15 Jun

2006 Shoot The Runner, Kasabian

por Javier Avilés

El periodista hojea rápidamente el cuaderno, tiene una cita hoy mismo con El Hombre y tiene que devolverlo. El tiempo se acaba. “El Tiempo se acaba”. Pasa páginas buscando acaso una revelación. Ya le ha dado mil vueltas y sabe que no encontrará. Tiempo, tiempo. Dispara al mensajero. “¿Cuál es la respuesta?”. Apenas entiende la letra enrevesada, las frases que acaban inconclusas junto a extraños dibujos geométricos. Un triángulo, tres puntos alineados que a veces parecen convertirse en tres rayas y otras formar una letra, un cuadrado cuyos bordes no se cierran, como un marco formado por dos ángulos incapaz de contener los garabatos que se desbordan por toda la página. Números. Cifras que recuerdan coordenadas. Cifras que podrían ser horas. Tiempo, tiempo, tiempo. Algo que el periodista no tiene, algo que ya no puede dilatar más. Intenta detenerse en algún texto, pero la urgencia le impele a continuar. Una sucinta referencia a Led Zeppelin a través de la escena de una película que desconoce. NO Starways to heaven. Notas. Notas. Delirios. Músicos de la Motown: “Todas esas personas que realmente impulsaron la música y que fueron sacrificadas en el altar del mercado blanco, anglosajón y conformista”. Páginas emborronadas. Los dibujos de una mente concentrada en una conversación telefónica. Furia y ruido. Otras más elaboradas. Diagramas con una estructura geométrica especular plagadas de nombres que el periodista no reconoce y que al girar la hoja se convierten en otros nombres, que tampoco identificaría si hubiese tenido la paciencia de comprobar el curioso fenómeno. “Baila, baila, ¿acaso no matan a los caballos?” Estrellas. Cientos de estrellas de cinco puntas entrecruzándose, plagando páginas y páginas. “Dispara al mensajero. Dispara al pianista. Cambiadlo por una pianola. Eliminad a los músicos. Cambiadlos por un programa informático”. Tabulaciones. Borradores de canciones. Canciones de amor. “Todas las cosas vienen y se van”. Canciones de posesión sexual. “Bitch”. Canciones de dolor de muelas. “Soy el Rey”. Canciones de alcohol. “Los reyes vienen y se van”. Canciones de espadas blandidas sobre las cabezas de los reyes y los enemigos. Canciones de desolación y absenta. Canciones de mierda. “El tiempo se acaba y ya no puedo escribirte una triste canción de derrota”. Lee: “¿Huelen las canciones?: A sudor y a vómito. Al regurgitar de cebolla medio digerida. Huelen a tres meses de alquiler sin pagar” Deprisa, deprisa, lee: “¡Qué sublime composición! Se nota que el autor se rascaba los cojones con la mano izquierda mientras apuntaba las notas en el pentagrama!” Deprisa, lee, quieren disparar al mensajero: “¡Qué bonita canción de amor capaz de emocionar al más insensible! Su autor pegó una paliza a su mujer mientras la componía”. Lee, lee, ya no queda tiempo. En el autobús, rumbo a su cita, se fija en la página en la que se puede leer con letras muy grandes “Lanzad la bomba. Acabad con todos” Rodean a las dos frases florituras a bolígrafo que oscurecen la página. Espirales y estrellas y cuadrados y círculos dentro de otros círculos dentro de cuadrados incompletos. De alguna forma todas aquellas líneas forman rostros. Ojos, narices y bocas desbordándose por toda la página. Rostros, cientos de rostros contemplando al periodista, demasiados rostros esperando su respuesta. Llega a su parada y a la última página escrita. “No hay nada más, chaval. Es posible que nunca haya habido nada. Ni antes, ni ahora, ni después”. Blanco, blanco, blanco, hasta el final del cuaderno. Un vacío inmaculado. Como el silencio socarrón que le rodea cuando entra en la sala donde el personaje simula dormir. La escenografía habitual. Suena Kasabian en el equipo de música. El periodista se acerca a la estantería y deja el cuaderno, más o menos en el mismo lugar del que recuerda, o cree recordar, que lo cogió. Del sillón salen ronquidos que parecen una carcajada contenida que preludia un acceso de tos. El hijo del personaje, que abrió la puerta al periodista y le acompañó hasta la sala, le hace señas desde la puerta. —No creo que hoy quiera hablar contigo. — Lo entiendo, — dice el periodista, sin que realmente entienda —, tal vez, aprovechando la ocasión, quieras contarme alguna cosa sobre tu padre. El hijo del personaje rompe a reír y sin dejar de hacerlo abre la puerta de la calle y le indica la salida.

 El periodista se detiene en el rellano, contempla las escaleras que descienden en penumbra hacia la calle.

Fade out.

08 Jun

2005 Only, Nine Inch Nails

por Javier Avilés

[Nota: Por primera vez, no volverá a ocurrir, un vídeo dirigido por mi odiado David Fincher]

¿Vas a morder la mano que te da comer, chaval? No, tú no eres de esos.  Ven, acércate más que te quiero tocar, estar cerca de ti. Quiero comprobar que eres real, que no solo te he inventado para hacerme daño. Para herirme. Ya no me preocupa encajar en tu mundo, chaval. Y sí, es tu mundo. Porque no importa, no me importa. Nada importa ya. Nada me importa. Bien. Este es tu brazo. Parece real al tacto. Y esta es tu mano. Real también. Esta es la mano que cogió sin permiso un cuaderno que no le pertenece. Vale, chaval, ya te suelto. Mira que he dicho “cogió”. No he dicho la mano que robó el cuaderno. Porque eso fue lo que hiciste. No importa. No me importa. Nada importa ya. Nada me importa desde hace tiempo. ¿Por qué crees que acepté esta especie de charlas contigo? Porque no me importa. Es un incordio, pero no me importa. Pero es molesto. Sobre todo porque no sé qué mierda estás haciendo con todas estas grabaciones. ¿Escribes un libro? ¿Sobre mí? Quiero ver algo de lo que escribes. No te voy a permitir que publiques nada sin autorizarlo antes, así que quiero leer lo que escribes. Y, me parece que no pienso aprobar nada. ¿Sabes por qué? No me fío de ti. No me gustas. No veo claro cuáles son tus intenciones. ¿Qué buscas? ¿Una historia, un padre? Pues no vas a encontrar nada de eso aquí. Tú. Tú no existes. No hay más tú, solo yo. There is no you, there is only me. There is no fucking you, there is only me. Solamente yo. Y yo soy yo y mis cicatrices, como dijo el filósofo. Y las viejas heridas, por muchos puntos de sutura que intenten cerrarlas, por mucho que se enquisten, por mucho dibujo absurdo que dejen en tu piel, siempre están ahí, siempre permanecen abiertas. Son pasadizos sanguinolentos hacia el pasado. Máquinas carnales del tiempo que nunca dejan de supurar, que palpitan como ideas que no encuentran salida. Recrea esta imagen en tus crónicas si eres capaz: Imagina que empiezo a hurgar en la cicatriz de mi brazo, que reabro la herida con mis uñas. La sangre mana, ¿o ya no sangran las heridas cerradas por el tiempo? Ahora meto un dedo en la herida y la ensancho. Luego dos. Luego toda la mano. Agarro con fuerza un amasijo de tendones y músculos y estiro. Mi brazo se introduce en la herida. Sigo estirando de mí mismo desde dentro y logro introducir el hombro y parte del tronco. ¿Puedes visualizarlo? Me introduzco completamente dentro de mi herida. Estoy dentro de un pasadizo que intenta cerrarse sobre sí mismo y atraparme dentro. Sigo avanzando. Escalando hacia no sé bien qué lugar. Estoy en algún lugar donde se suponía que no debía estar y puedo ver cosas que nadie podría ver. Y descubro que las cosas no son tan bonitas por dentro como podría parecer. Sigo avanzando mientras la herida se cierra de nuevo. Estoy en un mundo nuevo y no me gusta. Tú, sin embargo, me has visto desaparecer delante de tus ojos. Según tu punto de vista me he ido consumiendo ante tus ojos, haciéndome cada vez más pequeño mientras me introducía dentro de mi herida, hasta que me he convertido en un punto, una entidad bidimensional, que finalmente se ha desvanecido con el sutil ruido de una pompa de jabón estallando. Sin embargo aquí estoy. No es agradable pero es mi lugar. Uno al que imbéciles como tú jamás podrán llegar. Solo yo. Únicamente yo. Tu no. Jodida y radicalmente NO, chaval. No existes. Veo a través mío, a través de mi piel que he absorbido en mi viaje y te veo con esa cara de idiota estupefacto por mi desaparición. Lo que no entiendes, chaval, lo que el mundo no entiende, es como de me-ri-dia-na-men-te claro se ven las cosas desde aquí dentro. Os seguís preguntando cómo lo he hecho para desaparecer. Lo que no entendéis es que yo sigo aquí, los que habéis desaparecido sois vosotros. Todos y cada uno de vosotros. Seguid con vuestra ficción de existencia, no me molesta porque no me importa. Nada me importa.

[Pausa… bebe]

Haremos una cosa, chaval. El próximo día que vengas me encontrarás dormido en este sillón. No intentarás despertarme. Dejarás el cuaderno en la estantería y te irás para tu casa o para dónde sea que habites en tu ficticia existencia.

01 Jun

2004 Reptilia, The Strokes

por Javier Avilés

El cuarto está en llamas mientras ella se peina. Es una vieja canción. Estás en una parte extraña de la ciudad, continúa. Pero ya no hay partes en este todo extraño. Ella no se peina y el cuarto no está en llamas. Siempre un cuarto, una habitación desvaída, cuyos detalles son imposibles de vislumbrar. Sus ojos se ajustan con dificultad a la tenue iluminación que parece surgir del suelo. Pero hay una lámpara. Siempre un cuarto, siempre una lámpara, con una pantalla mugrienta por los excrementos de cientos de insectos, que oculta una bombilla amarillenta y el polvo humedecido de mil noches o de una noche sin límites hace tiempo caducada, una noche que persiste monótona o insistentemente. Siempre una habitación de dimensiones cúbicas, las paredes empapeladas con un dibujo que se repite sin fin pared tras pared tras pared; veríamos flores, arabescos y ardillas emparejadas y enroscadas en mutua felación repetida hasta la saciedad si fuésemos capaces de distinguir el decorado, si fueran visibles los contornos de los dibujos ennegrecidos por miles de respiraciones hediondas, alientos saciados de alcohol, tabaco y carne putrefacta, emanaciones de exudaciones acres, restos epiteliales digeridos por millones de ácaros, pelos y escamas lentamente fagocitadas por larvas microscópicas. Flores, arabescos y ardillas en un borroso mejunje orgánico que fluctúa a lo largo de las cuatro paredes sin cesar jamás, a no ser que nuestra vista se encuentre con la puerta y volvamos, después de perdernos en una marea de flores y arabescos y ardillas conspicuas, de nuevo a la puerta y nos detengamos mientras todo el decorado sigue girando a nuestro alrededor a la mortecina luz de la lámpara a pesar de que la iluminación parece surgir del suelo. Ella no se peina y el cuarto que fluctúa no está en llamas. Ella se apoya contra la puerta. Siente en su espalda una vibración sorda. El jadeo mecánico de un motor lejano, la convulsión del ingenio que mantiene el mundo en movimiento, o lo suspende en el tiempo. Pero nos olvidamos del motor y nos quedamos en el cuarto, ese es todo nuestro mundo, el mundo de ella, que no se peina y se apoya contra la madera de la puerta; un mundo de cuatro paredes, una inútil bombilla amarillenta y un suelo de baldosas ennegrecidas por miles de pasos ociosos y desesperanzados que han arrastrado y dispersado por su superficie excrementos y vómitos y sudor y licores violáceos y humores sanguíneos y todo aquello que perdemos, lo que pesa, enfría y oscurece. La bombilla parpadea en el centro del techo pero la luz surge del suelo, la sombra de la lámpara se dibuja en el techo, los ojos tardan en acostumbrarse, se ajustan con dificultad a la contradicción, y apoyada en la puerta, reteniendo la vorágine de las paredes que se acelera, un maelstrom de flores, arabescos y ardillas, busca a su espalda el picaporte con la mano, mira la sombra imposible de la lámpara y descubre las pisadas ensangrentadas esparcidas por todo el techo.

(Fragmento de Un acontecimiento excesivo)

Me echaste de la carretera. La espera ha terminado. Ahora cogeré el control. Ya no te ríes.

No me ahogo lo suficientemente rápido.

25 May

2003 Seven Nation Army, The White Stripes

por Javier Avilés

Sangro, sangro, sangro. Todas mis palabras son como pérdidas de sangre que caen sobre mi camisa. Y las manchas de sangre dicen que me vaya a casa. Pero, ¿dónde podría ir? Mi casa está donde pisan mis zapatos, donde mi culo se aposenta para pasar una larga tarde más de espera infructuosa. Mi casa está donde pueda apoyar un vaso y la botella no se termine nunca. Si ésta es una ópera eterna, entonces yo no llego a ser ni un triste figurante que aparece en la esquina izquierda del escenario. No tengo ni una sola frase y ni siquiera pertenezco al coro. Algunos, chaval, solo somos parte de la escenografía. Ya sé, dirás que algo tengo que haber hecho si tú estás aquí entrevistándome, intentando descubrir algo del mundo musical a través de mis experiencias en estos más de cincuenta años. Después de todas estas charlas, ¿tú qué crees? Dicen que todo el mundo tiene una historia que contar, desde la Reina de Inglaterra hasta los Sabuesos del Infierno. Cualquier persona, no esos tan destacados, sino, pongamos, el cartero o el carnicero, tiene una historia que contar. Quizás alguna de esas historias te espeluznarían. Cada historia personal deviene en una historia de terror. Puede que te sientas decepcionado porque no te estoy contando esas historias. Sabes, me las cuento una y otra vez cada noche. Porque no puedo olvidar y tampoco puedo dormir. Viajo adelante y atrás en mi memoria reviviendo toda mi vida, como una película que avanza y retrocede a mi antojo. Y la única conclusión que obtengo es “Déjalo”. Quizás un ejército de siete naciones logre al final que desvele los secretos, que me saque las palabras como esos bárbaros me arrancarían la espina dorsal estirando por la espalda. Imagina que bonito trofeo. Imagina que buen mástil para un contrabajo. Qué bonita clavijera podrían insertar en mi cráneo. Déjalo, me repito, vuelve a casa, me digo justo antes de levantarme de la cama, de ese potro de tortura al que acudo cada noche a contarme a mi mismo todas mis historias. Y cada día, antes de que salga el sol, me digo lo mismo. Vuelve a casa. Y me siento en el sillón y abro una nueva botella de bourbon. Nada saldrá de mis fríos labios muertos. Nada conseguirán, ni aunque vengan juntos elfos, hombres, enanos, orcos y trasgos y… ¿cuáles eran los otros dos ejércitos? ¡¿Cómo?! ¿qué dices?,  ¿que no es eso?… pues siempre creí que… ¿en serio?… entonces es la batalla de los cinco ejércitos y no el ejercito de las siete naciones… bueno, como sea, como diría algún personaje de novela, prefiero recordar las cosas a mi manera. Jajajajaja…. Ahora sí que me has dejado patidifuso. No tenía ni idea. Siempre he estado confundido en ese detalle. ¿Lo ves? ¿No es mejor que no te cuente nada de mi vida en los escenarios, de mis giras, de mis actuaciones? Si lo hiciera estaría inventando mi propia vida, recreándola de manera parcial y falsa. Mira a tu alrededor. Esta habitación en penumbra, apestando a tabaco y alcohol, impregnada del sudor rancio acumulado a lo largo de los años. Esta es la realidad. Lo que recuerdo cada noche es la historia de mi vida que me cuento a mí mismo. La vida vista desde mi punto de vista. Mi vida. Personal e intransferible. Única. Es lo que me queda. Y no tengo interés en compartirla con nadie. No quiero que nadie me la refute. No quiero que nadie venga a decirme que cada noche de insomnio recreo una ficción… ¿cómo la llamarías tu?… sí, una ficción solipsista que solo, y lo digo siendo optimista, solo roza la realidad por la parte que me tocó vivir. ¿Sabes una cosa? Cuando uno está en el escenario prefiere no mirar hacia el público. Las luces, el sonido que te vuelve, de alguna manera te aísla. No todos te dirán los mismo. Cuando tocábamos yo siempre prefería mirar las cuerdas del bajo. Miraba mis zapatos y la lista de canciones. De alguna manera estaba solo. Formando parte de un grupo, sí, pero aislado en la parte que me tocaba y tocaba. Fuera todo atronaba, todo te enceguecía y te asordaba. Cada persona es una isla. Somos un arrecife de islas móviles flotando en la inmensidad de un mar que nos tragará y nos borrará… en fin, ¿así que no se trata de la batalla de los cinco ejércitos? Jajajajaja.

18 May

2002 Hysteria, Muse

por Javier Avilés

 

por Javier Avilés

Muy lejos, este barco me ha llevado muy lejos. Lejos de los recuerdos de las personas que se preocupan si vivo o muero. Tal vez sea el remordimiento, la culpa, la vergüenza. ¿De qué hablamos hoy, de amor? Venga. Toda historia de amor es una historia de acecho, violencia y acoso. L’ amour fou. El amor es una locura, un impulso hormonal incontrolable que nos hace perder la razón. Lo otro, quizás lo que perdura, es un acuerdo de convivencia. Love is (not) forever. Nada es para siempre. Salvo la culpa. El recuerdo del estado irracional que nos hizo perder el control, que nos transformó en bestias, que nos volvió del revés y consiguió que nuestro corazón explotase. Queríamos el alma y el corazón de otra persona. Y eso nos transformó, nos obsesionó. La inmediatez del deseo hizo que olvidásemos hasta las más mínimas normas de decencia. Lo destrozamos todo, incluso al objeto de nuestro amor. De eso que llamamos amor. Esto, atiende, chaval, es un impulso básicamente masculino. Supongo que habrá alguna mierda que explique los cambios en nuestro organismo a nivel hormonal… siempre estamos secretando sustancias de nombre impronunciable, siempre estamos sujetos a las veleidades salvajes de nuestro cerebro de reptil, somos de alguna manera esclavos de nuestros impulsos atávicos… la verdad del amor… oye, ¿no hemos hablado de esto antes?… hace tanto tiempo que vienes por aquí cada semana con tu estúpida grabadora… jajajajaja, no te molestes, es un apelativo cariñoso… pues, decía, hace tanto tiempo que vienes por aquí con tu “preciosa grabadora vintage” que ya no sé de qué hemos hablado y de qué no… ¿no tienes un registro de nuestras conversaciones?, no sé, ¿notas? ¿un cuaderno? No pongas esa cara. En algún momento querrás hablar del cuaderno, supongo. Es un tema que me molesta, me irrita y, como dirían ellos, me retuerce. Aún así, mantengo el control… quizás sea la última oportunidad para mantener el control, pero es así. No pasa nada. De momento. Ya hablaremos del cuaderno. Ahora hemos llegado a  la cuestión fundamental, mantener el control. De todas formas no entiendo la conexión entre la canción y el videoclip. La letra nos dice que está aprendiendo a controlarse, a ser frío por dentro… más bien que algo le obliga a ser de esa manera, porque en realidad le esta retorciendo y volviéndole del revés… las imágenes nos muestran a un acosador obsesionado que debido a su frustración ha destrozado la habitación en la que se aloja. Todo es caos y derrumbe y destrucción. Sé de que hablo, chaval. Yo he destrozado a puñetazos todos los retrovisores de una hilera de coches aparcados. He peleado con mis amigos. He reventado puertas y gritado en medio de la noche. He aullado como un animal por eso que llaman “amor”. Toda historia de amor es una historia de violencia. No hemos aprendido todavía el valor de la palabra NO, ni su significado. Nos escondemos en teorías científicas y en respuestas metabólicas. Pero NO siempre significa NO. Pero resulta que el organismo masculino no puede aceptar ese NO. ¿En qué momento perdemos nuestra capacidad de razonar y entender? Ah, sí, dicen, hormonas. La hormona de la estupidez. Yo era un estúpido. Siempre lo he sido. Y llamamos a la estupidez amor. Al deseo irrefrenable de aparearse unido al sentimiento de posesión y dominio. Quiero tu alma y tu corazón. Quiero que me los entregues sin más. Porque, entendámonos, chaval, una cosa son las reacciones orgánicas que te ciegan y hacen que no desees más que la cópula, algo animal y básico, pero también humano, y otra es ese deseo de posesión. Eso no tiene una explicación basada en la química. Eso es algo social, un comportamiento ancestral y caduco que proviene de los primeros tiempos de la humanidad. Bueno, de los segundos si hacemos caso a Fraser y Graves… luego te apunto los libros… Porque en los primeros tiempos, dicen, existía una sociedad matrilineal esencialmente femenina y agrícola que fue desplazada, no sin violencia, por hordas patriarcales provenientes del norte. Y ahí, en la lucha por el poder, empezó toda esta locura de la posesión y la exclusividad del hombre sobre la mujer… o algo así, estoy dibujándolo a grandes rasgos. Es verdad, no puedes controlar a tu cuerpo cuando se altera y pide una reacción inmediata. Pero el resto, el resto es un comportamiento condicionado, pero no por eso evitable, por miles de años de sociedad patriarcal.

Por otra parte, que buen riff para un anuncio de perfume, ¿no?

 

11 May

2001 Mein Herz brennt, Rammstein

por Javier Avilés

Te despiertas de golpe en lo más profundo de la noche. Quieres gritar y no puedes. Una corriente helada recorre toda tu espalda. Estás tumbado en la cama, paralizado. Y de pie al borde la cama, junto a tus pies, una figura espectral. Sus rasgos son inconcretos. Toda la aparición queda difuminada por la especie de luz que emana. Un efecto óptico. Una presencia real. Sientes el contacto de la mano, una frialdad que no pertenece a este mundo. El frío del espacio exterior, el gélido aliento de lo que está más allá de la vida. Por unos instantes, por un largo minuto, perteneces a otro ámbito. Han venido desde otro lado para señalarte con la marca glacial y sabes que ya no podrás escapar. Desde ese momento perteneces a una parcela que no pertenece a este lugar ni al otro, sea cual sea ese otro lugar. O no lugar. Has sido elegido, te han condenado, has sido herrado por la oscuridad glacial y no hay escapatoria. Los sueños son sus dominios y no hay lugar para esconderse en ellos. Su voz sale de la almohada y bebe nuestras lágrimas de terror. La mano permanece aferrada a tu tobillo y sigues paralizado. De repente todo termina. El espectro sale de escena como si nunca hubiese estado allí. Desaparece de golpe dejando tras de sí el contacto de su mano en tu piel. Entonces despiertas. Crees que despiertas. No sabes si estabas despierto o acabas de despertar. Como si tu cerebro quisiera confundirte negando la aparición, archivándola en la sección de sueños. Pero sabes que no es así. La persistencia ectoplásmica inunda todo el dormitorio. Algo se ha introducido en él y ha dejado la huella de su intromisión. No hay nada que pueda limpiar el recuerdo, no hay forma de purgar la ausencia de la presencia.

El día anterior habías tenido una pesadilla. Estabais todos los miembros del grupo en una sala oscura de una comisaría. Una lámpara sobre una mesa es la única iluminación. En ella están interrogando al batería después de haber hecho lo mismo con el representante. Éste está sentado en una silla junto a la pared, como desmadejado. La cabeza le cuelga de forma poco natural y de ella gotea sangre sobre su regazo. Intentas razonar con el guitarrista que extrañamente es uno de los policías. Le explicas la situación, unos sucesos triviales que él conoce de primera mano, pero no te hace demasiado caso. Le pides que detenga el interrogatorio, que todo se puede aclarar de forma sencilla, que no hay ningún delito. Cuando suena el primer golpe, el pómulo del batería quebrándose, te despiertas espantado. Son las cuatro de la mañana. Ya no vuelves a dormir. Durante todo el día la pesadilla te deja un regusto desagradable en el paladar, una sequedad árida en la boca que no consigue eliminar el whisky que bebes sin cesar durante todo el día. Agotado, te acuestas y cuando estás a punto de quedarte dormido cuando aparece el espectro. No puedes volver a dormir. Tienes la marca de la mano fantasma impresa en la piel del tobillo. No puedes volver a dormir. No esa noche, no ese día, no al siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente…

Tu corazón arde.

En la interminable vigilia, en el persistente insomnio, reconstruyes la escena que tuvo lugar en tu habitación. La aparición anunciaba un largo periodo sin sueño. Y a pesar de que el espectro irradiaba una luminosidad que le hacía indistinguible, empiezas a recordar, o a creer que recuerdas, o a recomponer tu memoria de forma que los hechos se ajusten a la teoría que vas construyendo en tus largos días y noches sin sueños. Esa aparición, te dices, eras tú. Tú mismo surgiendo desde el otro lado. Hay dos mundos, te dices, mientras en uno duermes, en el otro estás despierto. Y lo que has venido a decirte desde el otro lado es que te espera un largo periodo sin posibilidad de dormir. Quizás, te dices intentando darle coherencia a los sucesos, los sueños son atisbos de la vida en el otro lado. Quizás, la escena de la comisaría, le ocurrió a tu otro yo del otro lado. Quizás ahora, en el otro lado, estés dormido, en coma tras el interrogatorio, sin posibilidad de despertar. Y mientras, en este lado, tu tendrás que sobrevivir sin poder dormir.

Eso me ocurrió de verdad, chaval.

[Bebe]

¡No, hombre, no!

Lo leí en una novela.

 

 

04 May

2000 Hate to say I told you so, The Hives

por Javier Avilés

por 

Odio decir te lo dije, chaval, pero te lo dije. La espera del fin del mundo es el estado natural de nuestra sociedad. El apocalipsis es nuestra más alta aspiración. Pero, y odio decir que ya te lo dije, el fin nunca llega. Fíjate en las películas de zombies. Toda la civilización se derrumba a causa de una extraña enfermedad altamente contagiosa. Pero nosotros, los espectadores, siempre estamos del lado de los supervivientes. Esas películas son una pobre metáfora de nuestra sociedad: La culpa de todos los males sociales siempre son los otros. De hecho nunca se llega a una resolución de la trama en ese tipo de películas, nunca se llega a exterminar del todo la amenaza. Porque nosotros somos también los otros. También nosotros, a pesar de ser el foco narrativo, a pesar de ser los espectadores privilegiados del derrumbe de la sociedad, estamos infectados por esa destructiva enfermedad que nos lleva a querer devorar la carne de los demás, a querer fagocitar a nuestros semejantes para llegar  a ser una horda ciega que actúa conforme a los designios de una especie de sociedad-colmena en la que el individuo carece de atributos que lo hagan distinguible. Actuamos motivados por un solipsismo exacerbado que nos impulsa a querer la destrucción, o al menos la cosificación, algo muy útil si el objetivo es reventar su cabeza, de los otros. El problema siempre son los otros, pero no nos damos cuenta, mira que te lo dije, que nosotros somos otros para los demás. Así el mundo es una miríada de miríadas de miríadas de visiones subjetivas, una infinidad de solipsismos cuyos planos no pueden cruzarse, cuyos significados se repelen y anulan los demás. Láminas y láminas de solipsismos amontonándose unas sobre otras sin llegar a tocarse jamás. Una columna de folios en cada uno de los cuales está descrita la visión subjetiva de cada individuo, en la que cada folio excluye al resto. Una columna que se pierde en las alturas. Si alguien se pusiera a leer cada uno de esos folios, cada una de esas páginas, te aseguro, chaval, que no lograría hacerse una idea de lo que es nuestra vida. Lo único que sacaría en claro, y llegará un día en que recordarás que te lo dije, es la repetitiva aversión al otro. Si una inteligencia extraterrestre leyese esos microrelatos egocéntricos concluiría que estamos en continua lucha los unos con los otros, que la única forma que tenemos de sobrevivir, de salir adelante, es esparciendo por las paredes los sesos de cuantos nos rodean.

[Alza el vaso]

En verdad te digo que la infección somos nosotros.

[Ríe]

Es mejor ser ignorado, por el rígido, por el aburrido y por todos los demás. Por todos.

[Ríe]

Habíamos puesto todas nuestras esperanzas en el año 2000, en que una cifra arbitraria iba a significar una inflexión en nuestras vidas… el fin y un nuevo inicio, por supuesto… un inicio sin los otros, con los otros exterminados… no pasó nada… odio decirlo pero… [Ríe]… agotamos todas las posibilidades en todas las formas posibles de coexistencia y no ocurrió nada… esperábamos el fin de la civilización, la destrucción del capitalismo, de las tiranías… anhelábamos la muerte de la novela, la extinción del lector… distorsionamos la música hasta lo soportable, o la reducimos a un minuto y veinte segundos de silencio… exploramos todos los caminos hasta agotarlos, hasta topar con la maleza que los hacía intransitables, lo que demostraba que el fin estaba cerca… en la biblioteca infinita hay infinitos libros ilegibles, decíamos, así que ya estaba todo escrito… la probabilidad suplió la acción y ya no había nada más allá… era lógico que explotadas todas las vías el fin del mundo nos borrase del mapa definitivamente… a nosotros y a los otros.

[Silencio]

Pero nada ocurrió. Un tremendo y letal fallo de cálculo. Qué hacemos ahora, nos preguntábamos. Algo habíamos hecho mal, pero no sabíamos qué era. Bien, dijimos, de alguna forma tenemos que salir de este atolladero. Repetiremos los antiguos esquemas. Volveremos al pasado y copiaremos todos aquellos actos que nos llevaron a esa situación de espera. Encontraremos la forma de reubicarnos en la posición inicial que nos permita cruzar la barrera invisible y abandonar esta inmovilidad que nos consume. Seremos personajes de Buñuel buscando mediante la repetición, la copia y la recreación, la forma para salir de la mansión a la que no fuimos invitados a cenar. Y esta vez sí, sin posibilidad de error, nos abocaremos como un único ser hacia la destrucción total.

 

 

27 Abr

Bonus track 3: I heard it through the grapevine, The Slits

por Javier Avilés

Querido hijo:

Si has llegado hasta esta página de este olvidado cuaderno quiero creer que sientes algún especial interés en lo que tu padre fue… tal vez no, tal vez solo una casualidad te ha llevado hasta aquí. En otro escenario estas páginas no son leídas nunca, en otro es otra persona quien las lee. Pero quiero creer que eres tu quien motivado por una curiosidad que no carece de cariño, un cariño o afecto póstumo, has llegado hasta aquí. Es lo que tiene la muerte, nos impide hacer más daño.

Sé que se supone que un hombre no debe llorar, pero no puedo contener estas lágrimas que, desde  dentro, pugnan por salir. No es cierto, es parte de la letra de una canción. De lo que quería hablarte es de otra cosa… de canciones, de lo que cuentan los pajaritos, de lo que se escucha si uno presta atención al viento agitando las hojas de las vides. De todo aquello que se supone que es el mundo real. Leer más

20 Abr

1999 Hey Boy, Hey Girl, Chemical Brothers / 1999 I See a Darkness, Bonnie Prince Billy

por Javier Avilés

1999 Hey Boy, Hey Girl, Chemical Brothers

Hey girls / Hey boys / Superstar djs / Here we go.

Creo que no vamos a encontrar el mensaje aquí. Supongo que hemos estado equivocados todo este tiempo buscando el mensaje en las letras de las canciones. Supongo que en esa época, con los agoreros presagios que anunciaban el fin de la civilización, la letra era lo de menos. La narrativa había perdido todo su significado. Leer más

06 Abr

1998, Push It, Garbage

por Javier Avilés

Cuando en el mundo reina el suficiente desorden, nada parece fuera de lugar, dicen las escrituras. Todo estará bien. Comed y bebed de esta nada global, porque en el vacío de los números que cuantifican lo inasible está mi cuerpo. En el ruido que la mantiene despierta se encuentra la verdad. Empuja mi sangre y que los golpes sean fuertes, chaval. No te preocupes, todo estará bien. Las fluctuaciones del bath mantienen a todos esos tipos despiertos. Hemos perdido completamente el horizonte. Se acerca el fin de una época, dicen, decían. Pero la época hacía tiempo que se había desvanecido bajo nuestros pies. Seguíamos avanzando por inercia y por inconsciencia sobre el vacío del precipicio. Como en los viejos dibujos animados. O tal vez, mientras todo el sistema económico se derrumbaba, el Fondo Monetario Internacional proyectaba a nuestras espaldas un escenario móvil que se repetía una y otra vez. Creíamos que avanzábamos. Creíamos que el suelo seguía bajo nuestros pies. Pero no había nada. Una ficción globalizada cuya finalidad era mantener viva la ficción globalizada. El ruido que la mantiene despierta, que hace que su cabeza explote y el cuerpo le duela. Empuja, empuja, no te preocupes, todo estará bien, porque solo lo carnal nos mantiene apegados al mundo real. Ese mundo que nos arrebataron hace mucho, mucho tiempo. Los músicos estaban ahí para señalar los fallos. Pero la música ha sido absorbida por el mismo sistema que globaliza nuestra pobreza. No hay más que ruido. No el ruido blanco de la frecuencia que no emite. No. Más bien un acúfeno instalado de forma permanente en nuestros oídos que no nos permite discriminar nada, un ruido persistente al que nos acostumbramos y que tamiza y domina todo sonido que nos llega. Un ruido que llora de eso-que-llaman-amor y que apela a una carnalidad salvaje. Un ruido dominado por la industria que nos invita a follar, y follar, y follar, porque, chaval, no hay nada más. Sois pobres, así que follad. Follad y olvidaos del mundo. Dejadnos dominar el mundo y no nos meteremos con vuestro deseo de follar. Follad, hermanas y hermanos chavales. Empujad vuestros deseos con fuerza y nosotros os proveeremos de catres herrumbrosos, colchones pringosos y sabanas sudadas. Dibujaremos en vuestra imaginación esplendorosas camas con dosel en suntuosos palacios. Porque follando sois dioses morando el Olimpo. Os daremos dinero para que construyáis vuestras mansiones del follar sin fin. Podéis pagar a plazos por un periodo infinito y a un tipo variable que no os impedirá seguir follando. Follad y follad y follad sobre los contratos de vuestras hipotecas basura. Mañana será otro día. Pero mañana será otro día igual. Encended la radio si queréis y escuchad la misma música una y otra y otra vez. ¿Qué dicen nuestras canciones, hermanas y hermanos chavales? Bailad. Follad. Todo está bien. Empujad otra vez. Pero no os miréis a la cara cuando terminéis. No lo hagáis y así no tendréis que preguntaros ¿quién es este tipo? ¿de quién es esta casa? ¿de quién es este coche nuevo? ¿quiénes son estos niños? ¿qué clase de trabajo es este? ¿de quién es esta vida? ¡¿De quién?! No lo preguntéis porque no os gustaría la respuesta. Eso si pudieseis oír la respuesta a través del acúfeno que os aturde, del ruido que os ensordece, de la música global que enturbia cualquier mensaje. La respuesta, hermanas y hermanos chavales, estaba en el viento. Pero hace mucho tiempo que aprendimos a manejar las corrientes de aire de todo el planeta y conseguimos convertir la respuesta verdadera en un silbido molesto y trasmitir el mensaje promisorio: Folla, compra, poseé, sé. En Dolar confiamos. El Fin se acerca, pero todo estará bien, chaval. No te preocupes.

Eso nos decían entonces. Y todavía siguen diciendo lo mismo. Son insistentes e incansables. Persistentes como un virus y, al igual que ellos, capaces de destruir al sujeto que moran. Mira, eso es curioso y nunca acabaré de entender el sentido. Tal esto sea una analogía ingenua, pero un virus infecta un cuerpo y lo destruye. Su objetivo es transmitirse a otros cuerpos. Perdurar en el tiempo. Pero un virus ideal y letal invadiría todos los cuerpos capaces de ser infectados y los destruiría quedándose sin más cuerpos que infectar. Para perdurar, para sobrevivir, el virus mata a todos aquellos que le sirven para propagarse, por lo que su letal efectividad es en cierta manera suicida. A veces tengo la sensación que este sistema económico se comporta exactamente como una infección vírica.

En verdad te digo, hermano chaval, que no sé que pensar. Pero igual te doy mi bendición. Ten, toma este sacrílego sucedáneo y no te preocupes, todo estará bien.