la lectura no podía ser un ejercicio uniformador, más bien al revés, pues lo que se espera de un buen lector es la originalidad, la lectura como instrumento de libertad y de experimentación personal. Lo cual era una invitación a dejarnos ir. Cualquier cosa menos el lúgubre “me entretiene leer”. Colocar la literatura en el centro del debate, rebatiéndola si era necesario, pero ante todo alejándonos de la actitud paternalista que anula la trascendencia de la lectura.

Allí estaba Toni Vila defendiendo que él no creía en las bondades de la literatura, porque la literatura era cualquier cosa menos bondadosa. Leer no nos hace mejores personas. Leer tampoco nos sirve para que las cosas nos vayan mejor, porque leer nos complejiza el pensamiento y nos aleja de esa simplicidad operativa que caracteriza la energía desdoblada de los exitosos. Leer no es divertido ni sexy ni fácil ni liberador. Leer es un esfuerzo, y, a veces, un castigo. La realidad (real o virtual) ofrece infinidad de historias, de información y de emociones a bajo coste y a bajo esfuerzo, ante lo cual leer es un ejercicio incómodo e ingrato. Incluso heroico. Toni Vila sostenía que eso era la verdad y que esconderla o disfrazarla era un error sentimentalista en el que incurrían los militantes literarios.

O Pere-Lluís asegurando que no estaba dispuesto a creer que la escritura servía para explicar la realidad, porque lo que un autor escribe es su finalidad última. Ahí empieza y acaba su acción, esa es su vida, no es justo traducir a la vida lo que él ha decidido escribir. Por eso a Pere-Lluís le indignaba tanto que a los autores se les hiciera repetir en palabras lo que habían escrito, pues eso solo podía entenderse como un modo de contrarrestar sus efectos. La escritura, la literatura —o como diantres quisiéramos denominarla— era un fin en sí mismo, un acto concluso sin traducción práctica, y nada había más estúpido y más perjudicial que esos intentos de dar vida a lo que ha muerto plasmado en un libro.

O Tito que sostenía que la literatura debía desandar algunos pasos dados, empezando por la confusión que en su opinión se había formado alrededor de la idea de comprensión lectora. Según él se había acentuado demasiado la importancia de entender lo que se lee, creando un imaginario en el cual se obvia que uno de los grandes patrimonios de la escritura es el cripticismo. Ponía el ejemplo de la poesía, que hoy en día es un género marginal, porque la inmadurez de los lectores, les hace revelarse contra lo que no comprenden fácilmente. El misterio del texto espanta, cuando posiblemente sea lo más maravilloso que un autor puede aspirar para su creación: que genere tanto interés como confusión. El escritor crea la atmósfera y el lector resuelve los detalles y las concreciones desde su propia persona.

Y lo más curioso de las distintas radicalidades, es que, desde lugares diametralmente opuestos, cada uno desde su personaje y sus afectaciones, estábamos defendiendo algo común. Rechazar esa concepción inofensiva de la literatura, para colocarla. En el centro o en la marginalidad o directamente fuera, pero alejarla de la conmiseración, terrible daño a un ejercicio —la escritura— que no puede renunciar a su vocación salvaje, trascendente y delirante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *