11 May

2001 Mein Herz brennt, Rammstein

por Javier Avilés

Te despiertas de golpe en lo más profundo de la noche. Quieres gritar y no puedes. Una corriente helada recorre toda tu espalda. Estás tumbado en la cama, paralizado. Y de pie al borde la cama, junto a tus pies, una figura espectral. Sus rasgos son inconcretos. Toda la aparición queda difuminada por la especie de luz que emana. Un efecto óptico. Una presencia real. Sientes el contacto de la mano, una frialdad que no pertenece a este mundo. El frío del espacio exterior, el gélido aliento de lo que está más allá de la vida. Por unos instantes, por un largo minuto, perteneces a otro ámbito. Han venido desde otro lado para señalarte con la marca glacial y sabes que ya no podrás escapar. Desde ese momento perteneces a una parcela que no pertenece a este lugar ni al otro, sea cual sea ese otro lugar. O no lugar. Has sido elegido, te han condenado, has sido herrado por la oscuridad glacial y no hay escapatoria. Los sueños son sus dominios y no hay lugar para esconderse en ellos. Su voz sale de la almohada y bebe nuestras lágrimas de terror. La mano permanece aferrada a tu tobillo y sigues paralizado. De repente todo termina. El espectro sale de escena como si nunca hubiese estado allí. Desaparece de golpe dejando tras de sí el contacto de su mano en tu piel. Entonces despiertas. Crees que despiertas. No sabes si estabas despierto o acabas de despertar. Como si tu cerebro quisiera confundirte negando la aparición, archivándola en la sección de sueños. Pero sabes que no es así. La persistencia ectoplásmica inunda todo el dormitorio. Algo se ha introducido en él y ha dejado la huella de su intromisión. No hay nada que pueda limpiar el recuerdo, no hay forma de purgar la ausencia de la presencia.

El día anterior habías tenido una pesadilla. Estabais todos los miembros del grupo en una sala oscura de una comisaría. Una lámpara sobre una mesa es la única iluminación. En ella están interrogando al batería después de haber hecho lo mismo con el representante. Éste está sentado en una silla junto a la pared, como desmadejado. La cabeza le cuelga de forma poco natural y de ella gotea sangre sobre su regazo. Intentas razonar con el guitarrista que extrañamente es uno de los policías. Le explicas la situación, unos sucesos triviales que él conoce de primera mano, pero no te hace demasiado caso. Le pides que detenga el interrogatorio, que todo se puede aclarar de forma sencilla, que no hay ningún delito. Cuando suena el primer golpe, el pómulo del batería quebrándose, te despiertas espantado. Son las cuatro de la mañana. Ya no vuelves a dormir. Durante todo el día la pesadilla te deja un regusto desagradable en el paladar, una sequedad árida en la boca que no consigue eliminar el whisky que bebes sin cesar durante todo el día. Agotado, te acuestas y cuando estás a punto de quedarte dormido cuando aparece el espectro. No puedes volver a dormir. Tienes la marca de la mano fantasma impresa en la piel del tobillo. No puedes volver a dormir. No esa noche, no ese día, no al siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente…

Tu corazón arde.

En la interminable vigilia, en el persistente insomnio, reconstruyes la escena que tuvo lugar en tu habitación. La aparición anunciaba un largo periodo sin sueño. Y a pesar de que el espectro irradiaba una luminosidad que le hacía indistinguible, empiezas a recordar, o a creer que recuerdas, o a recomponer tu memoria de forma que los hechos se ajusten a la teoría que vas construyendo en tus largos días y noches sin sueños. Esa aparición, te dices, eras tú. Tú mismo surgiendo desde el otro lado. Hay dos mundos, te dices, mientras en uno duermes, en el otro estás despierto. Y lo que has venido a decirte desde el otro lado es que te espera un largo periodo sin posibilidad de dormir. Quizás, te dices intentando darle coherencia a los sucesos, los sueños son atisbos de la vida en el otro lado. Quizás, la escena de la comisaría, le ocurrió a tu otro yo del otro lado. Quizás ahora, en el otro lado, estés dormido, en coma tras el interrogatorio, sin posibilidad de despertar. Y mientras, en este lado, tu tendrás que sobrevivir sin poder dormir.

Eso me ocurrió de verdad, chaval.

[Bebe]

¡No, hombre, no!

Lo leí en una novela.

 

 

04 May

2000 Hate to say I told you so, The Hives

por Javier Avilés

por 

Odio decir te lo dije, chaval, pero te lo dije. La espera del fin del mundo es el estado natural de nuestra sociedad. El apocalipsis es nuestra más alta aspiración. Pero, y odio decir que ya te lo dije, el fin nunca llega. Fíjate en las películas de zombies. Toda la civilización se derrumba a causa de una extraña enfermedad altamente contagiosa. Pero nosotros, los espectadores, siempre estamos del lado de los supervivientes. Esas películas son una pobre metáfora de nuestra sociedad: La culpa de todos los males sociales siempre son los otros. De hecho nunca se llega a una resolución de la trama en ese tipo de películas, nunca se llega a exterminar del todo la amenaza. Porque nosotros somos también los otros. También nosotros, a pesar de ser el foco narrativo, a pesar de ser los espectadores privilegiados del derrumbe de la sociedad, estamos infectados por esa destructiva enfermedad que nos lleva a querer devorar la carne de los demás, a querer fagocitar a nuestros semejantes para llegar  a ser una horda ciega que actúa conforme a los designios de una especie de sociedad-colmena en la que el individuo carece de atributos que lo hagan distinguible. Actuamos motivados por un solipsismo exacerbado que nos impulsa a querer la destrucción, o al menos la cosificación, algo muy útil si el objetivo es reventar su cabeza, de los otros. El problema siempre son los otros, pero no nos damos cuenta, mira que te lo dije, que nosotros somos otros para los demás. Así el mundo es una miríada de miríadas de miríadas de visiones subjetivas, una infinidad de solipsismos cuyos planos no pueden cruzarse, cuyos significados se repelen y anulan los demás. Láminas y láminas de solipsismos amontonándose unas sobre otras sin llegar a tocarse jamás. Una columna de folios en cada uno de los cuales está descrita la visión subjetiva de cada individuo, en la que cada folio excluye al resto. Una columna que se pierde en las alturas. Si alguien se pusiera a leer cada uno de esos folios, cada una de esas páginas, te aseguro, chaval, que no lograría hacerse una idea de lo que es nuestra vida. Lo único que sacaría en claro, y llegará un día en que recordarás que te lo dije, es la repetitiva aversión al otro. Si una inteligencia extraterrestre leyese esos microrelatos egocéntricos concluiría que estamos en continua lucha los unos con los otros, que la única forma que tenemos de sobrevivir, de salir adelante, es esparciendo por las paredes los sesos de cuantos nos rodean.

[Alza el vaso]

En verdad te digo que la infección somos nosotros.

[Ríe]

Es mejor ser ignorado, por el rígido, por el aburrido y por todos los demás. Por todos.

[Ríe]

Habíamos puesto todas nuestras esperanzas en el año 2000, en que una cifra arbitraria iba a significar una inflexión en nuestras vidas… el fin y un nuevo inicio, por supuesto… un inicio sin los otros, con los otros exterminados… no pasó nada… odio decirlo pero… [Ríe]… agotamos todas las posibilidades en todas las formas posibles de coexistencia y no ocurrió nada… esperábamos el fin de la civilización, la destrucción del capitalismo, de las tiranías… anhelábamos la muerte de la novela, la extinción del lector… distorsionamos la música hasta lo soportable, o la reducimos a un minuto y veinte segundos de silencio… exploramos todos los caminos hasta agotarlos, hasta topar con la maleza que los hacía intransitables, lo que demostraba que el fin estaba cerca… en la biblioteca infinita hay infinitos libros ilegibles, decíamos, así que ya estaba todo escrito… la probabilidad suplió la acción y ya no había nada más allá… era lógico que explotadas todas las vías el fin del mundo nos borrase del mapa definitivamente… a nosotros y a los otros.

[Silencio]

Pero nada ocurrió. Un tremendo y letal fallo de cálculo. Qué hacemos ahora, nos preguntábamos. Algo habíamos hecho mal, pero no sabíamos qué era. Bien, dijimos, de alguna forma tenemos que salir de este atolladero. Repetiremos los antiguos esquemas. Volveremos al pasado y copiaremos todos aquellos actos que nos llevaron a esa situación de espera. Encontraremos la forma de reubicarnos en la posición inicial que nos permita cruzar la barrera invisible y abandonar esta inmovilidad que nos consume. Seremos personajes de Buñuel buscando mediante la repetición, la copia y la recreación, la forma para salir de la mansión a la que no fuimos invitados a cenar. Y esta vez sí, sin posibilidad de error, nos abocaremos como un único ser hacia la destrucción total.

 

 

27 Abr

Bonus track 3: I heard it through the grapevine, The Slits

por Javier Avilés

Querido hijo:

Si has llegado hasta esta página de este olvidado cuaderno quiero creer que sientes algún especial interés en lo que tu padre fue… tal vez no, tal vez solo una casualidad te ha llevado hasta aquí. En otro escenario estas páginas no son leídas nunca, en otro es otra persona quien las lee. Pero quiero creer que eres tu quien motivado por una curiosidad que no carece de cariño, un cariño o afecto póstumo, has llegado hasta aquí. Es lo que tiene la muerte, nos impide hacer más daño.

Sé que se supone que un hombre no debe llorar, pero no puedo contener estas lágrimas que, desde  dentro, pugnan por salir. No es cierto, es parte de la letra de una canción. De lo que quería hablarte es de otra cosa… de canciones, de lo que cuentan los pajaritos, de lo que se escucha si uno presta atención al viento agitando las hojas de las vides. De todo aquello que se supone que es el mundo real. Leer más

20 Abr

1999 Hey Boy, Hey Girl, Chemical Brothers / 1999 I See a Darkness, Bonnie Prince Billy

por Javier Avilés

1999 Hey Boy, Hey Girl, Chemical Brothers

Hey girls / Hey boys / Superstar djs / Here we go.

Creo que no vamos a encontrar el mensaje aquí. Supongo que hemos estado equivocados todo este tiempo buscando el mensaje en las letras de las canciones. Supongo que en esa época, con los agoreros presagios que anunciaban el fin de la civilización, la letra era lo de menos. La narrativa había perdido todo su significado. Leer más

06 Abr

1998, Push It, Garbage

por Javier Avilés

Cuando en el mundo reina el suficiente desorden, nada parece fuera de lugar, dicen las escrituras. Todo estará bien. Comed y bebed de esta nada global, porque en el vacío de los números que cuantifican lo inasible está mi cuerpo. En el ruido que la mantiene despierta se encuentra la verdad. Empuja mi sangre y que los golpes sean fuertes, chaval. No te preocupes, todo estará bien. Las fluctuaciones del bath mantienen a todos esos tipos despiertos. Hemos perdido completamente el horizonte. Se acerca el fin de una época, dicen, decían. Pero la época hacía tiempo que se había desvanecido bajo nuestros pies. Seguíamos avanzando por inercia y por inconsciencia sobre el vacío del precipicio. Como en los viejos dibujos animados. O tal vez, mientras todo el sistema económico se derrumbaba, el Fondo Monetario Internacional proyectaba a nuestras espaldas un escenario móvil que se repetía una y otra vez. Creíamos que avanzábamos. Creíamos que el suelo seguía bajo nuestros pies. Pero no había nada. Una ficción globalizada cuya finalidad era mantener viva la ficción globalizada. El ruido que la mantiene despierta, que hace que su cabeza explote y el cuerpo le duela. Empuja, empuja, no te preocupes, todo estará bien, porque solo lo carnal nos mantiene apegados al mundo real. Ese mundo que nos arrebataron hace mucho, mucho tiempo. Los músicos estaban ahí para señalar los fallos. Pero la música ha sido absorbida por el mismo sistema que globaliza nuestra pobreza. No hay más que ruido. No el ruido blanco de la frecuencia que no emite. No. Más bien un acúfeno instalado de forma permanente en nuestros oídos que no nos permite discriminar nada, un ruido persistente al que nos acostumbramos y que tamiza y domina todo sonido que nos llega. Un ruido que llora de eso-que-llaman-amor y que apela a una carnalidad salvaje. Un ruido dominado por la industria que nos invita a follar, y follar, y follar, porque, chaval, no hay nada más. Sois pobres, así que follad. Follad y olvidaos del mundo. Dejadnos dominar el mundo y no nos meteremos con vuestro deseo de follar. Follad, hermanas y hermanos chavales. Empujad vuestros deseos con fuerza y nosotros os proveeremos de catres herrumbrosos, colchones pringosos y sabanas sudadas. Dibujaremos en vuestra imaginación esplendorosas camas con dosel en suntuosos palacios. Porque follando sois dioses morando el Olimpo. Os daremos dinero para que construyáis vuestras mansiones del follar sin fin. Podéis pagar a plazos por un periodo infinito y a un tipo variable que no os impedirá seguir follando. Follad y follad y follad sobre los contratos de vuestras hipotecas basura. Mañana será otro día. Pero mañana será otro día igual. Encended la radio si queréis y escuchad la misma música una y otra y otra vez. ¿Qué dicen nuestras canciones, hermanas y hermanos chavales? Bailad. Follad. Todo está bien. Empujad otra vez. Pero no os miréis a la cara cuando terminéis. No lo hagáis y así no tendréis que preguntaros ¿quién es este tipo? ¿de quién es esta casa? ¿de quién es este coche nuevo? ¿quiénes son estos niños? ¿qué clase de trabajo es este? ¿de quién es esta vida? ¡¿De quién?! No lo preguntéis porque no os gustaría la respuesta. Eso si pudieseis oír la respuesta a través del acúfeno que os aturde, del ruido que os ensordece, de la música global que enturbia cualquier mensaje. La respuesta, hermanas y hermanos chavales, estaba en el viento. Pero hace mucho tiempo que aprendimos a manejar las corrientes de aire de todo el planeta y conseguimos convertir la respuesta verdadera en un silbido molesto y trasmitir el mensaje promisorio: Folla, compra, poseé, sé. En Dolar confiamos. El Fin se acerca, pero todo estará bien, chaval. No te preocupes.

Eso nos decían entonces. Y todavía siguen diciendo lo mismo. Son insistentes e incansables. Persistentes como un virus y, al igual que ellos, capaces de destruir al sujeto que moran. Mira, eso es curioso y nunca acabaré de entender el sentido. Tal esto sea una analogía ingenua, pero un virus infecta un cuerpo y lo destruye. Su objetivo es transmitirse a otros cuerpos. Perdurar en el tiempo. Pero un virus ideal y letal invadiría todos los cuerpos capaces de ser infectados y los destruiría quedándose sin más cuerpos que infectar. Para perdurar, para sobrevivir, el virus mata a todos aquellos que le sirven para propagarse, por lo que su letal efectividad es en cierta manera suicida. A veces tengo la sensación que este sistema económico se comporta exactamente como una infección vírica.

En verdad te digo, hermano chaval, que no sé que pensar. Pero igual te doy mi bendición. Ten, toma este sacrílego sucedáneo y no te preocupes, todo estará bien.

30 Mar

1997, Paranoid Android, Radiohead

por Javier Avilés

¿Lo ves? ¿Dónde está tu cielo azul? La lluvia cae. Cae. Cae desde las grandes alturas. Arrastra toda la mierda que expulsamos y que flota a nuestro alrededor como un aura de suciedad, un estigma de progreso. Cae, lluvia. Cae sobre mí. Como la fétida bendición de Dios amando a sus hijos. No me gustan vuestras caras. Ni vuestros negocios. Ni vuestro aspecto. Me dan miedo esas personas con sus trajes y sus vestidos y sus convicciones derritiéndose sobre su cara. Su dinero escrufuloso que fluye del interior del plástico de sus carteras. Un dinero inexistente y que apesta a concordato. En Dios creemos mientras siga fluyendo y ponga en la barra copas y copas y copas y polvos blancos en el retrete y polvos rápidos en el retrete y sus nombres estampados en elegantes tarjetas. Me dan miedo esos y esas, descomponiéndose en una orgía económica, esos que no recuerdan mi nombre. No, no es eso. No queréis recordar mi nombre. Os negáis a darme nombre. Yo soy el androide paranoico en el extremo de la barra con una toalla al hombro que llora por sí mismo. Contando ovejas eléctricas en una noche infrarroja sin fin. Esperando realmente que exista vida inteligente fuera de la Tierra ya que en este planeta no. No te acerques a mí. Podría hacer que te suicidases. Pero no vosotros, febriles triunfadores, parásitos sociales, depredadores sin conciencia, asesinos sin objetivo más allá del yo, yo, yo, yo y mis copas y mis polvos alineados con esplendorosas tarjetas con ribetes dorados y filigranas barrocas. Esnifando la blanca impoluta lana de las ovejas que cuento en esta noche sin fin y que nunca me pertenecerán. Saltan la valla de mi insomnio para caer en vuestras fauces. Masticáis la carne, trituráis los huesos y sorbéis la sangre ruidosamente. ¿Podríais por favor parar todo ese ruido? Estoy tratando de descansar un poco de todas esas voces de pollos nonatos en mi cabeza. ¡Parad! ¿No te da miedo esa gente? Mira como les tratan en los comercios. Es el aura del dinero que despierta la sumisión en los demás. Cuando sea el rey andrajoso de mi imperio serán los primeros en llegar al paredón. Les preguntaré mi nombre y entonces, oh, sí, entonces lo recordarán, entonces lo sabrán, será lo último que pronuncien sus labios antes del estallido que acabará con todo este ruido. Y entonces podré escuchar las voces de los pollos nonatos y el balido de las ovejas al otro lado del cercado. Y la lluvia será una bendición real al fin y dejaré que moje mi cara cayendo desde las grandes alturas. La lluvia limpiando la mierda de todas las calles, la inmundicia acumulada a lo largo de tantos y tantos años. Ojalá fuese así de sencillo, que bastase gritar desde esta esquina en la barra del bar un simple y contundente, sin alzar siquiera la voz, que les corten la cabeza, y el silencio y la paz, sin alarmas ni sorpresas, silencio, silencio… ese sería mi último espasmo, mi último dolor de estómago, sin alarmas ni sorpresas, por favor. Sacadme de aquí. Sacadme de este asqueroso mundo. Un día, me crecerán unas alas, una reacción química histérica e inútil. Seré un androide con forma de insecto tumbado en mi cama sin poder salir de mi habitación. Silencio. Silencio. Al fin. Me gustaría decirles a esta gente que he sobrevivido a una explosión interestelar y que he venido a salvarlos. Pero las voces de los pollos me anticipan su respuesta. ¿De qué quieres salvarnos? De vosotros mismos, estúpidos, y de todo el dolor que provocáis. Y entonces vería sus bocas como agujeros negros abriéndose en una estruendosa carcajada. Debo entrenar mi voz. Debo entrenar mi voz para la pregunta. La respuesta ya la sabemos. Cuando sepa la pregunta mi voz ya estará lo suficientemente afilada como para cortar todas su cabezas de un solo tajo. Entonces me bastará decir desde la esquina de la barra, casi susurrando a mi cerveza tibia, “Dios ama a sus hijos, Dios ama a sus hijos” para que todo termine de una vez. Silencio, silencio, al fin.

(Podré ser paranoico, pero no soy un androide)

23 Mar

1996, 36 degrees, Placebo

por Javier Avilés

Me siento como si estuviese respirando metano. (Enciende un cigarrillo). Pero sigo respirando, y eso, teniendo en cuenta que nunca he sido extrovertido, es todo un logro. (Tose) Ya, ya… yo tampoco sé que puñetas quiero decir. Pongamos que me estoy enfriando, que mi temperatura corporal desciende, que poco a poco me estoy convirtiendo en un cadáver. Llega un momento en el que uno siente que el tiempo que le queda de vida se va agotando. Ve el contador descendiendo velozmente hacia el cero absoluto. Puedes ver claramente los segundos desgranándose, los minutos cayendo implacablemente, el dígito de las horas descendiendo, los días transcurriendo similares uno a otro a otro a otro. El resto del contador está borroso. Eso es lo más gracioso y jodido, que no sabes cuándo terminará la maldita cuanta atrás. Pero estás abocado a un final inevitable. Tienes un tiempo prestado, pero no sabes cuánto tiempo es. Así que la temperatura desciende, la plata se oscurece, todo lo que relucía tiene una pátina de tristeza que ya no puedes quitar, sigo vivo porque sé que sigo respirando… o será al revés. (Ríe). Pero mi piel se está azulando y toda nube es gris y arrastra sueños del ayer, sueños inútiles que no se realizarán. Me duele cada parte de mi cuerpo y estoy frío. Miro por la ventana ese luminoso cielo azul, pero sé que no es para mí. Mis cielos azules se perdieron en el tiempo y en la memoria. Estos cielos azules pertenecen a otras personas que todavía no sienten que se están enfriando. Me prendería fuego si supiera que eso iba a ayudarme a recuperar mi temperatura. Pero no hay vuelta atrás. La flecha del tiempo es implacable. La entropía no admite recursos judiciales que alarguen el proceso. Y a pesar de aceptar lo inevitable, aceptarlo con rabia después de negarlo tanto tiempo, todavía tengo miedo a que me causen dolor. Pero estamos bien acorazados, ¿verdad, chaval?… (Vierte licor en el vaso y lo alza.) He aquí la defensa impenetrable, el escudo de Aquiles. (Bebe) Cada vida es como el escudo que Hefesto construyó para el héroe. Con el cielo y las constelaciones, la Tierra y la Luna en el centro. Con la representación de dos ciudades una en guerra y otra en paz. Y múltiples escenas de cosechas y bailes y… joder, no querrás que me acuerde de todo… búscalo, si te apetece, está por ahí. (Señala vagamente una estantería) En el escudo que el dios construyó para Aquiles está toda la vida tal y como la conocían los griegos de aquella época. Era un escudo impenetrable porque contenía todo el pasado. Pero sabes una cosa, el pasado no sirve para nada y el escudo de Aquiles no le iba a proteger de los ataques de Héctor… joder, chaval, el escudito de Aquiles no valía una puta mierda en combate. Era para tenerlo colgado en una pared, un elemento decorativo. (Vuelve a alzar el vaso ya casi vacío) Eso es lo que son nuestros escudos, una falacia. Aún no sé cómo Aquiles pudo derrotar a Héctor con esa filigrana ornamental. Tal vez todo el tema este del escudo signifique otra cosa, un cambio de época o la resistencia a cambiar, pero a la mierda los significados ocultos. Dale a un mono medio cerebro y buscará significados ocultos en cualquier cosa. Y la verdad… La Verdad… y la realidad… La Realidad… es que nada, ni siquiera el escudo más magnífico, nos puede librar de la conclusión. Que se lo digan a Aquiles y a su patético tendón. El reloj de Aquiles también agotaba sus dígitos y la flecha del tiempo fue lanzada desde las murallas de Troya por el arco de Paris y volaba implacable  hacia el cero absoluto. Tengo frío. Mi piel está azulada. Ya no hay más que nubes grises. Piénsalo, chaval. Algún día también te arrebatarán esos cielos azules.

16 Mar

1995 Hyperballad, Björk

por Javier Avilés

 

¿Crees que no sabía lo que hacías cada mañana? ¿Crees que no veía el barranco duplicado en tus ojos cada vez que te miraba, oía el sonido de los trastos despeñándose a través de tus oídos? ¿Crees que no veía con alivio la sonrisa que me brindabas cuando creías que me acababa de despertar? ¿Crees que tu sonrisa no me liberaba de la angustia de tus huesos quebrados, de tu cabeza partida, de tus ojos abiertos y cerrados para siempre? Cada mañana la misma comedia de pretendida felicidad, cuando yo sabía que cada día te permitías unos minutos de coqueteo con el abismo. Tú sabías que no podía durar, que yo, de alguna manera, tarde o temprano, como así fue, lo iba a joder todo. ¿En qué lugar me dejaba tu maldita hiperbalada de amor? ¿Acaso no me dejaba un único papel a representar? El rol del estúpido egoísta carente de emociones. Me arrinconaste, me condicionaste, me dejaste sin salida. Tú te asomabas al precipicio y arrojabas piezas de coches abandonados y botellas. Escuchabas el estrépito del metal contra la roca, el sutil estallido del cristal. Imaginabas tu cráneo, tus miembros. Pero, querida, ¿no te das cuenta que el que estaba continuamente al borde del abismo era yo? Claro que sí. Tú sabías que yo lo iba a destrozar todo. Lo único que esperabas era que llegase ese día para empujarme hacia las rocas y los matorrales. ¿Ibas a arrojarte conmigo? ¿Pensabas darme un abrazo mortal antes de dar el último y fatídico paso? ¿Pensabas brindarme una última sonrisa mientras caíamos? Hiperdramática, creías vivir conmigo en la cima de una montaña, aislados del mundo, cuando en realidad vivíamos en un vertedero en los suburbios de los suburbios, cerca de un río infecto y herrumbroso cuya agua apestaba a cientos de kilómetros. Te lo digo por si no lo recuerdas. Seguro que sí. Seguro que recuerdas avergonzada aquellos días y el amor que decías sentir por mí. ¿Recuerdas? La cagué, lo jodí todo. No podía ser de otra manera. Seguro que lo recuerdas. No podrías olvidar mi traición. O quizás sí. Quizás me has olvidado completamente, me has borrado de tus recuerdos para no tener que recordar como eras entonces. Para no recordar el barranco hacia el que nunca te precipitaste. Te imagino ahora. Una madura madre de dos hijos adolescentes que en sus ratos libres lee en su lengua original a poetas cuyos nombres nadie sabría pronunciar. Algo queda de aquella hiperbaládica joven tras tu aspecto de mujer convencional, tras el disfraz de profesional seria y concienzuda. Algo que finalmente no saltó al abismo. Aunque cierta parte de ti se precipitó al vacío, como aquellas botellas, como la cubertería que dejabas caer para oír como iban chocando contra las rocas. Ahora que te has librado de aquella parte, ahora que te has librado de mí eliminándome del todo, ahora te sientes segura, ahora te sientes verdaderamente feliz en la seguridad de tu mediocridad. No hace mucho te vi…

 (El periodista hojea el cuaderno buscando una continuación a aquella ¿carta?, pero no encuentra nada más aparentemente relacionado, o no sabe encontrarlo, o no entiende nada. Se pregunta si ese texto va dirigido a la misma mujer a la que sollozaba con lágrimas de borracho en otra página del cuaderno… no sabe. Se siente impulsado a crear una historia que las relacione, que de consistencia a un relato vital que el personaje le escamotea continuamente en un juego que solo el personaje entiende y disfruta. ¿Acaso no es lo mismo con esa(s) mujer(es)?, piensa. ¿Acaso la vida del personaje no es más que un juego personal con sus propias reglas en el que no permite que nadie más participe? Un juego que reconstruye la realidad a conveniencia de su autor y único jugador. El periodista se ha documentado. Sabe todo lo que se ha escrito sobre el personaje a lo largo de los años. Sabe lo del accidente. Sabe sobre los rumores que envuelven a aquel fatídico episodio de la vida del personaje. Sabe que no obtendrá nada interrogando al personaje… escribe: “En 1995…”)

09 Mar

1994 Parklife, Blur

por Javier Avilés

 

Vorsprung Durch Technik demuestra que todo lema alemán nos invoca el espectro del nazismo. Adelantado a la técnica. En fin, ¿un trago, chaval? ¿no? Tú te lo pierdes. Chavales rijosos derrochando simpatía y amabilidad. Chavales cejijuntos emanando rabia apenas contenida. Por un lado los amenazan los impecables automóviles alemanes, coches para el pueblo con diseños futuristas y precios elitistas. Por otro, las arrolladoras guitarras de Seattle. ¿Y qué tienen ellos? Furibundas disputas de pub un sábado por la noche. La adscripción a un equipo como violentos hooligans. Nunca caminarás sólo. Siempre tendrás el respaldo de tantos otros como tu defendiendo los colores de una camiseta que llevan jugadores que después del partido conducen coches adelantados a la técnica, inasequibles con tu subsidio de desempleo. Los lunes al sol. Parklife. Sentarse en la estación haga frío o calor y mirar pasar los trenes, anotar sus números, comprobar el horario. Trainspotting también es inyectarse heroína. Buscar la vena-vía y esperar el impacto de una locomotora en tu cerebro. Un hobby británico. Un hobby de desesperación y subsidios y miseria y vida en el parque. Toda la gente, tanta, tanta gente, todos van tomados de la mano. ¿Entiendes lo que digo, chaval? ¿Lees entre líneas? Pues deberías. Demasiada gente. Todo el mundo. Deja de correr de aquí para allá. Me da la sensación de que eres uno de esos que dan de comer a las palomas, incluso a los gorriones, y que eso te da una enorme sensación de bienestar. ¿Acierto? ¿No? Seguro que tienes un coche que pretende estar adelantado a la técnica pero no es más que un sucedáneo cuyo motor suena a chatarra herrumbrosa. ¿Tampoco? Eres todo un enigma, chaval. Por cierto, hablando de coches. Fíjate en el vídeo de Parklife. Salen Ken y Cindy junto a su coche. Cindy es el bajista travestido, pero ¿Ken? Parece el mismísimo John Hurt. No he encontrado ninguna referencia a que participase en el rodaje. Seguramente no sea él. Demasiada gente. Demasiados rostros. Y todos los rostros el mismo rostro. Sutiles diferencias genéticas y de constitución. Pero todos el mismo rostro. Ni siquiera la Idea de rostro. No, algo más mezquino, más animal, más ancestral. Todos los rostros ocultan el salvaje egoísmo, la insoportable ansia de supervivencia. Quizás eso sea al fin y al cabo una Idea de rostro. La cara primigenia que todos llevamos bajo nuestros rasgos y que no son más que sutiles alteraciones de unas variables finitas. No es ya que puedan haber dos rostros iguales. Deben haber cientos de rostros iguales. Cientos de John Hurt apareciendo en miles de fotos y vídeos por todo el mundo. Jajajajaja. ¡Pero un único John Merrick! Jajajajajaja, es la deformidad la que nos hace diferentes y únicos. Es posible elegir la deformidad, la fealdad, la agresividad como forma de mostrarte ante el mundo. Puedes ser grosero y soez y enseñar el culo por la ventanilla del autobús y luego hacer baladas bobas. O puedes, sabiendo que todas las caras son la misma cara, adoptar un aire jovial y desenfadado, construir narraciones alegres y bailables e introducir en ellas una irónica carga social. Que toda tu rabia contra la máquina, esa máquina Vorsprung Durch Technik, sea agradable y luminosa como una mañana en el parque. Que tu rabia quede oculta tras la máscara del hijo agradable de la vecina. Parklife. Que las sonrisas oculten la amargura. Parklife. Que los colores luminosos oculten la grisura. Parklife. Te voy a contar una historia, chaval. Pásame otra botella… ahí, en el armario… hace un tiempo me operaron de la mano. Puedes ver la cicatriz. Mierda… jajajajaja, ahora sabes un motivo de mi retiro… no te entusiasmes, no tiene nada que ver… pues eso, estaba tumbado en la mesa del quirófano con el brazo inmovilizado y anestesiado, mirando las luces del techo, mientras el médico hurgaba en mis tendones. De repente, no preguntes porque hasta entonces no me había dado cuenta,  noté que sonaba música por la megafonía del quirófano. Exactamente, Parklife. Albarn cantaba mientras sajaban y mi sangre corría hasta recipientes metálicos y el cirujano raspaba y cosían finalmente la herida. Parklife. Casi me pongo a cantar mientras me operaban. No lo hice porque me di cuenta del contrasentido, me di cuenta que toda aquella operación no era más que otra muestra de parklife, del vacío que nos consume, de la inanidad de todo lo que nos rodea. Parklife, chaval. Vamos a dar de comer a las palomas.

02 Mar

1993 Animal, Pearl Jam

por Javier Avilés

Preferiría estar con un animal. Eso es todo. No hay mucho más que explicar. Que lo hagan las guitarras y la batería.

 (El personaje guarda silencio mientras suena una y otra vez en un bucle infinito Animal de Peal Jam. Bebe. Fuma. Tose. Se adormece abotargado por el alcohol y el humo que llena la habitación. El periodista permanece sentado un buen rato, pongamos que durante seis reproducciones de Animal hasta que decide desconectar la grabadora y guardarla en su mochila. Se levanta y se va)

 Una vez en casa revisa el cuaderno del personaje buscando alguna nota que explicase su silencio. Al margen, una breve acotación: “Ojalá hubiésemos estado entre animales”. Nada más. ¿Qué recuerda él de 1993? ¿Fue el año que murió Freddie Mercury? No. Había muerto antes de las Olimpiadas, ¿no? No sabe. No recuerda. Recuerda a su padre diciendo que toda cinta de casete olvidada en la guantera del coche acaba convirtiéndose en una de Queen. A saber de dónde sacó esa idea, piensa. Mira en internet para ver en que año… 1991… no cantó Barcelona con… 1993… Waco, Sarajevo, Petrovic, los huesos del Zar Nicolás y su familia, ¿los huesos de Hitler?, Somalia, Jordan, Escobar, Groundhog Day, ¿qué música ponía su padre en el coche hasta el hartazgo? Ah, sí… Björk y Radiohead… Preferiría estar con un animal, piensa y sonríe… le dijo una vez a su padre que Springteen era aburrido, lo dijo con acritud, casi violentamente, desde el asiento de atrás del coche, nunca más volvió a sonar Springteen… born en tu puta casa, pesado… cuántos años tenía entonces, diez, doce… ayer, ayer y ayer… vincular la música al coche, a los largos viajes, al sopor de la carretera y al calor del asfalto… nunca levantó la voz contra Björk o Radiohead, aunque prefería Nirvana y Pearl Jam… a saber si ese nombre tenía connotaciones (¿sexuales?) que no podía comprender, mermelada de perlas… no quería profundizar en los motivos por los que relacionaba perlas con sexo… no quería profundizar en nada que pudiera mostrarle un rostro, el suyo, que trataba de ocultar a toda costa… un rostro que podría parecerse a la máscara del personaje tumbado en el sillón mientras sigue sonando (eternamente) I’d rather be… I’d rather be with… I’d rather be with an animal… que le jodan, piensa el periodista, que se quede con todas sus mierdas de borracho fracasado… que se quede con él mismo que es lo mismo que estar con un animal maloliente… no sabe por qué aceptó el encargo ni por qué sigue transcribiendo los delirios del personaje… por desesperación, quizás… intuye que algún demiurgo torpe y sin objetivo se ríe de todo esto detrás de una pantalla… mierda para todos… mierda para el tiempo y la cronología… mierda para la inmovilidad de todo… ¿eso es lo que está aprendiendo? ¿que el tiempo pasa y nada cambia?… hay una frase sobre el tiempo y el cambio, pero no se molesta en buscarla… y aunque nada cambia quedan, lo sabe, guitarras desgarrando riffs salvajes… pero eso tampoco cambia nada… pero ermanece en el tiempo… rabia, solo rabia… una rabia que no se acaba nunca… intenta calmarse… a la mierda la camiseta, piensa, keep calm… me dolió, me dolió como un insulto… que se calme él… mantén la calma y bebe otro whisky, capullo… sigue fumando y tosiendo y vomitando en calma… agarra el cuaderno robado al personaje y lo estrella contra la pared del fondo de la habitación… busca Animal de Pearl Jam en internet… pone el vídeo en bucle…intenta sintonizar con el personaje, no para entenderlo… todo lo contrario… para destruirlo, para exorcizarlo, para olvidarlo… para acabar definitivamente con él… Preferiría estar con un animal. Se duerme al cabo de un rato. En sus sueños guitarras y revueltas y coches circulando hacia el fin de la noche y…