28 Jun

“John Ford a París”, Capítol 45

per Maiol de Gràcia

THE CHARMING MAN

Recordo un senyor de bigoti franquista i mirada intensa. Recordo que bordava com un gos rabiós i jo em moria de por. Això el feia riure d’allò més i bordava encara més fort, em pessigava el cul i jo sortia corrents.

Aleshores el pare m’agafava en braços i somreia. Acceptava la broma però no l’aprovava.  Era només la seva  manera d’interactuar amb la gent, discreta,  transigent, amable, disposada a cedir per damunt de discrepàncies puntuals. És el record punyent que brolla del plor d’un infant espantat.

 

27 Jun

Cap. 23. Biblioteca Canyelles, El lector y el detective privado

por Dioni Porta

En uno de los capítulos de El último lector, Ricardo Piglia reflexiona sobre el detective privado (private eye) del género policiaco, que según él “es una de las mayores representaciones modernas del lector”. Piglia sitúa el inicio del género en Los crímenes de la rue Morgue (relato escrito por Edgar Alan Poe en 1841) y concretamente en la escena de la librería en la que el narrador conoce a Auguste Dupin mientras ambos buscan un mismo libro, sin que llegue a revelarse de cual se trata.

Dice Piglia que decía Borges que el detective es la clave formal del relato policial y también que su figura, ese individuo que “siente al mismo tiempo lo multitudinario y la soledad” mientras pasea por las calles desiertas de la noche parisina, es la evolución natural del flâneur. El detective es aquel que lee la escena del crimen, alguien que lee la realidad, descifrando todo lo que estaba ahí, a la vista, sin que nadie supiera captarlo. Leer más

23 Jun

Collage d’Ignasi Mateo, Text de Miquel Bauçà

Collage d’Ignasi Mateo, Text de Miquel Bauçà

Amb la punta d’una espasa,

 Fitoraren-li ambdós ulls,

 al fill gran de la comare…

Ara, com un eixorbat,

 Ha de viure de la rifa…

Ell no és rancuniós,

 No obstant la feta impúdica…

A trenc d’alba és el primer

 a esberlar els tous flocs de boira

 i a trobar volenterós

 l’espai just que l’allibera

i el gombolda tot seguit…

Qui pogués com ell encara

 tenir els peus mercurials….!

Miquel Bauçà

‘En el feu de l’Ermitatge’

 

22 Jun

2007 Rest My Chemistry, Interpol

por Javier Avilés

[Ruido de engranajes]

(…)

¿Nunca dices nada al principio de la grabación? No sé… ¿la fecha, un número? Empiezo a sospechar que ni siquiera escuchas las cintas cuando llegas a casa. Quizás siempre esté hablando en la misma cinta, borrando lo anteriormente grabado. Intento sonsacarte alguna cosa pero tú no me das nada. Ni siquiera sé para que estamos haciendo esto. Solo sé que dices ser periodista y que quieres que hable ante este aparato para no-sé-qué. Dime una cosa, ¿estudiáis periodismo porque sois malos en ciencias y malos en arte, por ejemplo? ¿Malos en general en cualquier asignatura? [risa] Joder, chaval. Deja de poner esa cara. Dale un respiro a tu química. Sea lo que sea que tomas, déjalo por un tiempo. Y si no tomas nada quizás debas replanteártelo. ¿Es eso? ¿Quieres algo? Tengo polvos blancos. Pastillas azules y rojas. Líquidos fosforescentes. ¿No? Mejor… o peor, ya no sé qué pensar de ti. Tampoco es que me importe demasiado, pero ya son muchas semanas ante esta grabadora, hablando para no sé bien qué mierda de proyecto. Mírame. No he dormido en dos días, no me he bañado en nada que no sea sudor. Es posible que haya montado escenas y hecho muchas cosas de las que me arrepiento. Pero eso es la vida, un continuo arrepentimiento. Las cosas son así por todas las cosas que he hecho con anterioridad. Y me arrepiento, y acepto las consecuencias. Porque, al menos, he actuado, con acierto o desafortunadamente. Pero he hecho algo. ¿Me quieres decir qué estás haciendo aquí? ¿Qué estamos haciendo? Dame un motivo para el que la semana que viene vuelva a abrirte la puerta, un motivo que apacigüe mi deseo de empujarte escaleras abajo ahora mismo y lanzar la grabadora por la ventana. Leer más

20 Jun

Ploure de baix

per Xavi Ballester

Vaig arribar a la casa buida i em vaig tancar a l’habitació. No volia que el pare em veiés plorant. El primer dia, no. Amb la cara entaforada al coixí, la veu del professor ressonava més acusadora encara: A veure, la nova, qui va formular la llei de la gravetat? El pitjor van ser les rialles dels companys, com agulles clavant-se totes alhora arreu del meu cos. L’endemà, vaig pensar, serà pitjor.

També era la primera nit, la primera nit a la casa nova. El pare va arribar tard. Va obrir la porta de l’habitació, però em vaig fer l’adormida. Plovia. La pluja queia del cel com un sol cos pesat. No va parar de ploure fins que se’m van tancar els ulls.

En despertar-me, sense esmorzar, el pare em va fer caminar damunt la gespa xopa. Anàvem descalços, les gotes de pluja ens esquitxaven els turmells. “D’això se’n diu ploure de baix”, em va dir. Després va afegir que la mare no tornaria. Jo vaig preguntar-li si sabia qui havia inventat la llei de la gravetat. Newton, va respondre. Mai no l’havia sentit aquell nom, i, quan vaig arribar a la porta de l’escola, ja l’havia oblidat. No sabia què fer, ja havia entrat tothom, estava sola al carrer. Segur que el professor m’estaria esperant per preguntar-me de nou per la llei de la gravetat. Vaig girar cua, volia fugir corrents, però llavors vaig sentir un pessigolleig als turmells: el pare i jo, tots dos de nou amb els peus nusos damunt la gespa humida. No vaig recordar el nom de Newton, però vaig saber que el futur no hi entén de lleis i sense cap por vaig creuar la porta de l’escola.

 

16 Jun

“Somnis a la carta”, Olga Guinart

Aquesta història li va passar a un amic d’un amic meu. M’ho va explicar el meu amic Ferran un dia després de fer uns “montaditos” a prop de l’estació de França.

El seu amic, August, que devia rondar la quarantena, sempre havia tingut una manera de ser despistada, d’aquesta que sovint se li atribueix als genis o als científics, només que ell no era cap geni ni cap científic, o si ho era, encara no s’hi havia posat en ferm. Era despistat i prou. Rient, m’explicava que era capaç de sortir de casa amb sabatilles i adonar-se’n quan ja feia mig matí que caminava per Barcelona…o que un cop va haver d’anar a urgències després de rentar-se les dents amb pintura a l’oli…  Leer más

15 Jun

2006 Shoot The Runner, Kasabian

por Javier Avilés

El periodista hojea rápidamente el cuaderno, tiene una cita hoy mismo con El Hombre y tiene que devolverlo. El tiempo se acaba. “El Tiempo se acaba”. Pasa páginas buscando acaso una revelación. Ya le ha dado mil vueltas y sabe que no encontrará. Tiempo, tiempo. Dispara al mensajero. “¿Cuál es la respuesta?”. Apenas entiende la letra enrevesada, las frases que acaban inconclusas junto a extraños dibujos geométricos. Un triángulo, tres puntos alineados que a veces parecen convertirse en tres rayas y otras formar una letra, un cuadrado cuyos bordes no se cierran, como un marco formado por dos ángulos incapaz de contener los garabatos que se desbordan por toda la página. Números. Cifras que recuerdan coordenadas. Cifras que podrían ser horas. Tiempo, tiempo, tiempo. Algo que el periodista no tiene, algo que ya no puede dilatar más. Intenta detenerse en algún texto, pero la urgencia le impele a continuar. Una sucinta referencia a Led Zeppelin a través de la escena de una película que desconoce. NO Starways to heaven. Notas. Notas. Delirios. Músicos de la Motown: “Todas esas personas que realmente impulsaron la música y que fueron sacrificadas en el altar del mercado blanco, anglosajón y conformista”. Páginas emborronadas. Los dibujos de una mente concentrada en una conversación telefónica. Furia y ruido. Otras más elaboradas. Diagramas con una estructura geométrica especular plagadas de nombres que el periodista no reconoce y que al girar la hoja se convierten en otros nombres, que tampoco identificaría si hubiese tenido la paciencia de comprobar el curioso fenómeno. “Baila, baila, ¿acaso no matan a los caballos?” Estrellas. Cientos de estrellas de cinco puntas entrecruzándose, plagando páginas y páginas. “Dispara al mensajero. Dispara al pianista. Cambiadlo por una pianola. Eliminad a los músicos. Cambiadlos por un programa informático”. Tabulaciones. Borradores de canciones. Canciones de amor. “Todas las cosas vienen y se van”. Canciones de posesión sexual. “Bitch”. Canciones de dolor de muelas. “Soy el Rey”. Canciones de alcohol. “Los reyes vienen y se van”. Canciones de espadas blandidas sobre las cabezas de los reyes y los enemigos. Canciones de desolación y absenta. Canciones de mierda. “El tiempo se acaba y ya no puedo escribirte una triste canción de derrota”. Lee: “¿Huelen las canciones?: A sudor y a vómito. Al regurgitar de cebolla medio digerida. Huelen a tres meses de alquiler sin pagar” Deprisa, deprisa, lee: “¡Qué sublime composición! Se nota que el autor se rascaba los cojones con la mano izquierda mientras apuntaba las notas en el pentagrama!” Deprisa, lee, quieren disparar al mensajero: “¡Qué bonita canción de amor capaz de emocionar al más insensible! Su autor pegó una paliza a su mujer mientras la componía”. Lee, lee, ya no queda tiempo. En el autobús, rumbo a su cita, se fija en la página en la que se puede leer con letras muy grandes “Lanzad la bomba. Acabad con todos” Rodean a las dos frases florituras a bolígrafo que oscurecen la página. Espirales y estrellas y cuadrados y círculos dentro de otros círculos dentro de cuadrados incompletos. De alguna forma todas aquellas líneas forman rostros. Ojos, narices y bocas desbordándose por toda la página. Rostros, cientos de rostros contemplando al periodista, demasiados rostros esperando su respuesta. Llega a su parada y a la última página escrita. “No hay nada más, chaval. Es posible que nunca haya habido nada. Ni antes, ni ahora, ni después”. Blanco, blanco, blanco, hasta el final del cuaderno. Un vacío inmaculado. Como el silencio socarrón que le rodea cuando entra en la sala donde el personaje simula dormir. La escenografía habitual. Suena Kasabian en el equipo de música. El periodista se acerca a la estantería y deja el cuaderno, más o menos en el mismo lugar del que recuerda, o cree recordar, que lo cogió. Del sillón salen ronquidos que parecen una carcajada contenida que preludia un acceso de tos. El hijo del personaje, que abrió la puerta al periodista y le acompañó hasta la sala, le hace señas desde la puerta. —No creo que hoy quiera hablar contigo. — Lo entiendo, — dice el periodista, sin que realmente entienda —, tal vez, aprovechando la ocasión, quieras contarme alguna cosa sobre tu padre. El hijo del personaje rompe a reír y sin dejar de hacerlo abre la puerta de la calle y le indica la salida.

 El periodista se detiene en el rellano, contempla las escaleras que descienden en penumbra hacia la calle.

Fade out.

12 Jun

Cap. 22. Biblioteca Vapor Vell Sants, El lector

por Dioni Porta

Lo que más me impresionó de convertirme en lector, fue constatar que el lector es alguien que toma decisiones, que es atravesado por un mundo con el que ha elegido relacionarse de una determinada manera, alguien que arriesga, se confunde, se enamora, acierta y se equivoca, alguien que acabará siendo el responsable final del camino escogido. Como lectores nos enfrentamos, pues, a los mismos retos o peligros, las mismas inercias u oportunidades, que en el quehacer vital. Eso no implica que nuestro comportamiento como lectores se asemeje al que tendríamos como individuos, más bien al contrario, pues en nuestra existencia lectora se intuye una voluntad de complementar la vida mundana que queda afuera del libro.

Ahí estaba yo, refregándome con mi descubrimiento, cuando Rosales, uno de mis queridos guardianes bibliotecarios, me puso bajo la pista definitiva: “aquello que distingue leer sin más, de hacerlo como un lector, es la idea de la lectura como experiencia; eso significa jugarte el pellejo, asaltar el orden de prioridades, quitar de allá para poner aquí.”   Leer más

09 Jun

“I com menja?”, Anna Marcet

El meu marit s’ha convertit en una llegenda. Tot el barri en va ple: Hi ha un home que viu sense cap, com les cuques.

N’hi ha que es pensen que és una disfressa, que el porta amagat dins del coll de la camisa. Però la veritat és que el va abandonar en un racó d’un descampat, a prop de Ripollet.

Tan buit estava, que ara que no té cap pesa gairebé el mateix que abans. En el moment de l’abandó ja no era res més que una closca buida, una carcassa lleugera i fràgil. La família em diu que hauria d’anar-lo a buscar i guardar-lo en un lloc segur. Vés a saber quines coses horribles li poden passar a un cap que no pot córrer. Sincerament, a nosaltres ens és ben igual si algú el trepitja o el fa servir per encendre un foc. El meu marit no el necessita i jo no tinc cap ganes de tornar a mirar aquells ulls desesperats. Som més feliços així.

Ell ara està aprenent a caminar amb un bastó de cec. Vam provar de posar-li un gos guia, però a la organització ens van dir que, tècnicament, ell no és cec, i que per tant no li pertoca un gos. Tenen raó, el meu marit hi veu, tot i que l’única cosa que veu és el cel sobre el descampat. O sigui que vam comprar un bastó. Ja fa el camí al súper gairebé sense ensopegar, i el noi que omple les prestatgeries és prou amable i li omple el carro amb tot el que porta apuntat a la llista.

Els del súper també s’alegren d’aquest canvi. Abans, quan tenia cap, només feia servir la boca per queixar-se. Pobre noi, el mosso del súper, que l’havia d’aguantar mentre cridava que havia trobat uns iogurts caducats, o que a qui se li acut posar cereals i draps de la pols en el mateix prestatge.

Es preocupava per tot, el meu home. Abans, de joves, no era així. Quan ens vam conèixer era un home alegre i ple d’energia. Però noi, trenta anys de decepcions laborals fan forat. El pobre, mira que s’hi ha esforçat, però no li han donat mai un ascens. Segueix tenint les mateixes responsabilitats i gairebé el mateix sou que quan va entrar a l’empresa amb vint-i-quatre anys. Les noves generacions li han anat passant al davant i ara els seus caps podrien ser els seus néts, i el tracten com si fos un vell amb alzheimer.

A sobre s’ha de sentir cada comentari… “No et queixis, que com a mínim tens feina fixa. T’hauries de sentir afortunat, amb els temps que corren”. “Potser és que el teu destí no és progressar a la feina, sinó a la vida”, li diuen. Au, aneu a cagar. No dubto que vulguin animar-lo, però de bones animetes, l’infern n’és ple.

Les injustícies passen factura i el meu marit, últimament, les havia començat a pagar amb la salut mental. Un dia em va cridar. A mi. I un altre dia em va aixecar la mà. No em va arribar a tocar. Jo vaig aixecar la barbeta i el ganivet de tallar cebes i me li vaig encarar. Es va posar a plorar com un nen. Sóc conscient que no em cridava a mi, no m’aixecava la mà a mi, sinó a la vida. Però noi, si he de rebre jo, no hi ha tracte.

Vam provar de fer vacances, anar a teràpia, pastilletes de l’alegria, exercici regular, sortir de festa com quan érem joves, fer més vida social, fer menys vida social, dormir més, classes de cant, reiki, menjar sa… I el meu marit s’anava tornant gris. Parlava en somnis i rondinava despert. Totes les converses acabaven en crits o en plors. El sexe es va acabar.

Un dia li vaig mirar als ulls quan el sol li venia de cara. Al fons de tot de les pupil·les li vaig veure l’altre cantó del crani. Tenia el cap ben buit. L’única cosa que feia aquella pilota era nosa.

Ara que no té cap, el meu marit torna a ser l’home de qui em vaig enamorar. És tot cor, carinyós i alegre, servicial, enèrgic. No sabeu quines nits passem, els veïns ens miren de reüll a l’ascensor, tant de soroll que fem – bé, que faig jo, perquè ell ara es molt silenciós en tot.

Ja no es preocupa per res, ell, i és ben feliç així. Objectivament, no ha canviat res: Segueix amb la seva feina de merda, que tindrà fins que es jubili, i segueix amb les mateixes rutines grises i avorrides. Però noi, ara que ho viu tot des dels impulsos de l’estómac, ho viu tot des d’una perspectiva tota nova.

Jo? Jo trobo a faltar aquella mata de cabells, però ja feia dies que l’havia perduda. I de xerrar, ja n’anirem aprenent. Ara ens comuniquem millor que en els últims deu anys, i dibuixar lletres a la palma d’una mà no és cap cosa difícil, cada cop hi tenim més pràctica.