27 Nov

Corrosión, Cap. 32. Echar mano

He sido deliberadamente inconcreto en lo que se refiere a mi cese como empleado del banco, alimentando con mi ambigüedad la idea de que mi expediente debía incluirse entre aquellos despidos que se han venido generalizando en el ámbito de la banca desde hace unos cuantos años. Pues bien, ha llegado el momento de aclarar que fui invitado a marcharme porque le eché mano a la caja.

Algún día hablaré de ello, ahora apenas daré un par de pinceladas. En primer lugar, y como cualquiera puede imaginarse, odiaba el banco, sus comisiones, sus beneficios, sus jerarquías y el carácter menguante de los derechos y márgenes de acción en nuestra condición de trabajadores, así como el marco mental en el que se nos iba imbuyendo en relación con los clientes, esos ignorantes pusilánimes a los que había que dinamizar y financiarizar debidamente para que la economía pudiera seguir creciendo. En segundo lugar, que no me movían exclusivamente los intereses pecuniarios, sino que mis actos también estaban impregnados de ciertas inquietudes sobre el autoconocimiento. Por eso, un día me guardé en el bolsillo los veinte euros de un descuadre favorable. Un billete para regalarme un buen menú en La Fonda, pero también para demostrarme mi propia complejidad: no hay nada peor que la autocomplacencia para alejarnos de ese estado del alma en el que uno es capaz de juzgar al prójimo de un modo bastante aproximado a como lo hace consigo mismo. Sin superar ese abismo mental que levantamos entre los otros y nosotros, sin esa cierta componente empática, todo se empequeñece hasta que acabamos solos, tristes o muertos. Leer más

20 Nov

Corrosión, Cap. 31. Literatura e información

Uno de los pasajes más interesantes del primer manifiesto surrealista es aquel en que André Breton reniega de la literatura realista y positivista, acusándola de limitarse a ser una transmisora de información “que se alimenta incesantemente de las noticias periodísticas y traiciona a la ciencia y al arte”. En su opinión, reducir la creatividad a la demostración de “unas pequeñas dotes de observación” es una buena muestra del drama que vive la literatura. La frase de Paul Valéry asegurando que siempre se negaría a escribir la frase “la marquesa salió a las cinco” ilustra de un modo simpático esa oposición visceral ante el estilo puramente informativo que habría patrimonializado el género novelístico.

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07 Nov

Corrosión, Cap. 30. En la frontera

Ya lo dice el refrán: las cosas se acaban rompiendo definitivamente por el centro, cuando lo quebrado ya no tiene solución ni enmienda posible. En contraste con ese centro que se mantiene en aparente paz y tranquilidad hasta la rotura irreparable, están las periferias, que son espacios —físicos o mentales—  en constante tensión con otros contornos. El mito de lo limítrofe se caracteriza por una dialéctica ininterrumpida que siempre anticipa los fenómenos que pueden acabar tomando el protagonismo en el centro de las cosas. Las fronteras —físicas o abstractas— son zonas en las que la realidad se sobrecarga y pone a la vista aquello que subyace a la sensación de orden y calma que la superficialidad tiende a sugerir.

Por eso, la idea de frontera es un asunto recurrente en lo que se refiere a la literatura, que encuentra en ella un territorio fértil, una invitación a reflexionar a partir de las distintas voces y fuerzas que componen ese equilibrio frágil. Sin rumiarlo demasiado, enumeraré algunos ejemplos en los cuáles el límite funciona el germen del relato literario. Las fronteras reales (El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati). El individuo que debe marcharse de sí mismo o el que se encuentra inmerso en una crisis de fe. Los cambios de régimen, las roturas matrimoniales. Los límites entre la subjetividad y la locura. Leer más

23 Oct

Corrosión, Cap 29. Hora de hacer balance

Corrosión es la historia de un tipo que está mudando de piel. Un individuo que después de divorciarse y ser despedido de la entidad bancaria en la que llevaba dieciocho años trabajando, teme ser tentado por la locura y la autodestrucción. Para mantener a raya los abismos emergentes, el exbancario se autoinfringe una disciplina espartana que materializa pasando las horas en distintas bibliotecas de la ciudad. Allí Pepe —pues ese es el nombre del protagonista de Corrosión— empieza a leer de un modo obsesivo. Obsesivo, compulsivo y competitivo, porque va anotando los libros que termina en una hoja de cálculo con la idea de alcanzar la cifra de doscientas lecturas en un año. Como nunca ha sabido hacer las cosas por el propio placer de hacerlas, Pepe pensó que fijarse un objetivo tangible que convirtiera la abstracción de la lectura en algo más concreto podría resultar útil para fidelizar ese hábito lector que quería convertir en el mismísimo centro de su vida.

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10 Oct

Corrosión, Cap 28. Biblioteca Vila de Gràcia

por Dioni Porta

Hoy toca hablar de la Biblioteca Vila de Gràcia, que sin ningún tipo de duda es mi biblioteca. En los ya lejanos tiempos de opaco empleado de banca que alargaba sus jornadas hasta bien entrada la tarde, esa caja de libros funcionaba como una exótica válvula de escape. No me cogía de camino, pero no me importaba apartarme de la línea recta oficina-casa para visitarla. Algunos van al bar al salir del trabajo y yo iba a la biblioteca. Bueno, no me haré el mormón, pues normalmente hacía doblete: bar y también biblioteca. Mi mujer también salía tarde de su trabajo y como no soportaba estar solo en casa —lo de encender las luces y tal me hacía sentir fatal; un perro que va de la casa oscura a la oficina y de la oficina a la casa oscura— mataba el tiempo por aquí y por allá. Leer más

03 Oct

Corrosión, Cap 27. Raúl

por Dioni Porta

Mi consejo es el siguiente: si alguna vez os encontráis por la calle con un amable individuo de nombre Raúl que os invita a dar un suave paseo por las calles de la ciudad, declinad la oferta antes de que sea demasiado tarde. En mi caso se trataba de un Raúl argentino, con barba mesiánica, boina de fieltro y chaleco multibolsillos beige, pero entiendo que es una enseñanza extrapolable a todos los Raúles.

Los acontecimientos se inician de un modo que no puede ser más inocente, cuando el Raúl de turno te propone acompañarle a una biblioteca cercana, y como la escena de dos desconocidos caminando hacia una caja de libros desprende un ideal de camaradería y vigor civil que te acaricia el alma, no tardas en entregarte a ella sin reservas. El verbo de Raúl te encandila, porque los asuntos de los que habla son tan universales —los pecios como patrimonio cultural subacuático, las fluctuaciones en el precio de la soja o que las cucarachas sobrevivirán a la especie humana y al resto de mamíferos— que sirven para limpiar de un plumazo toda tentación mental de regocijarse en la siempre rotunda y asfixiante realidad. A mí toda esa distancia respecto a lo inmediato y lo cercano me venía de maravilla, pues aquello que podríamos denominar como mi proceso personal, era, en parte, un intento de trascender una realidad para la que me había manifestado muy poco dotado, como demostraba la reducción de mi persona al gris avatar de empleado de banca —tan desmotivado como resignado— que espera con melancolía a que su exmujer se vuelva a enamorar de él, con el agravante de que ni en mi actitud ni en mis actos se podía reconocer ninguna naturaleza de esfuerzo ni talento para que así fuera. Leer más

27 Sep

Cap. 26. El Turó Park

por Dioni Porta

Habrá quien se pregunte qué hacía yo sentado en un banco del Turó Park, si no tengo perro ni niños y ese no es mi barrio. La razón es tan sencilla como difícil de creer. Esa misma noche había soñado que mis libros —de los que no había dudado en deshacerme durante el divorcio y la mudanza— flotaban como peces muertos en la superficie del pequeño lago del parque. Así que al despertarme, me aseé, me vestí con urgencia y me dirigí al Turó Park. Tomé un café acompañado de un cruasán en la cafetería que está frente a la entrada de Ferran Agulló con Tenor Viñas y luego pasé al parque, donde, después de dar un par de vueltas de reconocimiento, me dejé caer en uno de los bancos que están repartidos alrededor del lago. Leer más

20 Sep

Cap. 25. Escribir una novela

por Dioni Porta

Quizás alguien se quedó con la mosca detrás de la oreja después del fascículo anterior, alguien  que a lo mejor se ha seguido preocupando al toparse hoy con este título: “Escribir una novela”. Son palabras que espantan y que pueden sonar a soberana decepción: ¿es el tal Pepe, protagonista de Corrosión, el típico lector que a las primeras de cambio se entrega a la escritura? ¡Traidor! Si todo el mundo hiciera lo propio, ¿quién leería a quién? La literatura desaparecería a consecuencia de la culminación de la muerte del lector, maldito suicida entregado a las fauces sanguinarias del yo, del pensar que él también puede escribir. Leer más

05 Sep

Cap. 24, Transatlántico

por Dioni Porta

Witold Gombrowicz escribió Transatlántico entre 1948 y 1950 mientras trabajaba en el Banco Polaco de Buenos Aires. La novela se editó en Argentina un par de años después, levantando una fuerte polémica entre la comunidad polaca por el modo en que arremetía contra la patria.  En 1957, se publicó en Polonia aprovechando una cierta liberalización política, y Gombrowicz quiso advertir en el prólogo que lo que “más miedo le daba era que la novela fuera leída de un modo demasiado estrecho y superficial”.

Comienza Transatlántico explicando cómo el protagonista, un escritor polaco de nombre Witold, que ha viajado a Buenos Aires en una comitiva de literatos, no puede regresar a su país que ha sido invadido por la Alemania nazi. A partir de ahí, Witold se verá inmerso en una confusa realidad en la que el miedo y la tristeza serán distraídos por una lucha por la supervivencia donde las gestiones con algunos compatriotas polacos para intentar conseguir un trabajo se alternarán con su presencia en actos oportunistas por parte de la embajada de Polonia, que intenta promocionar la patria a través de algunos ejercicios de retórica nacionalista alrededor de sus genios. Leer más

27 Jun

Cap. 23. Biblioteca Canyelles, El lector y el detective privado

por Dioni Porta

En uno de los capítulos de El último lector, Ricardo Piglia reflexiona sobre el detective privado (private eye) del género policiaco, que según él “es una de las mayores representaciones modernas del lector”. Piglia sitúa el inicio del género en Los crímenes de la rue Morgue (relato escrito por Edgar Alan Poe en 1841) y concretamente en la escena de la librería en la que el narrador conoce a Auguste Dupin mientras ambos buscan un mismo libro, sin que llegue a revelarse de cual se trata.

Dice Piglia que decía Borges que el detective es la clave formal del relato policial y también que su figura, ese individuo que “siente al mismo tiempo lo multitudinario y la soledad” mientras pasea por las calles desiertas de la noche parisina, es la evolución natural del flâneur. El detective es aquel que lee la escena del crimen, alguien que lee la realidad, descifrando todo lo que estaba ahí, a la vista, sin que nadie supiera captarlo. Leer más