Corrosión, Cap. 32. Echar mano
He sido deliberadamente inconcreto en lo que se refiere a mi cese como empleado del banco, alimentando con mi ambigüedad la idea de que mi expediente debía incluirse entre aquellos despidos que se han venido generalizando en el ámbito de la banca desde hace unos cuantos años. Pues bien, ha llegado el momento de aclarar que fui invitado a marcharme porque le eché mano a la caja.
Algún día hablaré de ello, ahora apenas daré un par de pinceladas. En primer lugar, y como cualquiera puede imaginarse, odiaba el banco, sus comisiones, sus beneficios, sus jerarquías y el carácter menguante de los derechos y márgenes de acción en nuestra condición de trabajadores, así como el marco mental en el que se nos iba imbuyendo en relación con los clientes, esos ignorantes pusilánimes a los que había que dinamizar y financiarizar debidamente para que la economía pudiera seguir creciendo. En segundo lugar, que no me movían exclusivamente los intereses pecuniarios, sino que mis actos también estaban impregnados de ciertas inquietudes sobre el autoconocimiento. Por eso, un día me guardé en el bolsillo los veinte euros de un descuadre favorable. Un billete para regalarme un buen menú en La Fonda, pero también para demostrarme mi propia complejidad: no hay nada peor que la autocomplacencia para alejarnos de ese estado del alma en el que uno es capaz de juzgar al prójimo de un modo bastante aproximado a como lo hace consigo mismo. Sin superar ese abismo mental que levantamos entre los otros y nosotros, sin esa cierta componente empática, todo se empequeñece hasta que acabamos solos, tristes o muertos. Leer más




