18 May

2002 Hysteria, Muse

por Javier Avilés

 

por Javier Avilés

Muy lejos, este barco me ha llevado muy lejos. Lejos de los recuerdos de las personas que se preocupan si vivo o muero. Tal vez sea el remordimiento, la culpa, la vergüenza. ¿De qué hablamos hoy, de amor? Venga. Toda historia de amor es una historia de acecho, violencia y acoso. L’ amour fou. El amor es una locura, un impulso hormonal incontrolable que nos hace perder la razón. Lo otro, quizás lo que perdura, es un acuerdo de convivencia. Love is (not) forever. Nada es para siempre. Salvo la culpa. El recuerdo del estado irracional que nos hizo perder el control, que nos transformó en bestias, que nos volvió del revés y consiguió que nuestro corazón explotase. Queríamos el alma y el corazón de otra persona. Y eso nos transformó, nos obsesionó. La inmediatez del deseo hizo que olvidásemos hasta las más mínimas normas de decencia. Lo destrozamos todo, incluso al objeto de nuestro amor. De eso que llamamos amor. Esto, atiende, chaval, es un impulso básicamente masculino. Supongo que habrá alguna mierda que explique los cambios en nuestro organismo a nivel hormonal… siempre estamos secretando sustancias de nombre impronunciable, siempre estamos sujetos a las veleidades salvajes de nuestro cerebro de reptil, somos de alguna manera esclavos de nuestros impulsos atávicos… la verdad del amor… oye, ¿no hemos hablado de esto antes?… hace tanto tiempo que vienes por aquí cada semana con tu estúpida grabadora… jajajajaja, no te molestes, es un apelativo cariñoso… pues, decía, hace tanto tiempo que vienes por aquí con tu “preciosa grabadora vintage” que ya no sé de qué hemos hablado y de qué no… ¿no tienes un registro de nuestras conversaciones?, no sé, ¿notas? ¿un cuaderno? No pongas esa cara. En algún momento querrás hablar del cuaderno, supongo. Es un tema que me molesta, me irrita y, como dirían ellos, me retuerce. Aún así, mantengo el control… quizás sea la última oportunidad para mantener el control, pero es así. No pasa nada. De momento. Ya hablaremos del cuaderno. Ahora hemos llegado a  la cuestión fundamental, mantener el control. De todas formas no entiendo la conexión entre la canción y el videoclip. La letra nos dice que está aprendiendo a controlarse, a ser frío por dentro… más bien que algo le obliga a ser de esa manera, porque en realidad le esta retorciendo y volviéndole del revés… las imágenes nos muestran a un acosador obsesionado que debido a su frustración ha destrozado la habitación en la que se aloja. Todo es caos y derrumbe y destrucción. Sé de que hablo, chaval. Yo he destrozado a puñetazos todos los retrovisores de una hilera de coches aparcados. He peleado con mis amigos. He reventado puertas y gritado en medio de la noche. He aullado como un animal por eso que llaman “amor”. Toda historia de amor es una historia de violencia. No hemos aprendido todavía el valor de la palabra NO, ni su significado. Nos escondemos en teorías científicas y en respuestas metabólicas. Pero NO siempre significa NO. Pero resulta que el organismo masculino no puede aceptar ese NO. ¿En qué momento perdemos nuestra capacidad de razonar y entender? Ah, sí, dicen, hormonas. La hormona de la estupidez. Yo era un estúpido. Siempre lo he sido. Y llamamos a la estupidez amor. Al deseo irrefrenable de aparearse unido al sentimiento de posesión y dominio. Quiero tu alma y tu corazón. Quiero que me los entregues sin más. Porque, entendámonos, chaval, una cosa son las reacciones orgánicas que te ciegan y hacen que no desees más que la cópula, algo animal y básico, pero también humano, y otra es ese deseo de posesión. Eso no tiene una explicación basada en la química. Eso es algo social, un comportamiento ancestral y caduco que proviene de los primeros tiempos de la humanidad. Bueno, de los segundos si hacemos caso a Fraser y Graves… luego te apunto los libros… Porque en los primeros tiempos, dicen, existía una sociedad matrilineal esencialmente femenina y agrícola que fue desplazada, no sin violencia, por hordas patriarcales provenientes del norte. Y ahí, en la lucha por el poder, empezó toda esta locura de la posesión y la exclusividad del hombre sobre la mujer… o algo así, estoy dibujándolo a grandes rasgos. Es verdad, no puedes controlar a tu cuerpo cuando se altera y pide una reacción inmediata. Pero el resto, el resto es un comportamiento condicionado, pero no por eso evitable, por miles de años de sociedad patriarcal.

Por otra parte, que buen riff para un anuncio de perfume, ¿no?

 

18 May

Tot el camp és un clam: las Marchas de la Dignidad

por Carolina Montoto

 

Soy la doctora M, especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy, a modo de proclama, quiero decir que nunca me ha gustado el fútbol, que detesto la histeria de los hinchas y que si por mí fuera metería a Messi un buen penalti por estafar a hacienda, y sin embargo en estos momentos estoy a punto de subir a un autocar repleto de culés para ir a Madrid. La única posibilidad que me quedaba para asistir a la gran manifestación de las Marchas de la Dignidad del sábado día 27.

Oh, my god, que dicen los ingleses: en buena me he metido.

Resignada, tomo asiento al lado de un joven con aspecto de pasarse demasiado tiempo en el gimnasio. En efecto, con cierta extraña turbación (¿me estaré haciendo mayor?) no puedo evitar fijarme en la camiseta de pico que le deja todo el pecho, depilado, al descubierto. ¿Le olerán los pies?, me pregunto. Por si acaso, voy armada con una barrita de incienso.

Comienza el viaje. Ellos cantan som la gent blaugrana y yo les contesto coreando «a, anti, anticapitalistas». Hasta acabar ronca. Pero de repente se hace el silencio y todos se me quedan mirando como si yo fuera la mismísima madre de Cristiano Ronaldo. Lo que evidentemente no soy. Y sé que se están preguntando qué hace una señora de mediana edad y aspecto respetable como yo allí mientras yo me pregunto cuándo comenzarán a presumir de sus virguerías sexuales o a enseñar fotos guarras.

Pero no ocurre nada de eso. Muchos ojos interrogantes me rodean. Uno de ellos afirma:

―Tú no eres de la peña. ¿También vienes a la final de la Copa?

Gran suspiro. ¿Y ahora voy a tener que contarles que un paciente me ha ofrecido la posibilidad de que me apuntara con su peña para ir a Madrid, pero no precisamente para ver el partido? Empiezo con la explicación diciéndoles los motivos que me llevan a la capital: que el 1% más rico del Estado español posee el 20% de la riqueza, que el 25% de la población catalana se encuentra en riego de pobreza, que…

―560.000 personas en paro ―me interrumpe un hombre de ojos saltones que hacen que me resulte simpático al instante―. ¿Y todavía nos dicen que hemos salido de la crisis?

Mi boca tan abierta que hasta se me deben de ver las muelas picadas.

―¿Crisis? De crisis, nada. Esto, compañeros, es el capitalismo ―suelta otro joven que lleva una cuidada perilla―. ¿Sabéis que un 0,9 % del PIB se destina a Defensa y que se pretende aumentar el presupuesto a más de 11.000 millones de euros?

Paralizada de la emoción, con mi corazón brincando peligrosamente al ritmo del Himno de Riego, entro en pleno estado de éxtasis cuando oigo a un tercer revolucionario decir:

―Lo peor, que se está subvencionando con dinero público las llamadas escuelas concertadas, o sea, religiosas, cuando solo se destina a Educación el 2,8 del PIB.

Mi papada se hincha con orgullo mientras procuro intercalar una pequeña cuña publicitaria:

―Por eso son tan necesarias las Marchas de la Dignidad, que llegarán en columnas desde diferentes puntos de la península para encontrarse en Madrid… ―digo, pero no puedo acabar. Con la mosca detrás de la oreja, compruebo cómo los entusiastas culés me interrumpen de nuevo.

―Para reivindicar la dignidad, una palabra tan olvidada en los desventurados tiempos que corren ―apunta un hombre con aspecto melancólico y barba de tres días―: Dignidad es trabajar por un sueldo justo que le permita a uno cubrir todas sus necesidades sin problemas y no meramente sobrevivir.

Incrédula, miro a mi alrededor y solo veo camisetas del Barça y alguna bandera independentista.  ¿Me están tomando el pelo? ¿No se tratará de compañeros de otras comunidades de las Marchas de la Dignidad que se han disfrazado de culés para gastarme una broma?

Los pongo a prueba. Le pregunto a uno:

―¿Sabes cuál es la alienación del Barça?

Me la recita de corrido y continúa con su discurso:

―Y ya ni hablemos de cómo sufren las mujeres la llamada «crisis»: mi hermana tiene un contrato que pone que trabaja en una categoría inferior y así cobra menos de lo que le pagarían a un hombre. Y además tiene que cuidar de la madre de su compañero…

―… Ya, un trabajo que no se valora ni se retribuye porque lo hace una mujer, aunque es totalmente necesario. Si lo hiciera un hombre, en cambio…

―Como los chefs que tanto se han puesto de moda… ―responde otro. Lleva los pantalones tan caídos que se le ve la raja del culo.

Y así, patatín patatán, durante una hora, y yo ya comienzo a cansarme. Llevo toda la noche sin dormir, después de una complicada guardia en urgencias, y lo único que deseo es descansar un poco. ¿Van a estar todo el viaje de cháchara? ¿Me dejarán en algún momento coger mi libro y concentrarme en la lectura? Sin embargo, sus reivindicaciones y quejas prosiguen. Intento que cambien de tercio y les pregunto:

―¿Qué os parece la condena a Marhuenda y a Ussía por injurias contra Messi?

Ni caso. Pero al menos, gruño, a nadie se le ha ocurrido sacar un fuet para compartirlo con los demás, y justo cuando me estoy felicitando por ello un joven de aspecto sanote saca unos embutidos de una bolsa y empieza a repartirlos por todo el autocar.

Envuelta por los efluvios del chorizo, las siete horas de viaje se me hacen interminables. Además, mi estresado sistema nervioso no puede con tanto entusiasmo juvenil. Así que cuando al fin llegamos a Madrid, respiro aliviada, pensando que pronto ya me habré librado de ellos.

―Si cogemos el metro, llegaremos antes que en autobús ―dice el joven al que se le ve la raja del culo.

―¡¿Adónde llegaremos?! ―exclamo pasmada.

Las Marchas de la Dignidad, llenas de seguidores del Barça, acaban siendo un éxito: Madrid queda paralizado por los manifestantes y en muchas ciudades del Estado la gente se echa a las calles para reclamar cambios en la Constitución que favorezcan una mayor democracia, la implantación de la Renta Básica Universal y que todos los corruptos acaben en la cárcel.

Mientras, mis compañeros de viaje continúan de parloteo.

¿Me dejarán al menos ver el partido del Barça contra el Alavés tranquila?

18 May

Foc d’encenalls

per Xènia Ribas Beltran

No hi ha parlat. Ni amb l’una ni amb l’altra… La veritat és que, després de tenir la conversa amb l’Alba, la reacció instintiva va ser córrer a buscar la Sílvia per dir-li que… per dir-li que res, amor meu, que jo ara mateix l’únic que vull és aixoplugar-me entre els teus braços i oblidar-me del món i de tot. Però el pare, tan savi, li va aconsellar que fes precisament el contrari: “rumia, reflexiona, fill… Que a camí llarg, passa curta…”. Leer más