09 Ene

Grande y rojo

Xavi Ballester

 

Es grande. Es rojo. Parece

del este porque los hombres del este son

grandes y rojos, al menos los que yo magino. Duerme

despatarrado ocupando todo el banco

del vagón de Metro que nos devuelve a casa. La gente

lo observa, seria, precavida, indignada. ¿Por qué?

Él sigue dormido, ajeno, grande, rojo. Si detienes la mirada

en su piel porosa, el rojo se torna lila, el lila

se cristaliza y el cristal se vuelve papel.

El Metro se detiene, las puertas se abren.

Unos salen, otros entran y lo miran.

El Metro arranca. Ahora ronca.

Al poco empiezan las risas. Alguien

propone despertarlo. Un chica desenfunda

una guitarra y empieza a tocar suave. Unos hombres

con las manos emblanquecidas por el yeso y el rostro tostado por el sol, de pie,

en círculo, no se inmutan. Un viejo atraviesa el muro invisible

que se ha alzado entre los viajeros agolpados y el durmiente,

se le acerca y se inclina hasta casi

rozarle los labios hinchados. Respira, dice.

Alguien silba, alguien silba muy fuerte. Dos chicas negras

ríen. Una de ellas lo fotografía con el móvil y teclea la pantalla.

El hombre del este ronronea, todos callamos. Suena la guitarra.

El hombre del este ronronea, todos callamos. Suena la guitarra.

Se revuelve sobre sí mismo y deja a la vista

el forro blanco de los bolsillos vacíos: “No tengo

nada, sólo tengo mis sueños que sueño

ahora aquí, ante vosotros, donde vosotros

no os atrevéis a soñar”, parece decirnos. Pero nadie

le escucha y el hombre del este sigue durmiendo.

El Metro se detiene de nuevo. La chica guarda la guitarra.

en una funda negra. Transbordo. Unos

bajan, otros suben. El espectáculo

ha terminado, el espectáculo vuelve a empezar.

Es grande. Es rojo. Parece

del este porque los hombres del este son

grandes y rojos.

 

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