18 Abr

Cap. 18, Bilbioteca Joan Antoni de Sant Antoni; La novela y el partido

por Dioni Porta

Este texto viene a colación de Ferdydurke de Gombrowicz, y de aquellos recortes de Babelia que encontré dentro del ejemplar que cayó en mis manos, y en los cuales César Aira  decía cosas tan sugerentes como que la verdadera obra de arte del escritor polaco fue esa cofradía de amigos (tan argentinos como desorientados) que Gombrowicz cultivó a su alrededor a través de una profunda y honesta concepción de la amistad, venciendo las tentaciones que el intelectual europeo desarraigado pudo tener para tratar de enrolarse en los círculos selectos del establishment porteño. Lo cual me despertó la necesidad de hablar de la sublime cuadrilla de usuarios de biblioteca de la que formé parte, pero antes me gustaría recordar a ACJ, uno de los miembros más brillantes de nuestra cofradía, y que recientemente he sabido que falleció unos meses atrás.

ACJ, hijo de exiliados catalano-aragoneses republicanos, nació en Francia, pero volvió a Barcelona de adolescente, donde estudió filosofía y se acabó dedicando a las traducciones y a las clases particulares de francés. Cuando yo lo conocí, malvivía en una realidad de la que se refugiaba mediante una esfera íntima tan literaria como delirada.

Todos sabíamos que ACJ leía mucho y bien, y también que escribía sin parar en esos cuadernos negros en los que volcaba una verborrea mental que manuscribía a gran velocidad con letra desprolija. Pero el contenido era bien diferente, pues alguna vez nos había leído algún fragmento y resultaba sorprendente la belleza de esa prosa parsimoniosa que escribía, y que nada tenía que ver con el carácter volcánico de su redacción. Hasta que un día nos reveló que desde hacía medio año se había visto envuelto en la escritura de una historia personal que necesitaba explicar. Aquello le condujo a concentrarse muchas horas en la Bilbioteca Joan Antoni de Sant Antoni, que era su preferida y la que le quedaba más cerca de casa.

Pero hoy, más allá de recordar la novela de ACJ que no me consta que se haya llegado a publicar, me gustaría rememorar algunas de esas reflexiones que él compartía con nosotros en la biblioteca, y que creo que dan una buena idea de lo que ahí se cocía. Como cuando nos explicó las semejanzas entre escribir una novela y la pertenencia a un partido político.

La primera época está dominada por la euforia, cuando esa novela –el partido- se convierte en el receptáculo de todo lo que te hierve dentro; más aún, de todo lo que te ha hervido a lo largo de tantos años de ideas malogradas. Luego viene el ensanche, periodo asimismo feliz  y momento de comenzar a construir estructuras: formas para ese receptáculo en el que todavía no se ha perdido la capacidad milagrosa de encajarlo todo, incluso lo que se sabe que no entra. Más difícil es la siguiente etapa, en la que la expansión controlada, se empieza a convertir en distancia y diferencia, energías previstas para lo esto transferidas de urgencia a lo otro. Hasta que se inaugura la renuncia, en la que la novela –el partido- se apodera de todo: del tiempo, del espacio, de la biodiversidad personal. De repente, aquello que se extendía de afuera a adentro se convierte en energía centrípeta: todo al servicio de la fórmula.

Luego ya no supe nada más de ACJ, solo su muerte, el otro día. Y bueno, nada, que la próxima vez explicaré algo mejor cómo nos convertimos en grupo, en cuadrilla de biblioteca, pero también me ha parecido importante reivindicar a ACJ, uno de tantos héroes anónimos de las letras, tipos que no conseguirán trascender las fronteras de lo personal, pero que con su pasión literaria incorruptible rellenarán algunos de esos vacíos cuyo conocimiento es negado a la propia literatura.

Así que un recuerdo para todos esos cuadernos negros, a todas esas novelas inacabadas o guardadas en un cajón a la espera de un rescate que nunca llegará, y sobre las cuales jamás desvelaremos que secretas maravillas u horrores escondían. En honor de toda esa literatura oculta, vaya este modesto suspiro literario.

 

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