14 Feb

Cap. 14. Biblioteca de la Zona Nord – Ciutat Meridiana

No hay nada más doloroso e irritante que escuchar a un artista o a un académico presentando sus “temas”, siempre con la apostilla: “me interesa…” “estoy interesado en…” los suburbios, por ejemplo. ¿Cómo le pueden interesar a uno los suburbios? O le conciernen o no le conciernen, o le afectan o no le afectan. Ser afectado es aprender a escuchar acogiendo y transformándose, rompiendo algo de uno mismo y recomponiéndose con alianzas nuevas.

Este fragmento de Marina Garcés (Un mundo común, edicions bellaterra) me sobrevuela amenazante a la hora de escribir este capítulo de Corrosión que transcurrirá por las calles verticales de Ciutat Meridiana, barrio urbanizado entre 1963 y 1967 en un valle de fuertes pendientes en el que estaba previsto construir un cementerio, idea que acabó desestimándose por la humedad del suelo.

Lástima que el promotor, un tal Juan Antonio Samaranch, levantara esos grandes bloques sin que estuvieran acompañados de los servicios y equipamientos básicos, carencias que condicionaron desde el inicio a un barrio que durante los 70 y los 80 fue muy castigado por la droga, el paro, el aislamiento y la conflictividad social. Y si bien la llegada del metro ligero y olas migratorias posteriores revitalizaron sus calles, la reciente crisis se ha vuelto a cebar severamente con la Ciudad Meridiana, que sufre una de las tasas de paro y desahucios más grandes de España, hasta el punto que ha recibido el sobrenombre de Villa Desahucios.

El miércoles 13 de febrero llegué a la Biblioteca de la Zona Nord un poco antes de las doce, que era la hora prevista por la nota anónima para que yo olvidara mi americana en el espacio de los diarios y las revistas. Me acomodé en un sillón azul y estuve leyendo Mites i gent de Barcelona, de Josep Maria Huertas. Notas simpáticas pero planas. Mucha documentación, no tanta literatura –siempre me ha gustado la idea de que documentarse es de cobardes, que el conocimiento de los datos exactos no hacen sino dificultar la labor creativa del escritor-. Luego me incorporé y parsimoniosamente abandoné la biblioteca.

Me estaba desarremangando la camisa –sin la chaqueta, sentía el frescor de febrero- cuando apareció un individuo de unos cincuenta años con mi americana colgando de uno de sus brazos. Llevaba varios días sin afeitarse y vestía un jersey de lana con ilustraciones de papá noel, renos y abetos, tejanos nevados y unas zapatillas blancas.

– Menos mal que lo veo, caballero. Se había olvidado esto.  Aquí, en este barrio… Tome, tome, que hace frío. La montaña rezuma humedad. Ahora mismo un vecino acaba de decirme que hace un frío verde, no me diga que no es gracioso.

Esa humedad que rezumaba la montaña me sirvió para entretenerme mientras esperaba que el tipo acabara su soliloquio, me devolviera la americana y se alejara lo suficiente para que yo pudiera regresar a la biblioteca. En la zona de lecturas disimulé unos minutos antes de volver a descuidarme la americana en la silla. Era obvio que había una voluntad de humillarme, por parte de aquel que me iba a tener durante cinco o seis horas perdido por la Ciutat Meridiana. Pero no hice nada por rebelarme contra eso, sino que me resigné a pasar el día esperando a que llegara la hora en la que yo podría recuperar mi americana.

En aquel largo mediodía me revelé como un hombre sin alma, frío, maquinal, incapaz de implicarme en lo que veía.

Por superstición o por tantrismo, no consulté los bolsillos de la americana hasta que no tomé asiento en el vagón de la Línea 11 del metro ligero. Allí me encontré un sobre en cuyo interior había una nota impresa y un puñado de billetes –doscientos sesenta y cinco euros, para ser precisos-. La nota, que era muy breve y estaba escrita en mayúscula me conminaba a “olvidarme de Gombrowicz y de todo”. Olvídate de Gombrowicz y de todo, era, sin duda, una frase poderosa que no obedecí. Durante los siguientes días estuve recorriendo las bibliotecas de Barcelona, periplo que me sirvió para confirmar que los mapas y las notas  -ajenas y propias- habían pasado a mejor vida.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *