08 Feb

Trump y los fragmentarios

por Dioni Porta

Las noticias dramáticas –un atentado, un gran accidente, una catástrofe natural o humanitaria- inundan las redes sociales de reacciones. Las primeras suelen oscilar entre el sentimentalismo –tan bienintencionado como ridículo – y el humor negro –tan humano como desafortunado-, pero aún peor es lo que llega después, cuando la emocionalidad empieza a remitir en favor de la fría hora de los análisis. Aunque nada me llama tanto la atención como la plaga de pequeñas teorías que ponen el acento en una de las aristas del asunto promocionándola a la categoría de totalidad. Leer más

08 Feb

“John Ford a París”, Capítol 28

Instints

per Maiol de Gràcia

 

Em diu que no ho entén. Li dic que jo tampoc. Em diu que no s’ho mereix. Li dic que em moc per instints, que no hi puc fer més.

I això què vol dir?

Vol dir que me n’havia d’anar.

I ni una trucada, li podies fer?

Vaig enviar-li un whatsapp.

Encara és allà, saps?

Com li va.

Sembla que bé.

Me n’alegro.

No penses trucar-li? Leer más

07 Feb

Carla prefería a Papá Noel

por Xavi Ballester

Después de cuatro horas arrastrando los pies bajo la lluvia, el cojín empieza a resbalar por debajo del chaquetón. Son las diez y veinte, y sigue lloviendo. Una lluvia cada vez más pesada. Podría ajustarse el cinturón, una cinta inútil de plástico negro, pero si lo intenta la ropa puede desgarrarse y entonces sería peor. Sería dramático, definitivo.

El cojín se ha desencajado casi del todo y no hay manera de devolverlo a su lugar. Hace frío y sigue lloviendo. El chaquetón, rojo con una tira de velcro blanca en lugar de botones que apenas engancha, no abriga. Con las manos sujetándose la panza, aprieta el paso hasta encontrar refugio en la entrada de una tienda de animales. Mientras brega con el uniforme, los conejos y los peces de colores lo observan en silencio, en cambio los hámsteres lo ignoran y los loros callan. Intenta engancharse la barba blanca, pero las gotas de lluvia que le resbalan por las mejillas impiden que la cola se adhiera a la piel. Levanta la vista y se topa con los ojos diminutos que lo observan. De pequeña, Carla siempre había querido un perro, quizás porque siempre había sido una niña solitaria; de aquellas que si le preguntabas dónde había estado te contestaba que en ningún sitio. Carla no soportaba ver a los cachorros con las orejas caídas detrás de los aparadores, se arrodillaba ante ellos con las manos abiertas sobre el cristal como pidiéndoles disculpas en nombre del mundo. Es inútil insistir, la barba no se engancha. Leer más

03 Feb

Estrip art

El vuelo de la pantera carmesí

por Jesús Sales

 El camino del samurai se encuentra en la muerte

Toni visualizó, degustándola, la primera prescripción del bushido –no tengo cuerpo, la fuerza es mi cuerpo– mientras esperaba su turno de caja en la espaciosa oficina Central del Banco de Santander, del Paseo de Gracia en Barcelona. De pronto -en un repente surreal- una escena inesperada, brutal, rompió la apacibilidad del espacio ceremonial: cuatro hombres armados y embozados irrumpieron por la puerta de entrada y, entre griteríos expeditivos, obligaron a todos los presentes a tirarse es tirarse sobre el piso. Todo en un flash, en un pronto de arrebato demencial.

Como todos, Toni -la joven dama bushi– sintió sobre su rostro la frialdad del suelo, y concentró automáticamente su cuerpo en un estado de inmóvil detención: no tengo espada, el reposo de mi espíritu es mi espada. A su lado, muy cerca, una mujer mayor sollozaba temblorosa: sus ojos expresaban pánico desconcierto. Sintió la agitación de otras personas, mientras la ferocidad chillona de los atracadores profanaba obscenamente el espacio, el tiempo, la intimidad de las almas. Un sabor agrio, hiriente, definía esa situación enloquecedora. Toni se inspiró -inspiró sobre sí- el leve estado matérico del pneuma: esa justa proporción de aire y fuego que es propia del alma. Percibió -para sí- que su ser se invisibilizaba, que su cuerpo era sólo respiración, un látido lentísimo, apagado, un tacto intacto de silencio: no tengo principios: mis principios son la adaptación a todas las cosas.

Dos, tres, cuatro detonaciones hoscas, ominosas, fragmentaron la realidad. Un aullido de dolor estremecedor agitó todos los corazones. Olor a pólvora, a sangre, a un miedo que envolvía todos los cuerpos. La mujer miraba a Toni y en sus ojos el cuadro de la muerte anunciaba la demencia. Una espera sin esperanza. Un estado de caos. Nada que hacer: no tengo proyectos: mis proyectos son la ocasión. Toni, entonces, visualizó una de las siete virtudes del Bushido, Yu, el coraje: ‘La dama bushi debe tener un valor heroico, arriesgado. Debe ser peligrosa, sin dejar de ser precavida. Ha de vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa. El miedo no existe, cuando se está preparado para la muerte. El coraje heroico no es ciego ni jactancioso. Es inteligente y fuerte. Invisible y veloz…’

‘-Inspiro, expiro, -me suspendo en un soplo, -en un suspiro’ -vibraba la pneumática Toni-… No tengo enemigos: mis enemigos son la imprudencia. Sólo había que ralentizar el tiempo, inundar el propio cuerpo de una velocidad vertiginosa y actuar de una forma fulminante, inesperada, rotunda. Aparecer, alzarse entre las hojas y aprovechar al vuelo la ocasión (Hagakure -el tratado sobre el bushido escrito en 1716- significa literalmente “oculto en las hojas”).

La dama bushi cerró los párpados -oscuridad, tiniebla donde se oculta la luz-, centró sus fuerzas corporizándose en una imponente pantera magenta con manchas oscuras -ella lo denominaba ‘rojo carmesí con manchas de vino’- y su cuerpo comenzó a tensarse -una luz dentro de su ser gruñía: No tengo ni vida ni muerte: lo eterno son mi vida y mi muerte-. Se apoyó, en un espasmo, sobre sus miembros acolchados, sintiendo la dura elasticidad de sus músculos, y se elevó al espacio ‘exterior’ como un relámpago, propulsada por la eyección brusca de sus cuatro miembros, – elegante, alucinética, feliníssima-. Desde el cielo de su corazón adivinó, mirífica y terrible, la presencia de los cuatro atracadores ralentizados… y zasssssssss 

 

02 Feb

1989 Lullaby, The Cure

por Javier Avilés

No hay nada que yo pueda hacer, no hay nada que tú puedas hacer. El ser arácnido llegará arrastrándose silenciosamente. Ya está aquí, hace tiempo que está aquí, hace tiempo que nos inyectó su veneno paralizante, hace tiempo que poco a poco va alimentándose de nuestras entrañas en esta ficción que damos en llamar vida. Hace tiempo que vivimos enredados en su pegajosa estructura sin posibilidad de movimiento. Elije la píldora azul, la píldora roja. Ésta es tu última oportunidad. Después de esto, no hay vuelta atrás. Toma la píldora azul: el cuento sigue, despiertas en tu cama y la amenaza se cierne sobre ti agazapada en las sombras. Toma la píldora roja: el cuento sigue, despiertas en tu cama y la amenaza se cierne sobre ti agazapada en las sombras. Recuerda, todo lo que estoy ofreciendo es la verdad, nada más. La verdad es única. No hay agujero de conejo, solo una madriguera de araña. Entonces píldoras rojas y azules y blancas. Miles de pastillas para controlar tu ansiedad, tu desesperación, tu miedo, tu angustia, tu depresión, tu estrés, tu pánico. Cientos de pastillas de todos los colores administradas regularmente para controlar al monstruo que anida en tu interior. Bienvenido al país de las maravillas, chaval. Bienvenido a la realidad, a la única verdad. Así es el mundo que nos rodea, así es el mundo en que vivimos. Nos sonríe, sacude la cabeza y se acerca un poco con sus horrorosas patas. Nos rodea con sus brazos y lame con su lengua nuestros ojos completamente cerrados. “Be still be calm be quiet now my precious boy, don’t struggle like that or I will only love you more” nos dice desde el interior de nuestra cabeza. Muerde nuestro cerebro queriéndonos aún más, amándonos desde el interior. Se arrastra por el interior de nuestra columna vertebral, paralizándonos con su cariño. “Soy la enfermedad, la angustia, el amor”. Es todo cuanto somos y no creemos ser. Seres desvalidos e indefensos, niños aterrados en la cama, asesinos despiadados dispuestos a devorarnos mutuamente. El miedo anida en ocultas y oscuras circunvalaciones de nuestro cerebro de reptil. El miedo y la violencia. Eso es lo que somos, píldora roja o píldora azul mediante. Seguimos al conejo blanco y cuando el perro se abalanza sobre él, muerde su cuello y le destripa con sus dientes, imaginamos un viaje a un mundo de maravillas. Negamos la realidad. Lo primero que vemos al atravesar el espejo es la piel blanca del conejo manchada de sangre. Un amasijo de carne y vísceras en medio de una elegante sala victoriana. Los personajes de una novela de, yo qué sé, de Jane Austen, por ejemplo, tomando te mientras dialogan como corresponde a su clase social, en su modesto, deslumbrante y más que acogedor cottage, mientras en el centro de la habitación unos cuervos se alimentan del cadáver de un perro. El mismo lebrel que antes había despedazado al conejo blanco. Te ofrecen una taza, una galletita, una píldora. Y ves de nuevo al conejo blanco consultando su reloj, llego tarde, llego tarde. Lo sigues al jardín y mientras circula por los arriates de prímulas, entre los rosales de flores rojas como heridas sangrantes, ves como la tierra se levanta ante el conejo y del agujero surgen unas patas peludas que le agarran y le arrastran a la oscuridad de la trampa. Quieres gritar pero no tienes boca o todavía la tienes llena de esas migosas galletas. Y buscas, al pie de un árbol, la entrada al mundo de fantasía. En este jardín los árboles tienen nombres de compañías farmacéuticas. Y hay amables, indiferentes, idiotas doctores que te ofrecen los remedios para los males del mundo moderno. Porque para entrar en el hueco del árbol tienes que cambiar de tamaño. O dormir un sueño libre de terror. Cómeme. Bébeme. Y creces y te haces diminuto y sigues al conejo al país de las maravillas de las píldoras azules y rojas y blancas y duermes. Duermes un sueño tranquilo y sin sobresaltos. Y despiertas con la cabeza emponzoñada de química, con la voluntad abotargada y el ánimo insensible. Despiertas pensando que de nuevo te has librado del monstruo. Pero la criatura anida en tu interior y muerde tu oído, hace repiquetear tus huesecillos, solo por diversión y te susurra, oh, my precious boy, oh, my precious boy, oh, my precious boy, que se convierte en un acúfeno que no te abandona jamás, para que no olvides el miedo y la angustia y la ansiedad y vuelvas a la azul y la roja y ¿quieres dejar en paz la grabadora? Apunta, chaval: las píldoras son nuestra canción de cuna.

 

01 Feb

La perversa síndrome de Medea

Antoni Janer (www.antonijaner.com)

 Per desgràcia, sovint els mitjans de comunicació es fan ressò del conegut com a síndrome de Medea o síndrome d’alienació parental, expressió encunyada el 1985 pel psiquiatre Richard A. Gardner. La pateixen tant dones com homes que manipulen els seus fills per posar-los en contra de l’altre progenitor, fent-los un “rentat de cervell” –això pot passar sobretot en parelles que estan en procés de separació. Per extensió, però, també fa referència als maltractes físics o psíquics dels fills a mans dels seus pares. El cas més famós i més extrem és el de José Bretón, que el 2011va cremar a Còrdova els seus dos fills per venjar-se de la seva dona, que li havia demanat el divorci.

Medea és considerada una de les femmes fatales més conegudes del món clàssic gràcies a l’obra homònima d’Eurípides. La seva història està relacionada amb Jàson, l’heroi que, amb la nau Argos, liderà la famosa expedició dels Argonautes formada per il·lustres personatges de la mitologia grega com Orfeu, Hèracles o Peleu. Per tal de recuperar el tron de Iolcos, en mans del seu oncle Pèlias, Jàson es dirigí fins la Còlquida (actual Geòrgia), a l’extrem del Mar Negre. La seva missió era fer-se amb el preuat toisó d’or d’un moltó, mascle de l’ovella castrat –en lloc de toisó, també es parla de velló o llana.

Medea (Frederick Sandys, 1829-1904)

Jàson va poder dur a terme la seva empresa gràcies a l’amor que li professà Medea. Filla del rei Eetes, aquesta jove, que era fetillera com la seva tia Circe –protagonista d’un episodi de l’Odissea-, l’ajudà en les terribles proves que hagué de superar per poder aconseguir el toisó d’or: junyir uns toros salvatges i sembrar-hi, en el lloc on habiten, les dents d’un drac que matà després que Medea li facilitàs uns filtres per adormir-lo – també seria una dona, Ariadna, la que ajudaria a un altre heroi, Teseu, a matar el minotaure de Creta.

Jàson i Medea (Waterhouse, 1907)

Amb la missió ja complida, la jove parella salpà rumb cap Iolcos. El rei Eetes intentà perseguir-los, però Medea, per aturar-li els peus, matà el seu germà Apsirt, esbocinà el seu cos i llançà els trossos a la mar. Així, el sobirà s’aturà a recollir els membres del seu fill, de manera que desistí de continuar encalçant-los.

Tanmateix, no podem dir que Jàson i Medea foren feliços i menjaren anissos. Després d’haver estat pares de dues criatures, un dia Jàson es va deixar temptar per Creont, rei de Corint. Aquest li va oferir el tron de la seva ciutat si deixava Medea per casar-se amb la seva filla Creüsa. Medea se sentí traïda. Havia deixat la seva terra per amor i ara aquest la canviava per una altra. Empesa per la ira, primer matà la seva rival, enviant-li, com a regal de noces, una túnica amarada de verins –de retruc també moriria el rei Creont en intentar auxiliar la seva filla. Després, per matar en vida el seu marit, assassinà els seus propis fills.

Medea (Eugene Delacroix, 1862)

Medea s’havia assegurat un lloc segur on fugir després de tals crims, fent jurar al rei Egeu d’Atenes que l’acolliria. Així, aquella parricida fugí en un carro de dragons alats que li havia enviat el seu padrí, el déu Sol –el carro, en aquest cas, respon a la innovadora tècnica d’Eurípides del deus ex machina amb la qual el dramaturg atenès aconseguia un final feliç per als seus protagonistes tràgics. A Atenes Medea acabaria casant-se amb Egeu –segons una llegenda, Jàson moriria, anys més tard, a causa d’un accident bastant estúpid: li caigué a sobre el pal de la nau Argo.

Amb una visió que ultrapassava el seu temps (segle V aC), en la seva Medea Eurípides donà vida a una dona estrangera que s’enfronta al masclisme de la seva època, reclamant els mateixos drets que tenien els homes. Així ho reflecteix aquest fragment de l’obra d’Eurípides:

“De tots els éssers que tenen vida i intel·ligència, les dones som les criatures més desgraciades. De primer ens cal, amb una gran despesa de diners, comprar un marit i acceptar l’amo del nostre cos: un dany, això, encara més penós que el mal. Però la prova més decisiva està en el fet de prendre’n un de dolent o un de bo. Per a les dones no és ben considerada la separació del marit ni tampoc els és possible de repudiar-lo. Quan una entra en nous costums i noves lleis, cal que sigui una endevina, si no s’ha après a casa, per usar bé de l’home company de llit. I si a nosaltres, després d’esforços, això ens surt bé i l’espòs conviu amb nosaltres sense aplicar-nos el jou conjugal amb violència, la nostra vida és envejable, però, si no, val més morir.

Un home, quan se li fa pesat conviure amb els de dintre casa, surt al carrer i deslliura el seu cor de l’enuig anant a veure un amic o un company de la seva edat; nosaltres, en canvi, necessàriament tenim un sol ésser per mirar. I diuen que nosaltres vivim a casa una vida lliure de perills, mentre ells guerregen amb la llança. Molt mal pensat! M’estimaria tres vegades més estar dreta a la vora d’un escut que no pas parir una sola vegada”.

La Medea d’Eurípides és el millor estudi psicològic d’una dona en situació límit de tota l’antiguitat. Medea, a més de ser una dona màgica i bàrbara (és a dir, estrangera), és el prototip literari de dona apassionada que, en sentir-se enganyada i menystinguda, actua d’una manera desesperada.

01 Feb

“John Ford a París”, Capítol 27

Però abans

per Maiol de Gràcia

M’empasso els licors de la nevereta i surto al carrer i et busco tot i saber que no et trobaré, que ja no hi ets, que te’n vas anar, que existeix l’opció que t’hagis mort -qui sap si no et vaig matar jo-, que ja només vius dins d’una capseta de vellut verd fosc i interior vermell carn, una capseta de música que de tant en tant obro per veure’t giravoltar al ritme d’un rèquiem trist de rastre tenebrós que observo atentament, convençut que algun dia perdràs el compàs, cosa que no passa des del dia que t’hi vaig entaforar i te’n vas anar, el dia que vas morir, el dia que vas renéixer amb el cos de ballarina sexagenària de muscles juvenils i mirada tèrbola que defujo tot tancant els ulls quan el gir ens confronta, que observo, intermitent, fins que ja n’hi ha prou i els tanco i m’adormo.

En cada ocasió dono mitja volta alcohòlica uns vint metres abans dels llocs estratègics. Així ho recordo tot i alhora me n’allunyo prudencialment. No torno a recollir les meves coses, no em fan falta. Dormo un parell d’hores a les escales de l’estació de França i pujo al tren.

 

31 Ene

Cap. 13. Un borracho en la Biblioteca Can Rosés. Historia de una trama de hechos antinarrativos

 

Me acuerdo de aquel día en la Biblioteca Can Rosés en el que un borracho que ojeaba la prensa a mi lado empezó a mascullar una suerte de conferencia literaria, con afirmaciones como que solo sobre las cenizas del desprestigio absoluto de la narración, el estilo y la mismísima  palabra, podría resurgir la literatura.

Discurso que podría llegar a suscribir, y es que en las escasas ocasiones en las que he hablado de literatura con otras personas, siempre me ha gustado posicionarme más allá de una narratividad sobre la que es divertido echar pestes: que si la literatura es un asunto de geometría y formas, no tanto de historias, que si recurrir a los hechos es el recurso de quien no tiene nada que decir,  que si proclamar el fracaso de la narración, que si considerarla superada. Actitud, por cierto, que es formidable para tejer complicidades rápidas pero también una táctica infalible para despertar muy pocas ganas de ser leído.
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26 Ene

1988 First We Take Manhattan, Leonard Cohen

por Javier Avilés

Es una mañana gris. El cielo está cubierto de nubes como una amenaza, pero todo está detenido. Incluso las olas del mar se han paralizado junto a la orilla. El futuro nos ha alcanzado, nos ha herido, nos ha matado. Y todo se ha detenido. Nada se desliza. No hay direcciones ni espera. La ventisca del tiempo ha emitido su último soplo salvaje y moribundo y nos ha alcanzado. No hay lugar para el arrepentimiento ni para aleluyas. Nos han dejado de herencia el aburrimiento sin límites, una condena eterna en una larga fila que no avanza. Te lo dije, te lo dije. El futuro es un crimen por el que deberemos pagar. Te lo dije. Y aquí no-estamos. Esperando que suene el violín de contrachapado, esperando la música del hombre que toca junto a la puerta del crematorio, esperando que la fila avance hacia el futuro, para poder bailar el tiempo y morir el tiempo y que “futuro” vuelva a tener significado. Entonces podremos comprar entradas para la Galería del Hielo y hacer cola toda la mañana esperando que se nos muestren, por fin, tantos secretos: la combinación de acordes; el sollozo lleno de pisadas y arena; el contenido de la revista muerta que yace en la silla; el famoso impermeable azul colgado en un perchero al fondo de un pasillo que ya ni la memoria transita. Todo será en vano. En nuestro no-aquí no hay posibilidad de movimiento. Incluso las palabras penden inertes de nuestros labios, incluso la esperanza ha muerto, diluida en el gris eterno que cubre todo el silencio del mundo. Todos los bailes que no bailamos. Todas las horas muertas en la barra esperando la hora del cierre. Todas las mañanas en las que nos extrañamos. Todas las veces que no supimos, no quisimos, temimos, decir “Siempre”. Ya es demasiado tarde. Los dados trucados han corrido por el tapete y aunque cruzamos los dedos, la guerra terminó, perdieron los buenos, este y todos los combates amañados. Si algo sirve de consuelo es que su victoria no sirvió de nada. Pero hasta el consuelo está congelado en nuestra cabeza y no logra avanzar en nuestra paralizada red sináptica. No hay tiempo, no hay dolor, no hay sentimientos, ni consuelo, ni esperanza. Es hora de cerrar, de bajar la persiana metálica, de dar carpetazo al mundo y a su miserable historia. De nosotros no quedará más que una fotografía polvorienta y mohosa abandonada en el suelo de un perdido pasillo por el que hace una eternidad que no transita nadie. Una foto que se deshará en los dedos de quien la recoja. Es posible que antes de que se diluya en el polvo pueda ver el gris mar paralizado en el tiempo en la fría mañana en la que el futuro nos alcanzó. Es posible, pero ahora, este no-ahora congelado, solo tenemos constancia de la imposibilidad. La imposibilidad de Manhattan; la imposibilidad de Berlín; la imposibilidad de la derrota que debería atravesarnos como una afilada certidumbre; la imposibilidad del milagro por venir, ni siquiera tras la infinita espera que es nuestra severa condena llegará el milagro; la imposibilidad de la ventisca de hielo que arranque tus ropas y me haga suplicar por adentrarme en ella; la imposibilidad de mil millas de silencio mientras vuelvo a ti; la imposibilidad de la poesía, que viene de ese lugar en el que nadie gobierna, ese lugar que nadie conquista; la imposibilidad de reírnos y llorar y llorar y reírnos de todo; la imposibilidad de mirar entre la basura y las flores; la imposibilidad de héroes en las cloacas y niños en la mañana y amor reflejándose en espejos por siempre. El futuro nos ha alcanzado, nos ha herido, nos ha matado. El futuro es un crimen. Arrepiéntete.

Won’t be nothing

Nothing you can measure anymore

The blizzard, the blizzard of the world

Has crossed the threshold

And it has overturned

The order of the soul