10 Nov

“John Ford a París”, Capítol 53

per Maiol de Gràcia

2017, Urgell entre València i Roma. Novembre amb xafogor d’agost. Brogit de motors descomunal. Un home d’uns seixanta anys, amb pantalons, americana i sabates  negres, amb el poc cabell pentinat enrere, i tot l’aspecte d’empresari de principis del XX de tornada a l’oficina, s’atura a contemplar l’aparador d’una agència de viatges.

Però avanço cap a ell i tot es transforma. Ara el tinc a tocar i com a mínim té setanta anys. Els pantalons i la jaqueta estan gastats per les vores i les espatlles, bruts entre les cames i a les solapes. El cabell, gairebé inexistent, confirma la manca d’higiene regular. S’ha endut un dit als llavis i té la vista fixada en els anuncis. No els mira, però. Ni tan sols els enfoca. Els seus llavis murmuren alguna cosa molt llunyana. Sembla que estigui recordant, i que això el porti dibuixar un somriure tímid. Deu tractar-se d’un inquilí vingut a menys d’algun dels milers de pisos que pengen damunt dels nostres caps. Està jubilat i no menja massa. Solter i solitari, qui sap si un mestre vingut a menys, potser un oficinista de despatx franquista, aprofita el primer detall extern del seu passeig diari per tornar a tot allò que no va fer, que no va dir, que va estimar des de la distància, que va deixar passar per temor a les represàlies. Ara ja és tard i els records són de mentida. El seu pas per aquest món s’acaba i qualsevol excusa és bona per passar el matí.

Passo de llarg i  la ciutat l’engoleix.

 

07 Nov

Corrosión, Cap. 30. En la frontera

Ya lo dice el refrán: las cosas se acaban rompiendo definitivamente por el centro, cuando lo quebrado ya no tiene solución ni enmienda posible. En contraste con ese centro que se mantiene en aparente paz y tranquilidad hasta la rotura irreparable, están las periferias, que son espacios —físicos o mentales—  en constante tensión con otros contornos. El mito de lo limítrofe se caracteriza por una dialéctica ininterrumpida que siempre anticipa los fenómenos que pueden acabar tomando el protagonismo en el centro de las cosas. Las fronteras —físicas o abstractas— son zonas en las que la realidad se sobrecarga y pone a la vista aquello que subyace a la sensación de orden y calma que la superficialidad tiende a sugerir.

Por eso, la idea de frontera es un asunto recurrente en lo que se refiere a la literatura, que encuentra en ella un territorio fértil, una invitación a reflexionar a partir de las distintas voces y fuerzas que componen ese equilibrio frágil. Sin rumiarlo demasiado, enumeraré algunos ejemplos en los cuáles el límite funciona el germen del relato literario. Las fronteras reales (El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati). El individuo que debe marcharse de sí mismo o el que se encuentra inmerso en una crisis de fe. Los cambios de régimen, las roturas matrimoniales. Los límites entre la subjetividad y la locura. Leer más

03 Nov

Estrip Art, por Juan Freile

El lugar del corazón, por Juan Freile

Cogí el cuchillo más filo con mi mano izquierda, que es la que me sirve, y me arranqué la cabeza de un solo tajo. Asenté el cuchillo en la mesita de noche, cuidando de no encharcar el tapete de sangre, y salí.

Llevaba mi cabeza apoyada en un costado, como solía llevar el balón cuando bajaba a la cancha a jugar con mis primos, pero luego la guardé en una funda porque empezaron a quemarme los ojos por el sol. De dónde habré sacado la funda, no sé y tampoco importa.

Me eché la funda al hombro izquierdo, que es el que me sirve, y seguí andando. Caminaba como tonto porque a través de la funda todo se veía borroso. Y encima, el plástico me hacía sudar la frente, y el sudor se me metía en los ojos, y los ojos me ardían, y tenía que parpadear un montón. Leer más

31 Oct

L’edat de les muntanyes

 Xavi Ballester

Espera’m, torno de la nit

         ple d’imatges per tu.

Joan Vinyoli

            Érem la Paula i l’Alfons i la Carme i la Maria i l’Enric, i el petit Adrià, el fill de la Paula i de l’Alfons.

Érem. Nosaltres.

La Carme venia sola, sense en Pere, el seu marit, que s’havia quedat a Barcelona perquè el seu fill tenia partit de bàsquet. Vam arribar a Vilanova de Sau amb el darrer raig de sol tenyint de taronja els cingles que vigilen el pantà. El dia havia estat xafogós i havíem volgut anar a banyar-nos. Finalment, però, no ens hi vam ficar. Feia mesos que no plovia i l’aigua del pantà era tota tèrbola. La Paula va respirar tranquil·la perquè no volia banyar-se en unes aigües que negaven un poble on hi havia viscut gent. No s’hi veia el fons.

Recordo que durant el camí de tornada l’Enric va preguntar com es podia saber l’edat d’una muntanya. Sols l’Enric podia fer preguntes com aquesta després d’estar-se tot el viatge sense obrir boca. El capvespre ens oferia la seva invitació a recollir-se. Era la millor llum del dia, una barreja de tons taronges, groguencs i lilosos que queia sobre el paisatge, es vessava damunt de les teulades del poble, regalimava per les façanes i es desfeia sobre la carretera humida de tornada a la masia. Primer, t’omplia la mirada i a continuació, a poc a poc, t’emplenava el cos i l’esperit de serenor. Cap de nosaltres no deia res, conscients que calia respectar aquell espectacle que se’ns regalava davant dels nostres ulls. Leer más

27 Oct

Estrip Art, por Elsa Plaza

El grifito de Totchi

Al dar vuelta la esquina recién se atrevió a mirar hacia atrás. A pesar del gorro, con el que había ocultado la válvula que  tenía colocada en la cabeza, sabía que su cara era inolvidable. Refugiarse en la clínica Dermoestética, de la calle Muntaner, era la primera parte de su plan de fuga. ¿En qué mal momento de su agitada vida se le había ocurrido coserse los labios con hilo de zapatero y pedirle a su amigo, el tatuador  oficial del talego, que le inyectara tinta verde  bajo la piel de los pómulos? Un proceso de absorción, inducido por  oxidación de compuestos orgánicos, coincidiendo con el aire mefítico de la cárcel, hizo que el hilo de zapatero se absorbiera, y así quedó para siempre, su  cara como  zapatilla de deporte.  Aquellos eran otros valores, y Totchi (como le llamaban sus coleguis) era el más punk de todos los punks de la Modelo. Decía que él había tocado en Londres con los  X Ray Spex ,y que Marianne Elliot- Said, en persona, la reina del punk de finales de los 70, le había hecho los dos peircings en los pezones, a los que había traspasado un grueso aro de plata. Buenos días aquellos en los que aún, en Semana Santa, lo dejaban hacer de Cristo en la capilla de la prisión, y los coleguis le pasaban la cuerda por los aros de plata y lo izaban a la cruz. ¡Ah, el buen y auténtico  bondage! Totchi sabía como hacerse respetar,  nadie se atrevió nunca  a quitarle nada, ni siquiera las cajas con chinches y pulgas que guardaba celosamente. Eran un arma eficaz contra el guardia odiado, en un descuido se las echaba dentro del uniforme. Leer más

26 Oct

2016 Blackstar, David Bowie

por Javier Avilés

Después del atentado, — dice el hijo—, pasó unos días muy agitado. Recorría la casa de arriba a abajo, revolviendo en todos los cajones, como buscando algo que no lograba encontrar. Cuando le preguntaba si podía ayudarle, mascullaba incoherencias. “Mira aquí arriba, estoy en peligro”, “No me queda nada que perder”, “Estoy tan alto que la cabeza me da vueltas”, “Se me cayó el teléfono móvil ahí abajo” y cosas así. Luego cesaba en su actividad. Se sentaba en el sillón. Yo le veía muy pálido y trastornado, pero no conseguía que me explicase nada. “No soy una estrella del pop”, decía. Luego, un día, me llamó a su lado. Me dijo:

— Vas a pensar que estoy loco, pero lo que te voy a contar es completamente verdad. Hace unos días tuve una pesadilla perturbadora. Me desperté completamente alterado y al instante me di cuenta que había olvidado casi todo el sueño. Quedaba algún retazo, alguna imagen suelta. Todas las personas a las que he conocido a lo largo de mi vida estaban allí. Todos en una especie de edificio subterráneo que parecía tener las paredes de arena y que se deshacía minuto a minuto. La vida en esa madriguera parecía corresponderse con la de un videojuego. Como si cada persona tuviese un nivel distinto de experiencia. Pero había algo maligno que subyacía a toda aquella convivencia o encierro, algo diabólico y perverso. No recuerdo nada más. No he podido recordar nada más. Y te digo que no he podido porque he vuelto en varias ocasiones al escenario del sueño. Pero estando despierto. Me ha pasado sentado, en la ducha, caminando, comiendo. En cualquier momento puede ocurrir. Primero siento como una especie de vacío interior al que me retraigo. Luego estoy en la escena de pesadilla. Veo la escena pero es más bien como si me estuviese esforzando por ver. Estoy pero es como si me estuviese esforzando por estar. O por recordar. Entonces, en el plano físico no en el del sueño, siento un terrible mareo y ganas de vomitar que apenas puedo controlar. Vuelvo a la realidad. El vértigo y la nausea me devuelven al lado correcto. Pero acabo destrozado, agotado. Con un dolor de cabeza insoportable y la vista nublada. Hijo, hay algo al otro lado que me está llamando, que me requiere con urgencia. Hay una única vela en el centro de alguna de parte esperando que mi espíritu abandone mi cuerpo. No sé cuantas veces más podré retenerlo, no sé cuantas veces más las nauseas y el vértigo y el dolor y todas esas cicatrices que no se ven servirán para traerme de vuelta.

Al cabo de un rato de silencio que se me estaba haciendo insoportable— dice el hijo— me susurró: “Prepárate. Vente conmigo. Voy a llevarte a casa”. Y luego nada.

El periodista asiente como si hubiese entendido algo. Los dos permanecen fuera de la habitación pero desde un lugar desde el que pueden divisar la cama en la que el personaje, vendado, entubado, monitorizado, respira pesadamente.

Está al otro lado y no podemos hacer que regrese. Dice uno de los dos. Dijo que quería águilas en sus sueños y diamantes en los ojos. Temo, — dice el hijo—, que solo haya oscuridad en su sueño. Puede, — dice el periodista—, que los diamantes le servirán para facetar su visión, polarizarla en dos colores y que le sirvan para distinguir la realidad de la realidad del coma. Las águilas, — dice alguno de ellos—, podrían indicarle la salida, mostrarle dónde está el cielo. En el centro de todo sus ojos.

No hay mujeres que se arrodillen y sonrían alrededor de la cama del personaje. Las enfermeras pasan de vez en cuando para inyectar alguna especie de sedante en el suero. Pero esta noche ya no volverán. Una estrella luminosa brilla sobre el cielo al otro lado del cristal de la ventana. Así que los dos jóvenes se encierran con el enfermo, le vendan los ojos y ponen sobre la venda, en el lugar de sus ojos, dos enormes piedras azules, una más pálida que la otra, una más grande que la otra. Esto le permitirá ver, dicen y se sientan en unas butacas junto a la cama y se quedan dormidos y tienen sueños agitados que se producen en una caverna arenosa que se desmorona en la que buscan desesperadamente la salida. Nunca hablarán de este sueño, ni del cadáver del astronauta que ambos encuentran, porque olvidarán todo cuando se despierten sobresaltados y puedan ver al personaje incorporarse de la cama, saludarles con la mano y, caminando hacia atrás, introducirse en un armario dentro del cual, tras cerrar la puerta, desaparece para siempre.

 

25 Oct

“John Ford a París”, Capítol 52

per Maiol de Gràcia

Què voleu que us digui quan el cor no admet més proposta que la caça i captura de l’ara i l’avui, del jo i només jo a totes hores enmig del tumult d’humiliacions que m’exploten i deambulen pel dia a dia amb la ràdio sempre atenta, les xarxes sempre en marxa, les rutines en formol, empantanegant-me en la convicció d’odis regurgitats en calent,  fulminant cossos amb la mirada, trepitjant excuses com qui obre mars i travessa continents. Què voleu que us digui que no s’hagi dit ja, que no pugui mudar de pell durant la propera hora, que no resulti d’alguna manera monstruosa del tot intranscendent. En aquesta època decisiva, no tinc res més a afegir. Em conformo en ser acció en espera, nervis a flor de pell, gana i coberts a taula, l’home que ha après a  mossegar-se les ungles sense menjar-se les pells.

 

23 Oct

Corrosión, Cap 29. Hora de hacer balance

Corrosión es la historia de un tipo que está mudando de piel. Un individuo que después de divorciarse y ser despedido de la entidad bancaria en la que llevaba dieciocho años trabajando, teme ser tentado por la locura y la autodestrucción. Para mantener a raya los abismos emergentes, el exbancario se autoinfringe una disciplina espartana que materializa pasando las horas en distintas bibliotecas de la ciudad. Allí Pepe —pues ese es el nombre del protagonista de Corrosión— empieza a leer de un modo obsesivo. Obsesivo, compulsivo y competitivo, porque va anotando los libros que termina en una hoja de cálculo con la idea de alcanzar la cifra de doscientas lecturas en un año. Como nunca ha sabido hacer las cosas por el propio placer de hacerlas, Pepe pensó que fijarse un objetivo tangible que convirtiera la abstracción de la lectura en algo más concreto podría resultar útil para fidelizar ese hábito lector que quería convertir en el mismísimo centro de su vida.

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20 Oct

Estrip Art, por Alba Vallhonrat

¡Tan tranquilo que estaba yo colgado en la puerta del váter…! Era testigo de las batallas etílicas de cientos de borrachos que cada fin de semana vaciaban sus excesos en aquel bar que tan de moda estuvo. Mi ojo y mi monóculo monitoreaban las noches más sórdidas, las confesiones más amargas y las risas más hirientes. Pero también apasionados encuentros de cuerpos, pieles y fluidos, dulces e ingenuas declaraciones de amor eterno y alguna que otra píldora solidaria. Maquinaciones políticas, amorosas y enemistosas, y bullying empresarial envuelto en un halo de aromas de toda índole. Ahí estaba yo, indicador de género binario, marcando territorio masculino y espiando la parte contraria. Leer más

19 Oct

2015 Repentless, Slayer

 

por Javier Avilés

Nos estamos matando entre nosotros. Cada día un poco más. El personaje (¡Vive rápido!¡En lo más alto!¡Sin arrepentimientos!¡Ve a por todo!) se planta en medio del concurrido paseo. Justo en el centro. Inmóvil, contempla la riada de personas que fluyen arriba y abajo, sin más objetivo que el propio deambular. Una única dirección, cualquier sentido. Sin mirar atrás, sin arrepentimientos, sin disculpas. Sin perdón. Con las manos enlazadas en la espalda por debajo de la chaqueta larga que le cubre hasta las rodillas. Espera. El metal aceitoso en uno de los bolsillos. La camiseta negra debajo. Letras blancas: “I hate the life, hate the fame, hate the fuckin’ scene”. Espera, al igual que esperó en el edificio más alto de la ciudad. Esperando el derrumbe, sumido y enfrentado a la locura todos los putos días, incapaz de olvidar las atrocidades de la guerra que reviviría en cada canción si siguiese escribiendo canciones. La guerra que ahora se libra en las calles. El odio y el asco es demasiado intenso para. Entonces la espera. Espera sin mirar atrás, sin arrepentimiento, sin disculpa, sin perdón. Espera la furgoneta a toda velocidad. Espera la explosión. Espera la demolición. Espera su muerte y morir matando. No tengo tiempo y no quiero nada de ti, le dice a cada una de las personas que pasan a su lado. Pero quiero que sigas aquí, formando parte de la marea que asciende y desciende por el paseo cada día. Olas chocando unas con otras, avanzando en sentidos opuestos, sin que su ímpetu disminuya por el choque, sin que el flujo se interrumpa, sin que se detenga jamás. Y el personaje permanece justo en el medio y las olas avanzan y le sobrepasan y no le afectan. Piensa que tocar su guitarra es justo lo que le mantiene vivo. También la intensidad, la anarquía, el odio amplificado y la incapacidad de soportar más a la jodida sociedad. Acaricia el arma en el bolsillo de la chaqueta. Por un momento una de las olas lo zarandea. Es contradictorio, piensa. Odio esta sociedad y quiero convertirme en el salvador de esta sociedad. Quisiera matarme, pero odiaría no saber el final de la historia. Quisiera que me matasen y convertirme en leyenda, pero de qué serviría no saber que te has transformado en un mito. Sólo los asesinos perduran para saber el final de las historias de las que han formado parte. Los asesinos escriben la Historia. Las riadas que ascienden y descienden por el paseo lo acometen sin descanso. Se siente desplazado, una boya a merced de la marea, bamboleándose como un borracho sin hogar en busca de un callejón o un banco a la sombra. Se sienta. Mareado. Ahogándose. Ve la sangre y el horror. Y se ve a sí mismo en medio de esa barbarie impotente y desbordado. Su arma pesa inútil en su bolsillo como culpa y responsabilidad y se da cuenta que no es wysiwyg. Es wygiwys. Lo que hay es lo que ves en lugar de lo que ves es lo que hay. Y que en cualquier caso no puede cambiar lo que hay. Ni su odio ni su rabia puede cambiar nada. Lo que ve no es lo que hay. Lo que ve es una porción de lo que hay. Ve el esplendoroso día cuya luz se derrama por el paseo, entre las ramas y las hojas de los majestuosos árboles. Pero lo que hay es una suciedad encostrada en las baldosas que no se puede limpiar. Hay odio y miedo y violencia y muerte. Hay una amenaza latente empañando la luz y la propia existencia. Eso no es lo que ve. Lo ha visto y lo verá. Pero no lo que ve ahora, esperando el momento de detener al asesino. Tanta violencia, piensa. Y piensa en las letras de las canciones que toca y de las imágenes que se desprenden de ellas y piensa en que ha fomentado esa violencia, ese odio, ese rencor permanente y piensa que está, estaba, en su derecho a reivindicar la violencia, el odio y el rencor. Pero nunca fue más que un juego, se dice, un ejercicio lúdico para canalizar tanta frustación. Pero, piensa, que quizás lo que han logrado después de tanto tiempo es trivializar la violencia, han conseguido que el mal sea algo cotidiano y reivindicable, que el odio y la respuesta brutal sea una reacción común y aceptable. Solo queda, piensa, combatir la violencia con violencia. ¡Vive rápido!¡En lo más alto!¡Sin arrepentimientos!¡Ve a por todo! Se levanta de nuevo y se encamina al centro del paseo. Abre las piernas. Espera impertérrito con el arma preparada en su bolsillo. Espera al asesino que intentará arrollarle.