28 Sep

2012 Lonely Boy, The Black Keys

por Javier Avilés

 

«Un chico solitario se dirige a la parada de autobús. A pesar del calor, lleva puesto un cortavientos que cae pesadamente a los lados. En el bolsillo derecho un libro. Una novela que plantea un dilema sobre patos. En el izquierdo un objeto metálico y aceitado que plantea el problema del final del camino. ¿Tiene un amor esperando? Lo dudo. Carga con una mochila en la que lleva una libreta, un par de bolígrafos, un paquete de pañuelos de papel, el teléfono, una grabadora obsoleta y varias cajas con cintas. No sé si tiene un amor esperando, pero protege con celo al aparato. Está dentro de su caja original y envuelto en una funda plástica. Es un chico solitario en una mañana calurosa subiendo al autobús. Dentro del libro lleva una carta que robó del cajón de su madre. El sobre iba dirigido a ella. El matasellos es del año mil novecientos algo. El tiempo ha borrado la última cifra. No tiene remite pero el chaval, ese chico solitario, sabe muy bien de quien es la letra. Ha leído mil veces lo que pone: “Estoy furioso otra vez, me siento engañado otra vez, me siento como un lloroso y afectado niño de nuevo. Embrujado, molesto y confundido, así estoy. No puedo dormir. No quiero dormir. El amor llegó y me dijo que no debía dormir. Perdí mi corazón, ¡qué más da! Eres fría, de acuerdo, pero cuando te ríes tu risa me encanta, aunque te estés riendo de mí. Te cantaré cada primavera anhelando el día en que nos uniremos. El amor es ese viejo sentimiento triste. Últimamente no he dormido demasiado. Estoy arrasado. He pecado mucho, soy un poco malo, pero cada vez que te escucho, aunque no parece que me quieras decir nada, me transformo en un adolescente embrujado, molesto y confundido. Te amo, porque el amor está en mí. Es un fastidio, pero soy completamente tuyo. Y seguiré así hasta que tu también estés embrujada, molesta y confundida como yo. No pude dormir y no quiero dormir. Y por qué hacerlo si no deseo dormir. He perdido mi corazón, pero es culpa mía”. El chico solitario quiere quitarse esas palabras de la cabeza, pero hay algo en el tono empalagoso de la carta que el chaval sospecha. Si fuera un poco más listo sabría que esas palabras no son de la persona que escribió la carta. Es de alguien cuyas cosas favoritas eran la lluvia cayendo sobre las rosas o los bigotes de los gatos, unos cálidos guantes de lana o paquetes envueltos con papel marrón y atados con lazos. Ese tipo de cosas en las que pensar cuando el relámpago rasga el aire. Entonces podría sospechar que esas palabras no son la declaración cursi que le envió a su madre sino una cruel broma de la que solo él disfrutaría y que dejaría a su madre al nivel de ¿qué?, ¿una idiota, una ingenua? Acaricia el metal del bolsillo izquierdo. Pobre chaval solitario, tu mamá se quedó contigo pero tu papá te dejó. Tu padre jamás estuvo ahí, ¿no? ¿Por eso vas a matarlo? ¿Cómo ocurrirá? Ya sé. Esperarás en el portal de su casa y cuando salga le pedirás que te firme el libro, que te lo dedique. Y te dirá que por qué narices iba a firmarte un libro que no ha escrito y entonces sacarás la pistola del bolsillo y en el descuido la carta que le escribió a tu madre saldrá de entre las páginas del libro y planeará hasta la acera y el ruido y no me importa sangrar porque mi amor me espera, chico solitario. Fantasea con la muerte de su padre en una encrucijada mientras el au-to-bús-tra-que-te-a hasta que se detiene en una parada. Pasajeros suben, bajan. Traqueteo. Un chico solitario que acaba de subir está aferrado a la barra. También lleva chaqueta pese al calor. Mira obstinada y furiosamente a cada uno de los pasajeros. Las miradas de los dos chicos solitarios se cruzan un breve instante. El chico solitario que acaba de subir se desabrocha la chaqueta, muestra toda la parafernalia mortal atada a su cuerpo y grita unas palabras que ninguno de los viajeros entiende…»

La puerta se abre. Su hijo le dice que el periodista acaba de llegar. El personaje, molesto, deja de escribir y cierra el cuaderno. Dile que pase.

 

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