28 Feb

Cap. 15, Biblioteca Joan Miró; La hora del lector

Me acuerdo de aquella época en la que no dejaba de preguntarme por qué ocurrían las cosas. Incluso me sentía importante por ello. Me enorgullecía creer que, lejos de cualquier conformismo, mi intrépida mente estaba encarando sin subterfugios las hondas cuestiones de la existencia. Días de autocomplacencia, hasta que descubrí que plantearse por qué ocurren las cosas era el lugar común de quienes han sufrido una desgracia. Además, no tardé en comprender que, en el fondo, la pregunta era ingenua e intrascendente. Y también que, a través de ella, el miedo a asumir los hechos dibuja un falso conflicto medio místico medio cognitivo sobre el que proyectar una confusión de responsabilidades que acabe confortándonos por la vía del aturdimiento. Dios y tal, aunque con un verbalismo renovado.

De nada sirve preguntarnos por qué nos ha ocurrido algo, lo decisivo es asumirlo. Y es que vivir consiste precisamente en eso: en aceptar todo aquello que ocurre a nuestro alrededor. A veces es fácil, pues la cosa se nos clava sin remedio, pero hay ocasiones en las que la tentación de negar lo ocurrido es demasiado fuerte. Y no hablo solamente de la épica de los grandes dramas, sino también de estar atento a los detalles y tomar el guante.

Con la literatura pasa algo similar. En el caso del escritor parece evidente: ¿qué escritores queremos, aquellos que planifican una novela –¡incluso una obra!- y se mantienen fieles a su idea inicial pase lo que pase, o queremos escritores que se dejen atravesar por lo que ocurre en su texto y actúen en consecuencia?

Un asunto -este de los autores- que en el fondo es menor, porque el tiempo de los escritores ha pasado; ahora vivimos la hora de los lectores y referirse hoy a la literatura es hablar del lector. Emili Manzano ya nos lo anticipó con su programa literario –uno de los acontecimientos más bonitos que le ha ocurrido a nuestra televisión-.

Aunque sin autoengaños: todavía estamos intentando descubrir qué significa exactamente eso de la hora del lector. ¿La hora del lector nos habla de revoluciones literarias en las redes sociales?  ¿Quizás quiere decir que hoy en día los verdaderos artistas son determinados y distinguidos lectores y no tanto los escritores, que según esa interpretación no serían otra cosa que proveedores de materia primera para los genios? Ya está todo dicho y ahora toca interpretarlo, ¿eso nos dice la hora del lector? Y si así es, ¿cómo puede librarse el lector de la pesada herencia del crítico? O lo que es lo mismo: ¿cómo aclara el lector que no está haciendo crítica literaria, si no creación lectora?

No sabemos lo que significa, pero nadie duda de que la escritura ya no puede dar más de sí, que ahora toda la atención creativa está puesta en el lector. Gombrowicz me comentaba algo parecido en relación a la filosofía” “la filosofía clásica es más bien una filosofía de las cosas, en la que incluso el ser humano es tratado como una cosa, mientras que el existencialismo aspira a una filosofía del ser.” Ha llegado la hora del ser, la hora del lector.

Y dejarme atravesar por lo que me estaba aconteciendo, eso fue precisamente lo que hice. Alguien había intentado comprar mi silencio con doscientos ochenta y cinco euros, así que seguía penetrando en una historia de la que no podía desprenderme sin traicionar a mi conciencia, por eso empecé a pensar alguna estrategia para proseguir mis contactos con esa gente. Lo de dejar mensajitos dentro de los libros de Gombrowicz y sentarme a esperar respuesta era una fase superada y lo único mínimamente sensato que pude elucubrar fue solicitarle a una bibliotecaria amiga mía un listado de las reservas de libros de Gombrowicz de los últimos tres meses, lo cual era una bobada porque no tenía ninguna lógica pensar que aquel que iba dejando notas y mapas en las novelas de Gombrowicz, las retirara en préstamo.

Me costó muchísimo que mi amiga bibliotecaria me pasara el listado, y solo su amor por los libros -lo necesito para fines exclusivamente literarios, le había prometido- la convenció de esa pequeña concesión frente a la normativa.

La lista era escueta y no tenía demasiado interés más allá de la presencia de un usuario que había tomado en préstamo hasta cuatro libros de Gombrowicz durante los últimos tres meses, el primero de ellos en la Biblioteca Joan Miró. Googleé su nombre –que por ahora prefiero no desvelar- y cuando tuve su cara más o menos clara acudí a hacer guardia en la Biblioteca Joan Miró. Mi rutina duró un par de semanas, y cuando ya estaba empezando a convencerme de que no iba a verlolo localicé bajando unos escalones de dos en dos.

 

 

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