18 Oct

“John Ford a París”, Capítol 51

per Maiol de Gràcia

 

LA CÒLERA DELS DÉUS

Cacera caníbal,

riallades i hienes,

tenebra a les entranyes,

bilis de mamella,

histèria a foc lent,

deflagracions i carnassa.

 

Que no quedi res dempeus,

que no tremoli ni una fulla als arbres.

Que la còlera dels Déus  elevi l’esgarip  per damunt dels cadàvers,

que el descens sigui virulent i efectiu,

que s’esgoti l’aire,

que a la putrefacció no li quedi ni un miserable bri on caure morta.

13 Oct

Estrip Art, por Esmeralda Berbel

La Casa de Luis, Esmeralda Berbel

Capítulo extraído de la novela: Detrás y delante de los puentes, Editorial Comba

Era la penumbra lo que me molestaba al entrar. Ese pasillo sin luz y él, al fondo, sin acercarse cuando yo entraba. Me esperaba ahí como una sombra delgada, con sus pantalones de pana gruesa y una camisa azul, vestía siempre parecido, los mocasines   granates y lustrados. Su casa estaba llegando al final de la calle Ricart, creo que era la segunda o tercera portería. Venía poco al bar, compraba Mirindas y  paquetes de tabaco, hablaba algo con mi padre y me miraba. A mi padre siempre le han impresionado las personas que saben mucho de números, también los médicos y los abogados. Éste no había hecho ninguna carrera pero sabía de matemáticas, y a mí esa asignatura se me daba mal mal. Era mi padre el que se encargaba de buscar a alguien del barrio. Mañana irás, es aquí al lado. Y me entregaba un papelito donde estaba anotado el nombre, la calle, el número y el piso. Esperaba a que yo leyera la nota, dijera que sí, y me decía, es diabético, el pobre. No me preguntaba nada, irás a hacer algunas clases con este chico hasta que te aclares, parece buena persona ¿verdad? decía y sin esperar respuesta  añadía, y sabe mucho. Leer más

12 Oct

2014 I See You, The Horrors

por Javier Avilés

No hay constancia de lo que hablaron el periodista y el personaje tras apagar la grabadora. Podemos asegurar que el personaje habló y habló diciéndole que podía verle, que podía ver todo lo que el periodista podía hacer, a lo que éste negaba en silencio moviendo la cabeza, asustado, apesadumbrado por la insensatez de la propuesta, incapaz de entender a qué obedecía aquella locura, si es que el personaje propuso algo tras poner sobre la mesa que separaba ambos sillones una pistola cargada y mostrarle al periodista como se cargaba y como quitar el seguro. Estamos especulando. No sabemos nada. Sabemos que a lo largo del verano olvidamos que hasta entonces los días se hacían más largos. Ahora el sol se pone inevitablemente cada día más pronto, pero no nos damos cuenta envueltos en la paz que nos trae cada inspiración de aire cálido y cargado de promesas de un futuro que declina y en el que nos podemos ver descansando para siempre. Pero no sabemos nada de lo que hablaron, nunca lo sabremos. No podemos saber aquello que nunca ocurrió y sobre lo que los que participaron guardan absoluto silencio. Quizás porque no hay nada que contar y tras apagar la grabadora no ocurrió nada. Nunca, con un gesto experimentado y rápido, el personaje montó el cargador de la pistola y, luego, de forma más pausada, enseñó al periodista todos los pasos para hacerlo. Quizás mientras lo hacía le explicaba los detalles de su morboso plan. Veo. Veo en ti todas las cosas que podrías hacer. Le propuso, quizás, una fecha, una hora, un lugar. El portal de su casa, por supuesto. Le dijo qué debía hacer, qué ropa llevar, qué guardar en sus bolsillos. La pistola en el derecho, claro. En el izquierdo, una novela en formato de bolsillo. Dentro de la novela una carta a su madre… ¿Patricia?, ¿se llama Patricia tu madre?… lo que no le dice el personaje es que el también llevará en su bolsillo una carta para la madre del periodista si es que consigue recordar cómo se llama. Una carta que trastocará completamente el acto que le propone al periodista, pero que no le revela. Como un coup de grâce final, como la “carta” en la manga, o en el bolsillo, que guarda siempre el fullero. Lo que está proponiendo al periodista es que se sacrifique para que así el personaje pueda convertirse en leyenda. Te veo, te veo. La vida es frágil, no la dejes ir. Veo todas las cosas que podrías hacer y todas las cosas que te gustaría hacer. No sabemos. No sabremos. Ni siquiera podemos entender los motivos de una proposición como la que nunca le hizo el personaje. ¿Locura, desesperación? Tampoco sabremos nunca los argumentos que creía que podían convencer al periodista. ¿Fama, gloria infame? ¿Creemos acaso que al periodista por un solo momento se le pasó por la cabeza la idea de formar parte del panteón de los cobardes cuyo nombre no merece figurar inscrito en la piedra? Es completamente absurdo. ¿Quizás el personaje le azuzó dándole detalles escabrosos de la relación carnal que mantuvo con aquella mujer de la que a duras penas recordaba su nombre? No. No sabremos nada. Nunca sabremos nada. Lo que vemos, lo que vemos en él, no es más que una especulación narrativa que debe llevar a un desenlace trágico. Nos vemos obligados a buscar una resolución a las tensiones emocionales que se han establecido entre el viejo y el joven, entre el caduco y el bisoño, entre el hoy y el mañana y el no hay futuro. Así que puso la pistola en la mesa y miró fijamente a los ojos del periodista esperando una respuesta. No sabemos. No podremos saber nunca cómo en aquel momento el hijo del personaje irrumpió en la escena, airado y furioso, como un vendaval de indignación, cogió la pistola y se la guardó, desapareciendo para siempre de la historia. No podemos saber si en ese momento se forjó una especie de solidaridad cómplice entre el hijo y el periodista. Una, llamémosle así, sin renunciar a la ironía, hermandad contra el personaje. Contra sus ideas, más bien, porque permanecía un residuo de cariño hacia el personaje. Una fraternidad dispuesta a terminar de una vez por todas con la tiranía de la narración, determinada a abolir la conclusión canónica. No lo sabemos. No lo sabremos nunca. No sabremos nunca si al terminar la grabación mantuvieron una reunión clandestina, ni los términos en los que se desarrolló la inexistente reunión. No sabemos nada y entonces ocurrió: el personaje puso la pistola en la mesa y propuso al periodista que lo matase.

 

11 Oct

Romans, els inventors de l’acudit

Antoni Janer (http://www.antonijaner.com/)

El sentit de l’humor és inherent a la condició humana. Ja a l’antiguitat circulaven tota mena de comentaris graciosos, epigrames, faules o fins i tot pintades a la paret. L’acudit, però, tal com el coneixem avui en dia, neix a Roma. Així ho assegura la mediàtica historiadora britànica Mary Beard en el seu llibre Laughter in Ancient Rome. La prova és el manuscrit Philogelos (Φιλόγελως “amant del riure”), una antologia de 265 acudits datats entre els segles IV i V dC.

Llibre de Mary Beard Leer más

11 Oct

“John Ford a París”, Capítol 50

per Maiol de Gràcia

L’ENTREVISTA

El paio era un metralleta. Se t’asseia al costat i et menjava l’orella i tu només volies desaparèixer. T’explicava batalletes de pinxo de barri transportades al món laboral i bevies tot el que et queia a les mans i només desitjaves que els efectes de l’alcohol et desconnectessin d’aquella pantomima descomunal.

Sempre deia el mateix. Tenia els collons pelats de solucionar les merdes de la feina, per això no calia que patíssim. Només havíem de seguir-li el joc i fixar-nos bé en com anava el tema, com es movien ell i la seva gent. Encara aprendràs alguna cosa de la vida, em repetia sovint.

I jo no podia deixar de pensar en el fàstic que em feien ell i tots els cabrons com ell que m’estaven amargant la vida. Però havia de fer com qui no sap de què va la cosa perquè m’hi jugava la feina. Em costava un ou, perquè no volia passar per un idiota del seu nivell, un puto carallot que se’n vanagloria davant del món com si  allò el convertís en un paio simpàtic i no en el subnormal que era, en el monstre de les cavernes inculte que era. Leer más

10 Oct

Corrosión, Cap 28. Biblioteca Vila de Gràcia

por Dioni Porta

Hoy toca hablar de la Biblioteca Vila de Gràcia, que sin ningún tipo de duda es mi biblioteca. En los ya lejanos tiempos de opaco empleado de banca que alargaba sus jornadas hasta bien entrada la tarde, esa caja de libros funcionaba como una exótica válvula de escape. No me cogía de camino, pero no me importaba apartarme de la línea recta oficina-casa para visitarla. Algunos van al bar al salir del trabajo y yo iba a la biblioteca. Bueno, no me haré el mormón, pues normalmente hacía doblete: bar y también biblioteca. Mi mujer también salía tarde de su trabajo y como no soportaba estar solo en casa —lo de encender las luces y tal me hacía sentir fatal; un perro que va de la casa oscura a la oficina y de la oficina a la casa oscura— mataba el tiempo por aquí y por allá. Leer más

06 Oct

Estrip Art, por Xavier Valles

 Un día en la vida de un demonio, por Xavier Valles

 

– Oh, no. Dios mío. ¡Mi mejor vestido!

La mujer contemplaba la prenda negra con un enorme lamparón grisáceo en medio.

–¡Luis, tú y tu maldita lavadora!

–¡Qué dices, no he puesto ninguna!

Nemrot, sentado en el alféizar de la ventana, enroscaba cuidadosamente el tapón de la botella de lejía. Después, no sin cierta aprensión, la introdujo en su mochila al lado del botellín de agua mineral y el bocadillo de sapo. Deberíamos tratar con más cuidado las sustancias peligrosas, pensaba cuando sonó el móvil de la oficina. Leer más

05 Oct

2013 Demons, The National

por Javier Avilés

 

La pregunta es qué ha cambiado en todos estos años y la respuesta es todo y nada. Si yo te dijese que la respuesta es “todo y nada”, tú tendrías que adivinar la pregunta. Habría muchas posibles. Al final puedes escribir sobre lo que quieras, chaval. Puedes decir que yo he dicho incluso lo que no he dicho. Te digo todo y nada y tú escribes sobre que han cambiado los soportes, la técnica, la distribución, la difusión, la calidad incluso. Y a pesar de eso la gente sigue descargándose copias digitales de baja calidad para ser reproducida en cacharros móviles con auriculares comprados en tiendas de todo a cien… ah, ¿qué eso ya no existe?… como se llamen, da igual… ya sabes lo que quiero decir. Los puristas desprecian a esos “oyentes” que se decantan por la solución económica en una época en que la técnica permite reproducciones que rozan la perfección. Como si antes, en la era del vinilo, escuchásemos música como mandan los cánones. No han experimentado lo que era escuchar un sencillo en una cosa llamada “comediscos”. Ni aquellos maletines formados por el plato y dos altavoces, que ni siquiera tenían conexión para auriculares, eran un lujo entonces, que podías llevar de habitación en habitación y que sonaban igual que un gato encerrado en el armario de las herramientas. Ni un disco sonando con una aguja desgastada ya que para reemplazarla debías padecer una odisea que acababa con todas tus pagas de seis meses. Supongo que los talibanes de la técnica no recuerdan como para sintonizar una emisora de radio que programase a altas horas de la noche la música que querías oír debías atar a la antena un colador metálico y atinar con el dial mecánico a sintonizar la frecuencia adecuada que sonaba amortiguada por una espesa nube de ruido blanco. Pero ahí, tras la espesa papilla, sonaba el riff que tanto querías escuchar. Es solo rock’n’roll, pero me gusta.

Y te digo todo y nada y tú puedes escribir que yo he dicho que nada ha cambiado. Que seguimos cantando las mismas trivialidades sobre amor adolescente hiperhormonado, sobre tristeza sentimental, sobre drogas y sexo, sobre pérdida y exaltación. Los acordes son finitos. Sus combinaciones también. Cada poco tiempo reinventamos la música de nuestros hermanos mayores para descubrir que nos hemos convertido en los hermanos mayores de otros. Todo es reinvención y repetición. Todo consiste en reescribir en otra tesitura y tono y actitud. Los tiempos están cambiando pero nada cambia. Todos y cada uno de nosotros ha creído descubrir un mundo nuevo dibujado exclusivamente para ellos, para su generación. Pero luego descubren, si tienen el suficiente interés en avanzar e investigar, que su generación plagia a la anterior o, más bien, que existe una máquina que se alimenta y retroalimenta de toda la música anterior y que devuelve reciclada la música previa. Unos dirán evolución. Otros estancamiento. Mira, en literatura es más claro: parece que no se ha avanzado nada desde el siglo XIX si quitamos las excepciones. Se vuelve una y otra vez al realismo. En música ocurre lo mismo. Hay cierto realismo insertado en la mente colectiva que parece dictar de lo que deben hablar las canciones. ¿Hay canciones sobre el bosón de Higgs? ¿hay canciones que planteen distopías? ¿hay canciones cuyo sentido se retuerza sobre sí mismo y parezcan no tener sentido? Canciones como ensayos, como novelas de ciencia ficción, como textos de Beckett… claro que las hay… pero la corriente común habla de otra cosa. De desesperación y pérdida y todo lo que dije antes.

Mira, me gustaría ver amanecer en Nueva York, pero creo que no voy a ir ya a ninguna parte. He tomado la decisión de quedarme encerrado con mis demonios hasta el final. El mundo puede ser maravilloso con la mirada de un poeta, pero yo siempre veo los buitres planeando y los cocodrilos acechando en las alcantarillas. Me quedo con el lado sucio y perturbado de la vida. No caminaré por el lado soleado de la calle. Déjame las sombras y el olvido y el hastío de la repetición. De los días y la música. Cada canción nueva es un soplo de luz que me anima a levantarme. Pero al caer la tarde veo los viejos modos carcomiendo la nueva música. Veo el patrón y la desilusión. Pero me levanto de nuevo con una nueva canción reluciente y esperanzadora.

Voy a proponerte algo, chaval. Apaga la grabadora.

 

04 Oct

“John Ford a París”, Capítol 49

per Maiol de Gràcia

890

Miro per l’espieta de la cel·la. Els policies van despullats i estan cagats de por. M’asseguro que el càmera estigui filmant, truco a comandància i em donen l’ordre d’entrar.

Ho fem en tromba. Ells aixequen les mans instintivament i criden alguna cosa que no puc entendre per culpa de la pressió del casc, alguna cosa que sona a reclams de clemència. Igualment els esclafem contra la paret amb els escuts de plàstic. Els companys de darrere ens empenyen contra ells uns trenta segons i després es retiren. Aleshores trec la porra i busco un punt entre els braços i les cames, colpejo amb força i el pollós de primera fila es doblega automàticament, impacto a la nuca i el cap, set vegades, mentre li trepitjo una mà. Ell intenta reaccionar però no troba l’ espai. Els seus companys estan en idèntica situació, recargolant-se pel terra, buscant aire amb cara de pànic, estan vençuts i demacrats. L’agafo pels cabells i les orelles. Un company m’ajuda i l’arrosseguem pel passadís fins a les a les oficines de l’ala nord. La sang li raja del cap fins al pit. Li vaig donant cops de peu a les cames i es retorça de dolor. Això provoca un reguerol de sang que els seus propis talons van separant en dues línies paral·leles. Li miro la mà: té tres dits torçats cap enrere. Li mano al company que s’aturi i li aixequi el cap. M’enretiro uns metres, trec l’escopeta i apunto a l’ull esquerre.  Disparo, la pilota de goma fa diana i el merdós perd els sentits. L’arrosseguem fins a la porta de sortida i el deixem estirat al carrer.

 

 

03 Oct

Corrosión, Cap 27. Raúl

por Dioni Porta

Mi consejo es el siguiente: si alguna vez os encontráis por la calle con un amable individuo de nombre Raúl que os invita a dar un suave paseo por las calles de la ciudad, declinad la oferta antes de que sea demasiado tarde. En mi caso se trataba de un Raúl argentino, con barba mesiánica, boina de fieltro y chaleco multibolsillos beige, pero entiendo que es una enseñanza extrapolable a todos los Raúles.

Los acontecimientos se inician de un modo que no puede ser más inocente, cuando el Raúl de turno te propone acompañarle a una biblioteca cercana, y como la escena de dos desconocidos caminando hacia una caja de libros desprende un ideal de camaradería y vigor civil que te acaricia el alma, no tardas en entregarte a ella sin reservas. El verbo de Raúl te encandila, porque los asuntos de los que habla son tan universales —los pecios como patrimonio cultural subacuático, las fluctuaciones en el precio de la soja o que las cucarachas sobrevivirán a la especie humana y al resto de mamíferos— que sirven para limpiar de un plumazo toda tentación mental de regocijarse en la siempre rotunda y asfixiante realidad. A mí toda esa distancia respecto a lo inmediato y lo cercano me venía de maravilla, pues aquello que podríamos denominar como mi proceso personal, era, en parte, un intento de trascender una realidad para la que me había manifestado muy poco dotado, como demostraba la reducción de mi persona al gris avatar de empleado de banca —tan desmotivado como resignado— que espera con melancolía a que su exmujer se vuelva a enamorar de él, con el agravante de que ni en mi actitud ni en mis actos se podía reconocer ninguna naturaleza de esfuerzo ni talento para que así fuera. Leer más