28 Mar

Cap. 17, Biblioteca Agustí Centelles; Ferdydurke

 Y sí, tanto mapa y tanta nota, tanto Gombrowicz por aquí y Gombrowicz por allá, me condujo a Ferdydurke. Me sonaba vagamente el nombre de Witold Gombrowicz, pero no sabía nada de él. Confieso que me imaginaba al típico autor centroeuropeo herido por la guerra y el totalitarismo, autor de lectura sobria y referente moral, hasta que me topé con algunos datos biográficos que suscitaron mi interés. A Gombrowicz, la invasión nazi de Polonia le pilló en la Argentina, donde se pasó 20 años y 266 días (¡yo también acostumbro a sacar cálculos inútiles!). Asimismo, me entusiasmó que hubiera trabajado en un banco (¡como yo!), o que Ferdydurke se presentara como un alegato en contra de la edad adulta, periodo insulso y vacío en el que la vida formal se hace pasar por madurez (¡así lo sentía yo!). De modo que cuando empecé a leer Ferdydurke y descubrí  que el protagonista se llamaba Pepe (¡como yo!), ya no podía estar más que convencido de encontrarme frente a un libro que me interpelaba personalmente. Leer más

24 Mar

Estrip art

 

I nedo…

Fidel, El Poeta Roig

 

I nedo, nedo, nedo, nedo.

Nedo alliberat de basardes

cap a la boia on els versos em llepen el coll.

Cap a l’illa dels crepuscles o dels mots desperts.

Nedo per sortir de mi mateix,

per fer-me preguntes tan obertes

com aquests braços oberts, com abraçades

que troben aixopluc entre multitud de mans

que anhelen llums públiques,

que soterren els fracassos de la intimitat.

Per anar lluny o enlloc.., per fugir, nedo…

Obro cos, m’obro, obro als altres.

I nedo, nedo, nedo, nedo…

23 Mar

1996, 36 degrees, Placebo

por Javier Avilés

Me siento como si estuviese respirando metano. (Enciende un cigarrillo). Pero sigo respirando, y eso, teniendo en cuenta que nunca he sido extrovertido, es todo un logro. (Tose) Ya, ya… yo tampoco sé que puñetas quiero decir. Pongamos que me estoy enfriando, que mi temperatura corporal desciende, que poco a poco me estoy convirtiendo en un cadáver. Llega un momento en el que uno siente que el tiempo que le queda de vida se va agotando. Ve el contador descendiendo velozmente hacia el cero absoluto. Puedes ver claramente los segundos desgranándose, los minutos cayendo implacablemente, el dígito de las horas descendiendo, los días transcurriendo similares uno a otro a otro a otro. El resto del contador está borroso. Eso es lo más gracioso y jodido, que no sabes cuándo terminará la maldita cuanta atrás. Pero estás abocado a un final inevitable. Tienes un tiempo prestado, pero no sabes cuánto tiempo es. Así que la temperatura desciende, la plata se oscurece, todo lo que relucía tiene una pátina de tristeza que ya no puedes quitar, sigo vivo porque sé que sigo respirando… o será al revés. (Ríe). Pero mi piel se está azulando y toda nube es gris y arrastra sueños del ayer, sueños inútiles que no se realizarán. Me duele cada parte de mi cuerpo y estoy frío. Miro por la ventana ese luminoso cielo azul, pero sé que no es para mí. Mis cielos azules se perdieron en el tiempo y en la memoria. Estos cielos azules pertenecen a otras personas que todavía no sienten que se están enfriando. Me prendería fuego si supiera que eso iba a ayudarme a recuperar mi temperatura. Pero no hay vuelta atrás. La flecha del tiempo es implacable. La entropía no admite recursos judiciales que alarguen el proceso. Y a pesar de aceptar lo inevitable, aceptarlo con rabia después de negarlo tanto tiempo, todavía tengo miedo a que me causen dolor. Pero estamos bien acorazados, ¿verdad, chaval?… (Vierte licor en el vaso y lo alza.) He aquí la defensa impenetrable, el escudo de Aquiles. (Bebe) Cada vida es como el escudo que Hefesto construyó para el héroe. Con el cielo y las constelaciones, la Tierra y la Luna en el centro. Con la representación de dos ciudades una en guerra y otra en paz. Y múltiples escenas de cosechas y bailes y… joder, no querrás que me acuerde de todo… búscalo, si te apetece, está por ahí. (Señala vagamente una estantería) En el escudo que el dios construyó para Aquiles está toda la vida tal y como la conocían los griegos de aquella época. Era un escudo impenetrable porque contenía todo el pasado. Pero sabes una cosa, el pasado no sirve para nada y el escudo de Aquiles no le iba a proteger de los ataques de Héctor… joder, chaval, el escudito de Aquiles no valía una puta mierda en combate. Era para tenerlo colgado en una pared, un elemento decorativo. (Vuelve a alzar el vaso ya casi vacío) Eso es lo que son nuestros escudos, una falacia. Aún no sé cómo Aquiles pudo derrotar a Héctor con esa filigrana ornamental. Tal vez todo el tema este del escudo signifique otra cosa, un cambio de época o la resistencia a cambiar, pero a la mierda los significados ocultos. Dale a un mono medio cerebro y buscará significados ocultos en cualquier cosa. Y la verdad… La Verdad… y la realidad… La Realidad… es que nada, ni siquiera el escudo más magnífico, nos puede librar de la conclusión. Que se lo digan a Aquiles y a su patético tendón. El reloj de Aquiles también agotaba sus dígitos y la flecha del tiempo fue lanzada desde las murallas de Troya por el arco de Paris y volaba implacable  hacia el cero absoluto. Tengo frío. Mi piel está azulada. Ya no hay más que nubes grises. Piénsalo, chaval. Algún día también te arrebatarán esos cielos azules.

22 Mar

“John Ford a París”, Capítol 34

per Maiol de Gràcia

In a prison cell (catalan mode)

(Em diuen que el meu advocat d’ofici arribarà en qualsevol moment. Els demano paper i llapis i m’ho porten tot. Mentre espero, m’entretinc)

Imatges nítides,

Temps afegit.
Pretensions purament quilomètriques.
Vassallatge de mar de fons.
La nit il·lumina les incògnites amb distraccions quiromàntiques. És  com si el més profund de la foscor hi tingués alguna cosa a dir.

BULLSHIT

La intensitat de la solitud.
El cap camí per recórrer.
La pau de saber que no hi ha res més enllà dels quatre barrots rovellats.
Una mentida sobre una altra.
Meva, teva,

ONIONSHIT

Què se’n deu haver fet de?
Qui deu haver decidit què?
Prostitucions de per vida.
L’amor disfressat de Pandora.

22 Mar

La vida com a tragèdia

Antoni Janer (http://www.antonijaner.com)

En aquesta vida, prest o tard podem acabar en la pell d’un heroi tràgic. Aristòtil, en la seva Poètica, defineix la tragèdia com la imitació (μίμησις) d’una acció (πρᾶξις) de caràcter elevat, en un llenguatge bell. La tragèdia naixé dels ditirambes  (διθύραμβος) o himnes de caràcter majestuós que es cantaven a les processons dedicades a Dionís. Els seus dansaires es disfressaven de boc perquè creien que el déu es manifestava sota aquesta forma. El mateix Aristòtil volgué veure en aquest fet l’etimologia de la paraula “tragèdia”. Segons ell, el mot significaria “el cant (ᾠδή) del boc (τράγος)”. El que no se sap, però, és si el boc era la víctima del sacrifici o el premi del certamen o competició (ἀγών, d’on tenim agonia, protagonista i antagonista). Leer más

21 Mar

No amarás

por Xavi Ballester

A los catorce años mi hermano Teo decidió enamorarse de las camareras, a pesar de mi advertencia de que eso de enamorarse de las camareras no era nada original. Sus intentos se prolongaron durante todo el segundo trimestre del curso, pero fracasó: los encuentros eran demasiado fugaces, apenas un “¿qué vas a tomar? Una Coca-cola, gracias”. La economía de un chaval de catorce años no daba para mucho más y por supuesto yo no estaba dispuesta a financiarle sus escarceos amorosos. Teo se dio por vencido justo con la llegada de la primavera, lo que le sirvió para romper otro de los mitos del amor. Leer más

20 Mar

“El Minotauro global” de Yanis Varoufakis

por Dioni Porta

Uno de los recuerdos más vividos de mi época como estudiante de económicas fue la vergüenza que sentía cada vez que un economista se animaba a ilustrarnos a través de la metáfora, la comparación u otras figuras literarias. Circula un dicho que no puede ser más exacto: hortera como metáfora de economista.

La sombra de Winston Churchill y otros maestros de la frasecilla feliz, el amor por el aforismo y el ingenio efectista, la desconfianza en la complejidad y la deconstrucción, y, yendo más allá, la propia deformación ejercida por la teoría económica de los últimos cuarenta años -dominada por la verborrea matemática-, ha creado un perfil de economista, moderno, elástico, buen comunicador, didáctico y pedagógico, con una fe ciega en el microrrelato cipotudo. Leer más

17 Mar

Estrip art

 

Secretos diminutos, por Rubén Pérez

Carlos conoció a Carla un sábado de madrugada en un after, a esas horas en las que uno ya no espera gran cosa y se conforma con lo que venga. Quizá por eso se enamoró inmediatamente de ella, ya que en su excitado estado de drogas y alcohol, que aquella preciosidad le sostuviera la mirada y además le sonriera de forma insinuante era sin lugar a dudas mucho más de lo que él podía esperar. Cuando apenas unas horas después se dio cuenta de que estaban juntos en su cama, Carlos se sentía como el tío más afortunado del mundo. Se magrearon un buen rato, aunque Carla en todo momento le negó a Carlos que le tocara el coño. Justo cuando Carlos estaba a punto de preguntarle si pasaba algo, Carla le pidió que le follara el culo. Carlos, poco acostumbrado a que le ofreciesen semejante regalo, no tardó ni un segundo en montarla. Apenas tres minutos después ya se había corrido, pero aquello no pareció importarle a Carla. Y sin preguntarle si le importaba, Carlos se quedó dormido. Por la mañana Carla le despertó con el desayuno en la cama y una sonrisa y Carlos, aun con resaca, pensó que la vida era a veces realmente buena. En un impasse, mientras ella se arrellanaba a su lado y le untaba mermelada a una tostada, Carlos acercó su mano a la entrepierna de Carla lascivamente, pero apenas entró en contacto con el breve tanga, tuvo que retirar la mano horrorizado. Carla le sonrió como si no hubiera pasado nada y Carlos no supo muy bien cómo ni qué decirle, pese a que estaba seguro de que Carla era un hombre. Cuando ella le pregunto con naturalidad si quería más café, Carlos pensó que todo aquello era una locura y se levantó de la cama sumamente confuso. Pretextando de manera poco convincente una cita ineludible, Carlos se vistió apresuradamente. Ya en la puerta Carla le metió en el bolsillo una tarjeta con su teléfono con el ruego de que la llamara. Carlos asintió a toda prisa, mientras ya abría la puerta, angustiado por la posibilidad de que Carla intentara besarle. Al llegar a la calle arrugó la tarjeta y la tiró al suelo. Después siguió adelante unos metros, pero pensó que si ella salía por cualquier cosa y encontraba en la puerta de su casa la tarjeta arrugada quizás se sintiera mal y sin saber muy bien por qué desandó el camino hecho, recogió la tarjeta y la tiró unos metros mas allá, dentro de un container. Leer más

16 Mar

1995 Hyperballad, Björk

por Javier Avilés

 

¿Crees que no sabía lo que hacías cada mañana? ¿Crees que no veía el barranco duplicado en tus ojos cada vez que te miraba, oía el sonido de los trastos despeñándose a través de tus oídos? ¿Crees que no veía con alivio la sonrisa que me brindabas cuando creías que me acababa de despertar? ¿Crees que tu sonrisa no me liberaba de la angustia de tus huesos quebrados, de tu cabeza partida, de tus ojos abiertos y cerrados para siempre? Cada mañana la misma comedia de pretendida felicidad, cuando yo sabía que cada día te permitías unos minutos de coqueteo con el abismo. Tú sabías que no podía durar, que yo, de alguna manera, tarde o temprano, como así fue, lo iba a joder todo. ¿En qué lugar me dejaba tu maldita hiperbalada de amor? ¿Acaso no me dejaba un único papel a representar? El rol del estúpido egoísta carente de emociones. Me arrinconaste, me condicionaste, me dejaste sin salida. Tú te asomabas al precipicio y arrojabas piezas de coches abandonados y botellas. Escuchabas el estrépito del metal contra la roca, el sutil estallido del cristal. Imaginabas tu cráneo, tus miembros. Pero, querida, ¿no te das cuenta que el que estaba continuamente al borde del abismo era yo? Claro que sí. Tú sabías que yo lo iba a destrozar todo. Lo único que esperabas era que llegase ese día para empujarme hacia las rocas y los matorrales. ¿Ibas a arrojarte conmigo? ¿Pensabas darme un abrazo mortal antes de dar el último y fatídico paso? ¿Pensabas brindarme una última sonrisa mientras caíamos? Hiperdramática, creías vivir conmigo en la cima de una montaña, aislados del mundo, cuando en realidad vivíamos en un vertedero en los suburbios de los suburbios, cerca de un río infecto y herrumbroso cuya agua apestaba a cientos de kilómetros. Te lo digo por si no lo recuerdas. Seguro que sí. Seguro que recuerdas avergonzada aquellos días y el amor que decías sentir por mí. ¿Recuerdas? La cagué, lo jodí todo. No podía ser de otra manera. Seguro que lo recuerdas. No podrías olvidar mi traición. O quizás sí. Quizás me has olvidado completamente, me has borrado de tus recuerdos para no tener que recordar como eras entonces. Para no recordar el barranco hacia el que nunca te precipitaste. Te imagino ahora. Una madura madre de dos hijos adolescentes que en sus ratos libres lee en su lengua original a poetas cuyos nombres nadie sabría pronunciar. Algo queda de aquella hiperbaládica joven tras tu aspecto de mujer convencional, tras el disfraz de profesional seria y concienzuda. Algo que finalmente no saltó al abismo. Aunque cierta parte de ti se precipitó al vacío, como aquellas botellas, como la cubertería que dejabas caer para oír como iban chocando contra las rocas. Ahora que te has librado de aquella parte, ahora que te has librado de mí eliminándome del todo, ahora te sientes segura, ahora te sientes verdaderamente feliz en la seguridad de tu mediocridad. No hace mucho te vi…

 (El periodista hojea el cuaderno buscando una continuación a aquella ¿carta?, pero no encuentra nada más aparentemente relacionado, o no sabe encontrarlo, o no entiende nada. Se pregunta si ese texto va dirigido a la misma mujer a la que sollozaba con lágrimas de borracho en otra página del cuaderno… no sabe. Se siente impulsado a crear una historia que las relacione, que de consistencia a un relato vital que el personaje le escamotea continuamente en un juego que solo el personaje entiende y disfruta. ¿Acaso no es lo mismo con esa(s) mujer(es)?, piensa. ¿Acaso la vida del personaje no es más que un juego personal con sus propias reglas en el que no permite que nadie más participe? Un juego que reconstruye la realidad a conveniencia de su autor y único jugador. El periodista se ha documentado. Sabe todo lo que se ha escrito sobre el personaje a lo largo de los años. Sabe lo del accidente. Sabe sobre los rumores que envuelven a aquel fatídico episodio de la vida del personaje. Sabe que no obtendrá nada interrogando al personaje… escribe: “En 1995…”)